Los mil días y tantas noches

Y en medio de la tormenta estás tú. David Pastor Vico Covid ha cambiado el mundo y nos ha cambiado” es una frase que no necesita mayor explicación y que al escuchar las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud OMS anunciando que la ...

Y en medio de la tormenta estás tú.

David Pastor Vico

Covid ha cambiado el mundo y nos ha cambiado” es una frase que no necesita mayor explicación y que al escuchar las palabras del director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunciando que la emergencia sanitaria provocada por covid 19 –a nivel mundial– ha llegado a su fin, es una declaración que nos provoca tantas y muy diversas emociones. Quizá, hace tres años, una afirmación como la pronunciada por Tedros Adhanom Ghebreyesus, el director general de la OMS, tendría una resonancia y un efecto distinto al que hoy puede suscitarse en quienes tenemos la oportunidad de contar cada una de las historias que experimentamos a lo largo de la pandemia.

Es muy difícil asimilar una declaración de esta naturaleza sin sentir un desasosiego que nos envuelve en la perplejidad. De inmediato, se agolpa en la memoria el recuerdo de aquellas personas que murieron a consecuencia de esta terrible enfermedad que cimbró nuestra dimensión como seres humanos, que entre la penumbra de la incertidumbre contemplamos el reflejo de muerte en la mirada de seres amados, amigos, amigas, vecinos y tantas personas con quienes sólo habíamos intercambiado un simple saludo. Durante más de mil días y sus noches hemos acumulado tantas historias de dolor e impotencia que nos han llevado a valorar el silencio como la respuesta más acertada ante la abrumadora realidad que, en un principio, sabíamos tan lejana y que, día con día, se convirtió en la pesada certeza de las nuevas ausencias que nos acompañaban en nuestras mesas.

Se entiende que el covid-19 continúa retando a cada persona, a las sociedades y, no cabe la menor duda, a todos los países. Por fortuna, contamos con la tecnología, que se ha constituido como una poderosa herramienta que nos aleja del olvido y de la amnesia selectiva, para analizar y valorar la reacción de cada gobierno con el fin de proteger a su población. No se pueden olvidar las primeras imágenes que llegaban desde aquellos países en los que esta pandemia iniciaba su danza de la muerte y que nos obligaban a cuestionarnos acerca de las medidas que se estaban tomando para evitar una desgracia cada vez mayor. Durante los primeros días en los que observábamos con incredulidad y cierto temor que la realidad se convertía en una amenazante vorágine, tratábamos de imaginar que el resto de los gobiernos actuarían de la mejor manera posible.

Ya sabemos lo que ha sucedido en nuestro país. Además de una reacción poco previsoria, gran parte de lo ocurrido se puede resumir en las ya inolvidables frases que coronan la comunicación del gobierno federal: plantear que la pandemia caía como “anillo al dedo” para continuar con los propósitos del gobierno o decir que “la fuerza del Presidente es moral, no es una fuerza de contagio” son las perlas de colección. Dentro del mundo de los “otros datos”, llegamos a intuir que las estadísticas oficiales no revelan lo que en realidad sucedió en cada lugar de nuestro país. Ya será tiempo de analizar cada uno de sus factores sin la cortina de la opacidad.

Pocas veces hemos sentido el transcurrir del tiempo como el “hielo abrasador, fuego helado” –recordando a Quevedo– en la respiración. Mientras la esperanza adquiría diferentes rostros: la del médico y la enfermera, la del científico que se batía en su propio duelo para crear una vacuna que brindara un posible mañana, la de quien era capaz de brindarte un consuelo.

El resumen que ofreció Tedros Adhanom durante su anuncio contiene unos dardos que penetran lo más doloroso del pasado inmediato y que taladran lo que hoy necesitamos resolver con urgencia: “Ha sido mucho más que una crisis sanitaria. Ha causado graves trastornos económicos, eliminando billones del producto interior bruto, interrumpiendo los viajes y el comercio, cerrando negocios y hundiendo a millones en la pobreza. Ha causado una grave agitación social, con fronteras cerradas, movimiento restringido, escuelas cerradas y millones de personas que han experimentado soledad, aislamiento, ansiedad y depresión”. Éstas son las coordenadas de la realidad que, durante más de mil días y sus noches, intentamos imaginar como esa “nueva normalidad” en la que apostábamos por comprender, de manera optimista, que de esta crisis el ser humano podría modificar su vínculo con la realidad, el medio ambiente y la sociedad. Coordenadas en las que, de una forma u otra, nos ubicamos en la incertidumbre, compañera fiel de nuestras soledades.

Pero aquí estamos, en el mismo camino del trabajo, el empeño y la resignificación de la esperanza, porque no hay mejor manera de honrar el trabajo de quienes no detuvieron la cuerda del mundo y de aquellas personas que hoy, desde esa lejanía de la posible fe, saben que algo más tendremos qué hacer para que el futuro sea más habitable.

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