La candidatura de la complicidad

Un segundo aspecto en los nuevos condimentos de estas precandidaturas es su capacidad de convertir cualquier acto que corresponde a la consecución de su trabajo en un mitin callejero lleno de aplausos y vítores, tan orquestados como los propios coros celestiales.

Plantear que han regresado las viejas prácticas de las y los políticos que aspiran a obtener una candidatura con miras a los siguientes comicios, es algo más que ingenuo. Si bien el actual gobierno levantaba sus banderas para que se leyera y escuchara la frase “no somos iguales” a los protagonistas de los sexenios anteriores, con mucha rapidez ha quedado claro que han cumplido con creces dicho principio. El gran inconveniente es que no ha sido para marcar un mejor derrotero en la vida política del país.

Desde hace varios meses se ha observado la estrategia de quienes aspiran a ser ungidos bajo el manto sagrado de la candidatura presidencial por parte del partido oficial. No hay actividad en las que reflectores, micrófonos y, por supuesto, las redes sociales, se constituyan en sus mejores recursos para que su imagen alcance una proyección que, a fin de cuentas, también favorece al partido oficial. No obstante, jactarse de realizar su trabajo con resultados más que extraordinarios es intercambiar las famosas cuentas de vidrio a cambio de los favores electorales de la sociedad mexicana.

Pero hay tres ingredientes en este nuevo tejido de las precandidaturas que, en efecto, van marcando una cierta diferencia con respecto a otras épocas. Por principio de cuentas, tenemos un secretario de Gobernación, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México y el responsable de Relaciones Exteriores del país, que se han convertido en los principales comentaristas de cada una de las palabras de López Obrador. No hay mejor indicativo del presidencialismo orquestado por el actual primer mandatario que cada una de las palabras de quienes mantienen esa estrecha competencia por estar a la derecha del Señor Presidente. En cada uno de sus ámbitos y en el perfecto uso de su tiempo aire en los medios de comunicación se han consolidado como los pregoneros de una visión presidencial que cada día se aleja más de la realidad y que sólo se sostiene por seguir una agenda de panfleto ideológico muy anquilosado. Y hacer eco de ataques, injurias, mentiras y despropósitos sólo habla de quien amplifica el mensaje.

Un segundo aspecto en los nuevos condimentos de estas precandidaturas es su capacidad de convertir cualquier acto que corresponde a la consecución de su trabajo en un mitin callejero lleno de aplausos y vítores, tan orquestados como los propios coros celestiales. Y, en caso de que alguien defienda lo espontáneo de todas esas muestras de “cariño”, pues la sociedad mexicana queda muy mal colocada en esto de aplaudir un desempeño que, con miras muy cortas y con cierto sentido crítico, ha quedado muy lejos de obtener los resultados que, a pesar de que muestren estadísticas para hablar de sí mismos, sólo se queda en eso: sus otros datos, sus propia interpretación que sólo presumen y defienden quienes mantienen su fe intacta, los que han llegado a convertir en dogma el llamado “obradorismo” o aquellos que forman parte de la estructura del gobierno. Y esto último no es poco: toda la fuerza del Estado se ha dedicado a convertirse en el motor propagandístico –y es inobjetable su gran desempeño en este rubro, ni quién lo dude–.

¿Falta un condimento? Quizá el más peligroso al tratarse de la seguridad en nuestro país. Gracias a su afán por aparecer en el primer plano, los tres personajes aludidos se han pronunciado y jugado parte fundamental en la militarización de la Guardia Nacional. Pero esto, como bien puede concluirse, es sólo la punta de un iceberg en el que las Fuerzas Armadas se han convertido en los principales brazos económicos y administrativos del actual gobierno. El alcance de su nuevo poder no sólo se vincula con la seguridad, sino cada vez más con ámbitos que sólo ponen de relieve la clara idea de López Obrador para servirse de quienes ostentan la mayor responsabilidad en el país y viceversa. Es una sociedad aplaudida e impulsada por quienes hoy aspiran a la respectiva candidatura, lo cual los hace no sólo cómplices, sino corresponsables de lo que implican estas decisiones.

Así va fraguándose el perfil de quien ocupará la silla presidencial, como voceros de una imagen de la realidad tan alejada de lo que se vive cotidianamente: sus sonrisas no corresponden a la violencia del crimen organizado, las tragedias, asesinatos, feminicidios, la impunidad, la pobreza y todo aquello que no se cubre con una beca o un mitin de popularidades chabacanas.

Por cierto, ¿alguien sabe en dónde está la oposición? Claro, cada día que pasa, se convierte en el caballo de batalla del gobierno en turno, principal aliado por su estulticia y los lastres de propia historia, al parecer un tanto desaseada.

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