Humor legislativo

En esta Legislatura, las y los diputados –en particular los del partido oficial– nos han regalado joyas del humorismo político que se levantan como humaredas que se suman para distraer la atención de los problemas más sustanciales que, por cierto, han ignorado con disciplina.

Sabemos que legislar es un verbo que implica diversas acepciones que generan puntos de vista contrastantes. Es parte de nuestra historia que se mire con recelo a quienes ocupan un lugar en el llamado Poder Legislativo: entre las súbitas e inesperadas carreras políticas, las sospechas de triquiñuelas, además de las aparentes obras de magia que se realizan gracias a la partidocracia dominante, muchas veces parece inexplicable que ciertos personajes sean las y los titulares de escaño en el que se decide el rumbo del país.

Parece que existe una competencia entre senadores y diputados por tratar de consolidarse como la legislatura de mayor trascendencia. No importa si es su labor impecable y prístina o gracias a sus humorísticas ocurrencias. Y bajo la premisa de esta última consideración, vaya que han sido productivos.

Así, no es extraño que entre las filas de quienes participan en las organizaciones políticas consideren como un primer objetivo ocupar un lugar en la Cámara que esté más cercana a sus posibilidades. Cuestionar la formación académica o política de quienes integran al Poder Legislativo es atizar el fuego de una añeja discusión. Sabemos que un grado académico no es garantía de inteligencia, ética y, mucho menos, de un verdadero compromiso con la sociedad. Aunque le resten importancia, es el caso de cierto personaje que le llevó años en culminar una carrera universitaria y hoy saca brillo a los pasillos de Palacio Nacional: sólo es cuestión de cumplir con los requisitos necesarios y una trayectoria política en la que se hayan obtenido los merecimientos suficientes, según el partido o el canto de los chapulines.

Se necesita salir en la fotografía, como se decía antes. Por ello, quienes ocupan esos escaños son capaces de llevar a cabo todo lo que esté a la mano para llamar la atención de sus líderes de bancada, para que sus nombres quizá lleguen a los oídos de los que tejen el destino de sus partidos –porque, es claro, que no necesariamente son representantes de la sociedad–. Por ello, la crónica de lo que sucede en el ámbito de ambas cámaras se ha convertido en un escaparte de despropósitos que son dignos del esperpento teatral o de una mala reinterpretación del surrealismo tan propio de los mexicanos. Claro, si como sociedad llevamos a cabo situaciones tan incomprensibles, ¿por qué las y los legisladores serían diferentes? En realidad suelen ser el más caro espejo de lo que somos; sin olvidar que la gran mayoría ha llegado por nuestros votos, por sus promesas, por articular de mejor manera sus campañas llenas de banderitas, porras y algún refrigerio, que se agradece luego de esperar durante horas la letanía de quienes se venden como la diferencia que el porvenir necesita.

Tampoco es el lugar para señalar, por enésima ocasión, que gozan de una admirable capacidad para realizar arduas y pesadas jornadas de trabajo que harían empalidecer a los trabajos de Hércules.Vaya misterio el que implica su concepción del tiempo y los días laborales.

Allí están, como parte de la historia: aunque sea gracias a sus “divertimentos”, ocurrencias y disparates. Y vaya que, en esta Legislatura, las y los diputados –en particular los del partido oficial– nos han regalado joyas del humorismo político que se levantan como humaredas que se suman para distraer la atención de los problemas más sustanciales que, por cierto, han ignorado con disciplina. ¿Que comparezcan los responsables por la falta de medicamentos a nivel nacional?, ¿a quiénes se les debe cuestionar el terrible retroceso en el esquema de vacunación?, ¿a la exdirectora del Metro cuando ocurrió la tragedia de la Línea 12? No, por favor, eso no es relevante para sus objetivos de negar la realidad. Lo trascendente para algunos de estos ejemplares legisladores, voces del pueblo bueno, es exigir la comparecencia de los dirigentes del futbol y los responsables del fracaso de la Selección Nacional. O, claro está, que se llame a la máxima tribuna a quienes son responsables del boletaje para el concierto de Bad Bunny en el Estadio Azteca. Eso cambiará los destinos del país, sí señor.

Lo más curioso es que se asumen como francos herederos del estilo de López Obrador para decir despropósitos cuando tienen el micrófono y las cámaras frente a sí. Asumen que su filiación política les da derecho al disparate o a responder ofensivamente a quienes sí cumplen con su trabajo en las ruedas de prensa al cuestionarles de manera profesional por sus endebles argumentos. Tienen fe en que la cortesía de las tortas es suficiente para acallar a las y los periodistas. Eso es reflejo de su convicción.

Mejor ni hablar de la seriedad en las discusiones y las decisiones trascendentales para el país. Sí, al parecer no serán las únicas joyas que se suman al humorismo propio de las cámaras o del acontecer legislativo. Pero, ¿reír o llorar? Usted responda.

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