La nueva danza macabra
La realidad es el escenario en el que se escenifica la nueva danza macabra que se acompaña con la salmodia y la musicalidad que se concentra en la perversa retórica de quienes se limitan a lanzar discursos e interpretar estadísticas.
Los numerosos parecen bailar frente a nosotros bajo el ritmo del clamor que sólo se percibe en silencio. Dice un poema de Ryszard Kapuściński, “nuestros muertos/ qué poco les importa ya nada/ son fríos/ indiferentes/ no hacen preguntas/ se mantienen apartados/ siempre en el mismo lugar/ callan”. Cada una de sus letras son el túmulo en medio del páramo en el que han dejado de escucharse sus voces. Y también las nuestras.
Se le nombra con la familiaridad con la que se pide la hora a un peatón distraído. Suelen escucharse las noticias acerca de sus nuevas obras con la misma gravedad y atención como si se tratara del pronóstico del clima para las siguientes horas. Sintonizar el noticiario durante el camino es apenas un recordatorio de que la muerte ha dejado de ser esa noticia que nos impacta y conmueve, que nos enoja y paraliza cuando la tragedia de la violencia es apenas un lejano eco que se pierde entre el ensordecedor murmullo de lo cotidiano.
Tampoco basta formularse y cumplir con el propósito de mantenerse al margen de tantas noticias que sólo causan malestar y angustia. Quizá resulte mucho mejor caminar por “la vereda tropical”, escuchando la mejor selección musical y disfrutar de la paz que ofrece el paisaje urbano o la inmensidad de las carreteras sobre las que transitan ilusiones. Una pretensión que, no obstante, se puede quebrantar cuando te encuentras frente al puesto de periódicos o se te ocurre abrir las redes sociales. O tal vez, tu mirada se detiene y congela ante el símbolo de una sábana que cubre uno de los rostros de la muerte que irrumpió por un acto de violencia. La realidad es el escenario en el que se escenifica la nueva danza macabra que se acompaña con la salmodia y la musicalidad que se concentra en la perversa retórica de quienes se limitan a lanzar discursos e interpretar estadísticas.
A diferencia de la Danza de la Muerte, expresión artística y filosófica de la Europa medieval durante los siglos XV y XVI, hoy no se trata de profundizar en alegorías, sino de una dolorosa realidad. No se puede ser ajeno a la violencia e inseguridad que se vive diariamente en nuestro país. Si bien nos hemos limitado a expresar alivio cuando en un asalto únicamente pierdes la cartera o tus aparatos electrónicos; por otro lado, también nos ha ganado la indiferencia cuando nos enteramos de que alguien no tuvo la misma suerte. Se configura un momentáneo gesto de pena, movemos la cabeza con la convicción de que “algo” está muy mal y, en cuestión de segundos, nos gana la conclusión de que “así son las cosas, caray”. Es mejor no enfrascarse en discusiones estériles o pensamientos que son como un lastre en el día a día: es suficiente con nuestros problemas como para dejarnos engullir por la tristeza o el enojo ante una realidad que se nos escapa de las manos.
Quizá el hastío que experimentamos al escuchar los discursos oficiales ha adormecido nuestra capacidad de empatía y el enojo se guarda en cajones bajo llave. Durante años hemos escuchado estadísticas que ya no alcanzamos a dimensionar y que se escuchan como el murmullo que resuena en una casa vacía. Sin embargo, allí están los números, que parecen bailar en el pantano de la ignominia y la indolencia: se han registrado 156,136 homicidios en los casi cinco años que ha durado la presente administración. Limitarse a realizar comparaciones con los sexenios anteriores es un ejercicio que nos lleva a conclusiones que no necesitan de un sesudo análisis especializado: no sólo es cuestión de señalar las promesas incumplidas por el adalid de la llamada Cuarta Transformación, sino que su estrategia de seguridad, que se acompaña de café y galletas a las seis de la mañana –como si sesionar a esa hora fuera un garante de eficiencia–, ha sido un rotundo fracaso, a pesar de la militarización en todo ámbito de su administración –un fuego fatuo que prometía ser un espectáculo de fuegos artificiales–.
Más allá de ese juego de espejos en el que se mide el tamaño de los fracasos, las estadísticas se observan con suspicacia. En el imperio de “los otros datos”, las preguntas saltan a nuestra mesa: dueños de las calculadoras nos cuestionamos si esa cifra en realidad se queda muy corta ante la realidad que se padece en el país. Así como se duda de las muertes reportadas a causa de covid-19, quizá estas cifras sólo son la puerta de entrada a la vorágine de algo aún más doloroso.
Tampoco basta subrayar que López Obrador, fiel a su mecanismo, culpa de este fracaso a los sexenios anteriores. Es necesario plantearnos que, como sociedad, no podemos permanecer callados ni impasibles ante el dolor y la muerte que camina en nuestra misma acera. Que los muertos no permanezcan callados, seamos su memoria y eco.
