Nadie sabe…

Dice la frase popular, “uno no sabe para quién trabaja” y, en esta ocasión aplica a la perfección, pues lejos de motivar la simpatía de la sociedad, en realidad lo que despertó fueron señales de alarma

Cada partido político genera una línea de trabajo que parte de sus principios y objetivos generales. Todas las acciones de sus miembros, así como sus búsquedas, sus ambiciones, se rigen por el bien común y buscan fortalecer la imagen y trascendencia del partido del que son representantes. Su convicción es el reflejo de una postura ante la vida, la sociedad, y nos permite entender las diferencias que existen entre las opciones políticas que configuran la escena del poder en nuestro país. Ya es cuestión de cada quien, como parte de la libertad que nos define como sociedad, optar por una perspectiva u otra.

En mi anterior colaboración escribí acerca de la enorme tarea que deben asumir los partidos políticos que conforman la actual oposición. En este sentido, el principal obstáculo al que se enfrentan es a su propia historia, aquella que nos habla de cómo dejaron de ser una opción para gran parte de la sociedad y se convirtieron en un pálido reflejo de su pasado. Sin embargo, durante la semana que termina, algunos miembros del PAN y del PRI pusieron en la mesa de discusión otros elementos con los que, ya en perspectiva, han dinamitado la fuerza que habían comenzado a recuperar en el electorado: la falta de visión y empatía frente a lo que necesita su propio partido. Y ya no se diga lo que urge en nuestra sociedad.

La sorpresiva visita de Santiago Abascal —dirigente de Vox, el partido de la ultraderecha española— a las instalaciones del Senado de la República ha provocado que quede al descubierto el pensamiento más radical, principalmente, de algunos miembros de Acción Nacional. Dice la frase popular, “uno no sabe para quién trabaja” y, en esta ocasión aplica a la perfección, pues lejos de motivar la simpatía de la sociedad, en realidad lo que despertó fueron señales de alarma. Y, por supuesto, al actual gobierno le dieron motivos suficientes para ser el ejemplo de aquello que no necesita este país y, además, motivo de escarnio y burla para el resto del sexenio.

Más allá de la torpeza de esta apuesta, hay factores que llaman la atención y, quizá, se encenderían las alarmas si fuéramos una sociedad con mayor capacidad crítica. Sería pecar de ingenuos creer que el pensamiento de la ultraderecha española no existía o había desaparecido en nuestra sociedad. Nada más lejano a la realidad, pues en este río revuelto en el que la polarización es el principal motor del actual gobierno, sacar a flote esa manera de entender la vida y la realidad se convierte en una opción más para ciertos sectores sociales.

La presencia de Abascal es levantar la bandera del racismo, el clasismo, poner en tela de juicio los derechos de la mujer y lo que conlleva la diversidad sexual. Y, ¿quién lo diría?, ofrecer una visión actualizada de lo que es el pensamiento fascista del franquismo español, que no ha desaparecido y que está más presente que en décadas pasadas: ha ganado puestos de representatividad en el gobierno. Nadie con tres dedos de frente ignora que justamente estas características son las semillas de odio que florecen en nuestro país con facilidad y sin miramientos.

¿Qué es lo más preocupante? Con facilidad se quebranta el laicismo en nuestro país. López Obrador lo ha hecho con singular alegría durante sus mañaneras. Pero ahora el discurso proviene de otro lado: “Y señores, vamos a ganar porque es el plan de Dios” —en voz de Jesús Rendón, personaje consentido de este sector— se escuchó y se le aplaudió en aquel evento en el que lo más recalcitrante del pensamiento conservador mexicano salió a relucir. Ganaron muy poco y sólo despertaron la suspicacia de quienes pensarán dos veces antes de votar por gente vinculada a Vox. ¿Carta de Madrid? Vaya manera de ignorar la historia.

Este absurdo fue un regalo para López Obrador y todo su gobierno. Claro, ya tienen más tela para confeccionar un discurso con el que reste impacto a los atropellos que cometen el día de hoy con los migrantes centroamericanos y del Caribe. Porque, en la frontera sur, atentar contra los derechos humanos es un sistema por parte de miembros de un gobierno que se presume “humanista”. Los burros hablando de grandes orejas.

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