La muerte disimulada
Durante las últimas décadas nos hemos terminado por acostumbrar a la violencia y a la retórica de la muerte con la normalidad de quienes sólo cambian las páginas del periódico, pasan al siguiente tuit o escuchan el rumor de los programas noticiosos.
Ya casi ha transcurrido otro año y muchos de los espacios públicos o domésticos se llenan de colores, de ciertos aromas que despiertan la memoria y, no podemos omitirlo, de sabores que nos llevan a recordar que también encontramos explicaciones de nosotros mismos en cada uno de los platillos que se colocan en las ofrendas. Lo cotidiano se convierte en un pretexto para mirar al pasado y reconstruir esas historias que definen nuestra idea acerca de la muerte.
Aquí llegan las catrinas de Posada y el espíritu carnavalesco –sin omitir a los personajes de importación que también caminan en las calles con sus propios guiños a la muerte y el horror– y, con ello, la oportunidad de explicarnos los orígenes de esta celebración en los colores de la flor de cempasúchil y la nostalgia de las pequeñas llamas que se encienden, en cada veladora, para ayudar al camino de quienes han dejado este mundo y sus contradicciones. Sin embargo, lo que termina por iluminarse es la capacidad que tenemos de recordar la vida y atesorarla como lo más preciado que podemos compartir. Así, es difícil no encontrar una casa, parque, institución pública o privada en las que se asomen esas calaveras del “papel picado” que se cuelga en los espacios donde reina el vacío, para recodarnos que tal vez aún no hemos entendido su sonrisa y las carcajadas que parecen acompañar los silencios que se imponen a la estridencia de la música que resuena por todos lados. Y la perplejidad se sienta en la cabecera de la mesa que se ha dispuesto.
Sin embargo, la realidad termina por imponer sus signos. La violencia ha formado parte de nuestra historia e, inclusive, puede ser el epítome perfecto para explicarla. Basta con hojear el más elemental libro que trace una mirada a nuestro pasado y encontrar innumerables ejemplos de la violencia que, en muchas ocasiones, se idealiza como parte de una “justiciera” forma de explicar las acciones del heroico panteón nacional. Pero durante las últimas décadas nos hemos terminado por acostumbrar a la violencia y a la retórica de la muerte con la normalidad de quienes sólo cambian las páginas del periódico, pasan al siguiente tuit o escuchan el rumor de los programas noticiosos. Esto ha llegado a ser lo habitual, lo que ya no sorprende ni indigna, lo que ya no duele porque, simplemente, no afecta a nuestros círculos sociales más cercanos. Quizá pasamos de largo con nuestra mirada y la inteligencia orientadas en otras preocupaciones, en la urgencia por resolver lo necesario para sobrevivir en este país. O, tal vez, porque no importa mucho: enarbolar la bandera política en turno es lo sustancial para quienes han hallado en este tema la manera más ruin de validar sus propios intereses. Y todo esto no se ofrenda en los altares de ningún lugar.
Una de las estrategias más efectivas para el gobierno del presente sexenio –más allá de la polarización social y política, y la mentira sistemática– es la retórica del disimulo. Nadie con las neuronas bien colocadas en algún sitio del vasto universo podría negar la violencia que, durante más de veinte años, ha imperado en nuestro país. ¿Quién sería capaz de negar el dolor y la tragedia que implican los asesinatos, las masacres, las fosas comunes, los colgados y descuartizados, las desapariciones, los feminicidios? No hay sonrisita oficial que pueda atemperar el sufrimiento de familias y de toda una sociedad que, insisto, tal vez mejor mira hacia otro lado porque las malas noticias no son el condimento ideal para acompañar el pan.
Si bien los gobiernos de Calderón y Peña Nieto supieron crear su propia barrera discursiva para que la costumbre y la indolencia se afincara en la percepción de la sociedad, los mecanismos de la presente administración las han perfeccionado, de tal manera que la muerte camina sin disimulo en cada rincón de este país y la política de seguridad actual le coloca una alfombra roja.
La muerte y la violencia se han disimulado con las propias estadísticas y con las palabras de quienes aspiran a aparecer en las boletas electorales de las siguientes elecciones para mantener el poder. Recuerdo que alguien puntualizó que nuestro país era, en sí mismo, una fosa; terrible analogía sobre la que se levanta un altar sostenido por el cinismo y la desfachatez de nuestros gobiernos. Lo peor que puede ocurrir es que, en el centro de este símbolo, coloquemos a la memoria como algo que también fuimos perdiendo en el camino.
