La gravedad de las costuras

Siempre existe algo que se necesita agradecer aún cuando los vientos del absurdo parecen envolver lo cotidiano. Hace un par de días tuve la fortuna de conocer a un caricaturista que  no estaba entre los que suelo frecuentar para intentar comprender la realidad política con un poco de humor e inteligencia. En numerosas ocasiones basta con una imagen y apenas un puñado de palabras para que, de golpe, observes algo que quizá había pasado desapercibido en medio de tanta palabrería y la arrogancia academicista; porque muy pocas cosas son tan efectivas como la caricaturización de un personaje o de una situación en especial. Así, gracias a los señalamientos y la reacción condenatoria de una legisladora –no vaya a ser, dicen los clásicos– que se observó caricaturizada a partir de su propia imagen y sus palabras, se puede llegar a conocer el trabajo de Paco Navarrete. Bueno, al menos hay algo qué agradecer en medio de los vendavales que soplan alrededor de la libertad de expresión. Y que se reitere, poco es tan efectivo como el humor que deshila las costuras de quienes nos gobiernan.

Eso lo tienen claro quienes forman parte de la cortesía política en turno. Sí, esa suerte de  afortunados personajes que mueven sus propios abanicos debajo del frondoso árbol del poder. En ese sentido, no es extraño observar esa tensión que existe entre sus artífices y la agudeza de quienes son capaces de observar la urdimbre de sus incongruencias, la egolatría y la ligereza de su veleidad. 

Tan sólo en uno de los primeros textos de la humanidad que se han llegado a conservar, en el extraordinario poema conocido como La epopeya de Gilgamesh –cuyo origen se ha calculado alrededor del año 2500 a.C– ya aparece una crítica directa y certera de una sociedad frente a la actitud tiránica de quien, a fin de cuentas, levantó los murallas de su ciudad más emblemática: “¡No deja Gilgamesh hijo a su padre. Día y noche es un tirano… ¿Tal es ‘el pastor’ de Uruk-el-Redil? ¿Un hombre prepotente, altivo,arrogante…? No deja Gilgamesh  doncella a su madre, sea hija de un prócer, o bien prometida de un guerrero…” (El Colegio de México, 2000). Es evidente que en estas palabras se expresa la gravedad y la seriedad que existe detrás de estas formulaciones; sin embargo, poco tiempo después comenzarían a articularse este tipo de dardos con la fuerza del humor que también ha caracterizado a la crítica. Y la risa es algo que parece llenar de pólvora el ánimo de quienes se convierten en los protagonistas de una sátira, de la burla política, de la ironía que siembran sus propios actos.

Que tampoco se olvide el nombre y la obra de uno de los más entrañables autores que nos ha mostrado la elocuencia que también existe en el humor y la crítica, una amalgama que cuya consistencia depende de la inteligencia y perspicacia de quien emplea la palabra para mostrar la fragilidad ética y moral de quienes faltan a los principios de justicia en su gobierno. Tal vez sea prudente volver a leer cada una de las obras de Aristófanes para que, al menos en nuestra mente, logremos dignificar la teatralización de nuestros gobiernos, así como lo plantea en Los Caballeros, una de sus comedias más conocidas, cuando el coro –esa suerte de personaje colectivo que tenía una voz poderosa en el desarrollo de la historia que se escenificaba y que solía ser la que representaba a la sociedad dando voz a la moral de la época–  expresa que “(...) criticar y denigrar a los malvados no es algo que deba reprocharse; al contrario, es un honor para los hombres de bien. Si el hombre de quien se habla mal fuera ya conocido por todos, no gastaría yo tantas palabras. Pero a ese canallesco de Arífrades... a ese no hay que tenerle piedad; la comedia debe desenmascararlo para proteger a la juventud…”. Valdría mucho el esfuerzo de pasearnos más seguido por las escenas y actos de las obras de ese gran comediógrafo griego para terminar de imponer la máscara de la risa.

Y, ya entrado en recordatorios, qué tal evocar a don Francisco de Quevedo con uno de sus poemas más conocidos que habla acerca de quien no puede ni gobernar su propia vida: 

“En el mundo naciste, no a enmendarle,/ sino a vivirle, Clito, y padecerle;/ puedes, siendo prudente, conocerle;/ podrás, si fueres bueno, despreciarle.

“Tú debes, como huésped, habitarle/ y para el otro mundo disponerle;/ enemigo de l’alma, has de temerle,/ y, patria de tu cuerpo, tolerarle.

“Vives mal presumidas y ambiciosas/ horas, inútil número del suelo,/ atento a sus quimeras engañosas;

“pues, ocupado en un mordaz desvelo,/ a ti no quieres enmendarte, y osas/ enmendar en el mundo tierra y cielo”.

Sus propias acciones y palabras les revelan. Y que no se olvide, quienes hoy se desgarran las vestiduras al sentirse objeto de la sátira, en su momento fueron quienes alentaban cosas semejantes frente a quienes se encontraban en el poder. ¡Vaya Ruleta de la Fortuna! ¿cierto?

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