La amnesia oficial
Se critica el “silencio” de la comunidad universitaria ante los procesos electorales de otros tiempos.
Los maestros han sido superados. Aunque, en realidad, muchas personas que hoy ocupan un cargo en la presente administración federal, y en diversos gobiernos locales, formaron parte del priismo, que ejerció el poder en nuestro país durante gran parte del siglo XX. Maestros y discípulos que, ante dicho origen, recurrieron a uno de los mecanismos más favorables para el populismo.
Pocas herramientas tan efectivas para el desarrollo de la demagogia como la manipulación de la historia. El pasado se convierte en una poderosa veta cuando se le ignora, cuando su conocimiento y el nivel de reflexión se basan en celebraciones onomásticas o fechas simbólicas que sólo son el pretexto para lucir el oropel que se guarda durante todo el año. No hace falta enlistar los regímenes que utilizaron el pasado, con precisión quirúrgica, para consolidar su proyección ideológica y brindarle un mayor peso significativo a cada uno de sus símbolos políticos y a las biografías de quienes ocuparon los nuevos pedestales de su nuevo Olimpo.
No obstante, durante el actual sexenio, la manipulación de la historia se ha constituido como una de sus mejores herramientas para causar un impacto favorable entre sus seguidores. Esto ha sido factible porque se apuesta por la desmemoria y gracias al reforzamiento ideológico que existe en cada discurso oficial. Así, la mirada crítica o todo cuestionamiento, por mínimos que sean, son observados como si fueran el epítome de los enemigos, las voces de un eterno complot que permiten validar cualquier tipo de atrocidad, porque, desde el embuste de su retórica, nada se compara con los inigualables alcances de sus gobiernos. Con una pequeña excursión a los libros o al universo del internet, sabemos en qué han terminado aquellos regímenes que aluden a los principios morales y se han presentado como los poseedores de una verdad incuestionable. Y, nuestro país, a lo largo de los años, se convirtió en un terreno fértil y combustible para las ideologías maniqueas e intolerantes.
Poco se puede esperar cuando la amnesia selectiva y la desmemoria de la sociedad son las mejores fichas en el juego de la política mexicana. Se busca desarticular el pasado para lavar el rostro de quienes, no hace mucho, fueron parte “del origen de todos los males”. Mínimas son las expectativas para desarrollar un planteamiento crítico cuando se observa el discurso de la historiografía oficial que permeó a lo largo de varias décadas en los salones de clase, los medios de comunicación y en las mesas de generaciones que padecieron el monolítico priismo.
Es bien sabido que los señalamientos del inquilino de Palacio Nacional han sido el paradigma de las verdades a medias, el imperio de los “otros datos” que no se sostienen ante un análisis serio y académico. También hemos observado que han hallado en una sesgada interpretación de la historia la fuente más apreciada para consolidar su ideología llena de fuegos artificiales y una incuestionable presencia militar. Además, en su mecanismo para crear una amnesia en la que se olvide su propio origen, han optado por lanzar acusaciones y falsedades que tanto gustan a sus seguidores y a sus corifeos.
En ese sentido, López Obrador ha sido capaz de oficializar la impunidad al menospreciar la trascendencia del presunto plagio cometido de la ministra Yasmín Esquivel al compararlo con lo que él considera el fraude electoral del año 2006. Tampoco ha tenido empacho en denostar y señalar a los miembros del aparato de justicia mexicano sin demostrar, fiel a su costumbre, una sola prueba de sus acusaciones. Tampoco podemos olvidar que, a partir de que surgieran voces críticas desde el ámbito académico y de la UNAM, quien hoy ostenta el cargo de primer mandatario, no ha perdido la oportunidad de injuriar a la máxima casa de estudios. Reclama el “silencio” de la comunidad universitaria ante las reformas constitucionales y los procesos electorales de otros tiempos. Vaya ironía, acusar de esa manera a numerosos miembros de una institución que fue punta de lanza en su propio movimiento –quienes, por cierto, guardan el perfecto silencio que conserva sus intereses ante la mentira que escuchan repetidamente–.
Reitero, la amnesia selectiva de los miembros de este gobierno sólo ha podido desarrollarse gracias a la desmemoria de una sociedad que parece olvidar el origen de quienes hoy se presumen diferentes. Y, si faltara algo en este absurdo, basta darse cuenta que el sexenio de Enrique Peña Nieto parece borrado en la memoria histórica del actual primer mandatario. Y no es extraño, de una forma u otra, el aparato del viejo sistema es la estructura que sostiene las promesas que seguiremos escuchando hasta el 2024.
Es momento de preguntarnos cuál es nuestro papel como ciudadanos en la historia, aquella que no podrán borrar.
