La casa de los espejismos

Somos arquitectos y habitantes de una casa repleta de espejismos en los que nos deleitamos acomodando la realidad con calza y cuña.

No hay duda de que las palabras bien engarzadas son capaces de rotular espacios imaginarios y definir nuestro propio vínculo con el contexto en el que nos encontramos. Muchas veces, sin embargo, parece que es un lujo vivir en un mundo donde el lenguaje nos brinda la posibilidad de observar todo aquello que nos rodea bajo una perspectiva diferente, formulando preguntas que necesitan respuestas bien cimentadas en el análisis y el conocimiento de la realidad. Eso es lo que, como sociedad, exigimos de quienes ejercen cargos públicos, de quienes gobiernan bajo el principio de servir a quienes les han permitidio llegar a esos lugares que, lamentablemente, también se revisten con las galas tan perniciosas que otorga la idea del poder.

Dice Sancho Panza, en el Quijote, al referirse a su futuro gobierno de la ínsula Barataria, “paréceme a mí que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podría ser que a quince días de gobernador me comiese las manos tras el oficio y supiese más del que de la labor del campo, en que me he criado…” (II, XXXIII). Con la rusticidad y el ingenio del personaje cervantino, Sancho va perfilando de manera socarrona la facilidad con la cual se puede ejercer el poder y el ejercicio del buen gobierno al cual él aspiraba. Sin embargo, en la realidad sólo se cumple con lo primero y se diluyen las buenas intenciones.

Algo que nos ha caracterizado como sociedad es la facilidad con la que nos acostumbramos a los problemas, inclusive pareciera que miramos a otro lado y seguimos nuestro camino con la firme convicción de que ya vendrá otro día. Dice un refrán —recuperado por Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española a principios del siglo XVII—, “costumbre buena, costumbre mala, el villano quiere que valga”. No hay mejor definición que ilustre nuestra relación con el gobierno y todo el séquito que trae consigo. Llevamos varias décadas escuchando sus palabrerías y observando la sonrisa del cinismo; año tras año escuchando comerciales que se engolosinan en presumir como logros —producto de la benevolencia y generosidad del mandatario en turno— aquello que, simplemente, es una obligación por parte del Estado, cuyo cumplimiento no tendría que ser aplaudido, sino exigido.

Somos arquitectos y habitantes de una casa repleta de espejismos en los que nos deleitamos acomodando la realidad con calza y cuña. Hoy queda en evidencia que somos una sociedad acostumbrada a depender y aplaudir de ese traje hecho a la medida de cada gobierno que es, sin duda, el paternalismo.

Si en otras ocasiones la queja consistía en maquillar con discursos —y presumiendo sus logros al ritmo de las porras— todo aquello que se hacía “bajo el agua”, a escondidas y con opacidad, hoy la estrategia es todo lo contrario: saturar con información bien calculada, con discursos evasivos y socarrones confeccionados a partir de la talla del actual Presidente. Y, sin embargo, es la misma estrategia a la que estamos acostumbrados: resulta mejor armar una fiesta en la que el anfitrión sea, al mismo tiempo, el principal invitado. Presidencialismo y paternalismo que, por cierto, escritas en el mismo enunciado son cacofónicas. Así, bajo esta tutela, no sería de esperarse algo distitnto en el presente gobierno y mucho menos en una época electoral.

“El idealismo aumenta en proporción directa de la distancia que nos separa del problema”, en esta frase atribuida a John Galsworthy, un casi olvidado novelista y Premio Nobel inglés, se logra asomar una conclusión muy adecuada para nuestro país: detrás de la imagen presidencial, elevada a pontífice del espejismo y del aparato de comunicación que está diseñado para presumir todos y cada uno de sus movimientos, hay temas que se han dejado de hablar en esa tribuna pública convertida en templete de mitin oficial, lo que actualmente es el Palacio Nacional. Sólo en ese sentido, en la idealización y la parafernalia, se logran entender las más recientes “inauguraciones” que ha llevado a cabo López Obrador, diseñadas a la más pura forma del presidencialismo: lo de menos es que sean obras que estén a medio construir, se necesita del ruido de “la fiesta del pueblo” para que exista un contrapeso de todo aquello que no será tema durante los próximos meses. Iniciemos la lista: la posible vacunación, las muestras de corrupción y nepotismo tan enraizado en su gobierno, la violencia, el narcotráfico, los feminicidios, la ausencia de políticas para la conservación del medio ambiente, la amenaza a los y las periodistas, etc. Realice su lista, pero tómelo con calma: estamos en época de presumir la casa de los espejismos hechos a medias y sin sentido.

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