La transformación de las banderas

Por fin se ha entendido cabalmente el concepto de transformación que tanto han pregonadodurante cuatro años! Han sido capaces de transformar sus principios para convertirse en unremedo –de mejores trazos– de sus contrincantes políticos.

Quién podría negar que en el actual sexenio hay algo que funciona de maravilla, con precisión quirúrgica y la complicidad que mueve al oportunismo. La lealtad al Presidente, que han conservado casi todas y todos los miembros y simpatizantes del gobierno a pesar, inclusive, de que eso implique enfrentarse a sus propios demonios. Eso es digno de reconocerse, pues han supeditado sus principios a los intereses de quien habita en Palacio Nacional.  Pero no nos confundamos, ni perdamos de vista, que ése es precisamente el origen del partido oficial y de sus principales actores políticos: cambiar de un partido a otro según para donde sople el viento. 

En nuestro país todo está diseñado para que se luche y arrebate la posibilidad de vivir bajo las mieles del poder político y, por supuesto, la seductora música de las monedas que se escuchan en los bolsillos; esto ocurre durante décadas, pero hoy nos ha permitido escuchar a todos los trinos –desde el Presidente hasta los férreos y sesudos simpatizantes de su gobierno– elevar a un rango casi de santidad y víctima a personajes como Manuel Bartlett, Salgado Macedonio o Delfina Gómez; colocar como responsable de la educación del país a quien no puede explicar un proceso de enseñanza-aprendizaje o proteger a capa y espada a quien expresó que sólo era una simple directora del Metro como para dar explicaciones acerca de una tragedia ocurrida en la Línea 12. Se trata de mantener las posiciones clave para que nada cambie, aunque en el papel y el discurso, todo apunte a que se viva una transformación como pocas se han vivido en nuestra historia. 

Imposible no recordar con un gesto sardónico a quienes acaban de dar un peligroso golpe a la seguridad de este país, rasgándose las vestiduras en contra de las Fuerzas Armadas en otros sexenios. Ésa fue su bandera durante años, la explotaron hasta el cansancio y el hastío, desacreditando a quienes hoy, por obra y arte del presidencialismo, se han convertido en sus principales aliados. Pero, una vez más, no confundamos: el asunto no es colocar en tela de juicio la dimensión e importancia del Ejército. Sólo es señalar el gracioso cambio de principios y luchas de quienes increpaban a todo dios para no militarizar la seguridad del país. La explicación se resumió a una simple “cambio de opinión” y, una vez más, la culpa es del pasado. ¡Qué mejor valerse de quienes habían sido objeto de su principal tiro al blanco! Y, bueno, aquellos que se preguntan acerca de cuál sería la postura del Ejército, que lo mismo se ha encargado de labores de construcción, de control aéreo, patrullaje y tantas cosas más que, por supuesto, no son precisamente gratis. 

 Vaya que la estrategia ha sido muy efectiva para López Obrador: crear más ruido y estrépito, acrecentar la fuerza del río revuelto en el que continúa pescando mucha popularidad y ganancia política al tocar las fibras más sensibles de la sociedad mexicana: vender la idea de buscar una justicia que se ha necesitado durante décadas, colocar su imagen en un vaivén entre la victimización y el aire redentor que tanto le gusta exponer. El melodrama perfecto para imponer una militarización, a pesar de contravenir aquello que había sido de sus principales banderas. 

Sí, ¡por fin se ha entendido cabalmente el concepto de transformación que tanto han pregonado durante cuatro años! Han sido capaces de transformar sus principios para convertirse en un remedo –de mejores trazos– de sus contrincantes políticos. Y tampoco dudan en “transformar” luchas genuinas y de vital importancia en conspiraciones universales que alimentan esa imagen de un presidente asediado por fuerzas casi desconocidas: sólo una sociedad como la mexicana puede pasar por alto que un subsecretario de Salud, en primera voz junto a los corifeos oficiales haya tachado de conspiradores a las familias que exigen que haya medicamentos para tratar el cáncer de sus hijos e hijas. Y, porsi era insuficiente, faltaba recordarlo: la titular del absurdo llamado Quién es quién en las mentiras de la semana volvió a arremeter con su conspiranoica telenovela en contra de una asociación civil que brinda apoyo para conseguir tratmientos oncológicos en beneficio de niños y niñas. Insisto, sólo una sociedad como la nuestra pasa por alto algo tan deplorable. 

Así, mientras se coloca la fastuosa mesa y los templetes para que el próximo 16 de septiembre el Ejército brille con ese nuevo aire que brinda esta transformación, se cumple con puntualidad cada una de las frases del gran poema de Quevedo, Poderoso caballero es don Dinero. Si lo dudan, léanlo muy despacito. 

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