La exaltación de la intolerancia

La desinformación y el poco interés por generar un pensamiento crítico han permitido que los prejuicios y la ideología trasnochada encuentren un fértil terreno para que el populismo y su violencia verbal siga afincando sus múltiples rostros

En el bien acompasado deporte de la descalificación que se practica con puntualidad y disciplina en nuestra sociedad, se escuchan los trinos de la intolerancia que hacen eco más allá del ámbito político –germen y reflejo de la podredumbre sobre la que se han levantado los discursos y han alimentado sus campañas desde hace varios años–.

Estamos tan acostumbrados a aplaudir y llenar de aclamaciones apasionadas las palabras de quienes se muestran como los adalides de la justicia y de un futuro que, nadie lo cuestiona, será “diferente” gracias a que poseen las fórmulas con soluciones mágicas. A fin de cuentas, como dice la vieja frase, “prometer no empobrece”; en ese sentido, no hay día que no disfrutemos de una intensa lluvia de promesas que riegan el jardín de las mentiras; nada nuevo en este peligroso juego de la manipulación y los “espejitos” de la honestidad a los que somos tan aficionados cuando se trata de ensalzar la personalidad de algún político.

Sin embargo, durante estos días, desde el gobierno federal se ha observado que la estrategia de engarzar promesas a la cuerda de la horca es un recurso que empalidece frente a lo que en verdad ha sido el motor de su discurso: el enfrentamiento, la polarización y la violencia que se genera a partir de un lenguaje que alimenta a los populismos más rancios.

Para el actual inquilino del Palacio Nacional lo más importante es saldar cuentas con su propio pasado y denostar, asediar, a quien se atreva a ser crítico con su forma de gobernar. No es extraño que, para justificar o subsanar las fracturas que existen en la realidad alterna e ilusoria que construye día con día, se basa en la existencia de una popularidad que se articula bajo los parámetros del uso partidista de los programas sociales, la religiosa fe de sus más activos seguidores y la exaltación de la intolerancia que rinde frutos de manera casi inmediata en nuestra sociedad.

Se ha trazado la línea discursiva para incendiar el presente y sembrar la discordia que renndirá sus frutos cuando se desarrollen las próximas campañas electorales. Con tristeza, nos percatamos que no hay mucho qué añadir cuando entendemos que día con día somos devorados por la terrible violencia a la que nos hemos acostumbrado y la que es desestimada desde la máxima tribuna que ha llegado a ser la llamada “conferencia mañanera”. Cuando las noticias de las masacres, las desapariciones, los feminicidios, los asesinatos, las fosas comunes pasan a un segundo plano, no resultan trascendentes o son convertidas en “ataques” en contra del Presidente y su gobierno, nuestra brújula se pierde cada vez más. Y eso lo saben muy bien quienes diseñan la comunicación desde el gobierno federal; por ello, hacen todo lo posible por convertir cualquier tipo de crítica o discusión en un pequeño incendio que potencian con más combustible. Pero, del otro lado, las cosas no pintan de un color distinto.

La desinformación y el poco interés por generar un pensamiento crítico han permitido que los prejuicios y la ideología trasnochada encuentren un fértil terreno para que el populismo y su violencia verbal siga afincando sus múltiples rostros. Basta realizar un pequeño ejercicio de memoria –sí, la gran materia prima que es muy escaza en nuestra sociedad– para recordar la confrontación que han implicado las últimas tres campañas electorales: sus protagonistas colocaron en las mesas sus apuestas por la polarización y la confrontación. No obstante, la diferencia con respecto a esos otros momentos es que dicha apuesta se ha convertido en una estrategia bien consolidada por parte del actual gobierno, una forma elemental de comunicación que permite hacer a un lado temas como la inseguridad, la terrible situación del sector salud, la ineficacia de sus obras insignia o la crisis económica que, a pesar de sus propios “datos”, se acentúa en los niveles de pobreza. Por ello, es más redituable lanzar los dardos de la descalificación, la grosería y el vituperio que demostrar, a cabalidad, que la crítica es errónea. Un garlito en el que caen, con singular facilidad, quienes se asumen como parte de la oposición.

La estrategia está bien señalada y no podemos ser omisos al observar que la intolerancia y su violencia es una de las monedas de cambio más peligrosas que emplea el gobierno. Y no señalarlo nos lleva a ser comparsas del incendio que puede provocar un cerillo en medio de la hojarasca.

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