Mentiras al vuelo

Entre el titular del Ejecutivo y los partidos oficialistas del Legislativo no existe ninguna división.

Ningún hombre suelta y expande la mentira con tanta gracia como el que se la cree.

Jonathan Swift

No son pocas personas las que han dedicado su tiempo e ingenio en describir las muy diversas características de quienes conforman la élite política en turno. Más allá de plantearnos si se trata de monarcas absolutos o adalides de una sociedad plenamente democrática, quienes les han observado y escuchado con la agudeza del pensamiento no dejan de señalar que la mentira es una de las más poderosas herramientas con la que cuentan –a veces la única– para articular su discurso y validar cada una de sus acciones.

En no pocas ocasiones hemos sido capaces de mirar el pasado y –con una amarga sonrisa– darnos cuenta que en la vida política de nuestro país existe un deporte que se practica con la religiosidad de un anacoreta, mentir según se presenten las circunstancias. Además, para que ese simple ejercicio de la memoria nos provoque un mayor dolor de cabeza, sabemos que ese discurso ha sido aplaudido, replicado y vitoreado en los mítines más absurdos, en el que burócratas e ingenuos corifeos hacían gala de su compromiso con el presidente en turno, del Señor Presidente que se encuentra en la cúspide del paternalismo tan afín a la sociedad mexicana.

Actualmente, dicha ecuación ha dejado los matices y se puede observar como el ejemplo de un presidencialismo que, amparado bajo una retórica paternalista y maniquea, cada vez llega más lejos. Durante este sexenio, la división de poderes y la democracia misma han sido un lastre para quien desde el primer día se ha encargado de erigir su propio monumento en la historia. En efecto, quien se presume de esta manera sabe que existen innumerables caminos para lograrlo sin mucho esfuerzo: por ejemplo, manipular la historia, hacer un uso discrecional del presupuesto, explotar políticamente el asistencialismo capitalizando las necesidades de la sociedad como parte de la generosa palabra del primer mandatario y mantener muy bien afinado un aparato propagandístico –más que de comunicación–. Es claro que la lista aún puede ser muy larga, pero es necesario resaltar el nuevo poder e injerencia que se le ha conferido a las Fuerzas Armadas, que se han constituido como el mejor aliado para este gobierno, que había prometido alejarse de la militarización. Una mentira que se disfraza como un simple cambio de opinión.

Durante esta semana hemos observado, una vez más, que entre el titular del Poder Ejecutivo y los partidos oficialistas del Poder Legislativo no existe ningún tipo de división. Su autonomía se encuentra al servicio del inquilino del Palacio Nacional bajo la bandera de ser la voz del “pueblo”. Algo curioso, por cierto: es ese “pueblo” que carece de un servicio médico adecuado y que, tal vez muy ajeno a lo que implicó la desaparición del Seguro Popular y el mágico desvanecimiento del Insabi, aún espera una cita o sus medicamentos. Las legisladoras y legisladores que han sido partícipes en este tipo de decisiones son comparsas y corresponsables de una opacidad que es cada vez mayor. El engaño lo construyen en equipo.

La opacidad es como una pared que se levanta alrededor de aquello que se pretende delimitar y aislar, sin ventanas ni puertas a través de las cuales se pueda observar. Preguntarse acerca del interés por desaparecer instituciones autónomas, a estas alturas del sexenio, sería de ingenuidad casi existencial. El ataque a quienes podrían ser el contrapeso del poder y garantizar la transparencia ha sido sistemático. Hoy, el Inai se ha convertido en el blanco ideal para quienes apuestan por no ser auditados, por no ser exigidos para rendir cuentas. Ante el mínimo intento por dar a conocer alguna información que ponga en riesgo la imagen y “popularidad” del actual gobierno, la estrategia de reservar la información bajo la etiqueta de la “seguridad nacional” ha sido efectiva. Aunque, en ese sentido, el Inai sería quien podría abrir esas grietas en la muralla de la opacidad.

Nos hemos acostumbrado a escuchar las promesas de López Obrador por demostrar y transparentar cada una de las acusaciones –por ejemplo, para explicar la desaparición de los fideicomisos, las cuales aún esperamos– que lanza al aire para incendiar y sacar provecho para su retórica maniquea. Ante dicho panorama, siempre es bueno regresar a los clásicos. Jonathan Swift escribió en su libro El arte de la mentira política, “la falsedad vuela, mientras que la verdad llega cojeando penosamente tras ella, de manera que cuando los hombres llegan a desengañarse es ya tarde; la broma ha terminado y el cuento ha producido su efecto […] o como el médico que encuentra una medicina infalible cuando el paciente ya ha muerto”.

Sabemos que no hay pared que dure cien años, aunque la náusea del engaño sea muy prolongada.

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