Gratitud
El entendimiento caminó lento cuando la sorpresa entrecortó la respiraciónal contemplar que uno de los corazones de Europa detenía su milenario andar antela amenaza de una epidemia desconocida.
No hay día en el que nuestras emociones no estén sujetas a un caleidoscopio que apenas logramos entender. No. La vida no nos había dotado de un instructivo para lidiar con aquello que hemos experimentado desde hace más de cien días. Días de encierro y de paradojas: en nuestra sensibilidad confluyen todas las emociones posibles. Despertamos con la certeza de que hay mucha gente más allá de nuestras paredes cuyo sufrimiento no podemos imaginar. Escuchamos los ruidos de la calle como un recordatorio de que hay personas que no se han encerrado en sus casas porque su trabajo lo requiere y nosotros los necesitamos: hoy, como pocas veces, comprendemos que el servicio al otro no obedece horarios.
De alguna manera este mundo debe mantener ciertos engranajes funcionando para que la maquinaria que lo sostiene no colapse en un pestañeo. Sin embargo, aún hay factores que no cuadran en las nuevas ecuaciones para comprender las exigencias de cada día.
Parece que el tiempo hubiera transcurrido con la lentitud de los antiguos relojes cuando se les terminaba la pila: las manecillas brindaban su última batalla antes de congelar el momento preciso en el que la energía agotaba su propio tiempo. Algo así ha ocurrido con nuestra sensibilidad y la manera con la que entendíamos al mundo. Nuestra mirada viajó a través de la incredulidad a una población china y no ha tenido un afortunado regreso.
El entendimiento caminó lento cuando la sorpresa entrecortó la respiración al contemplar que uno de los corazones de Europa detenía su milenario andar ante la amenaza de una epidemia desconocida. Hasta ese momento la duda y el miedo comenzaron a sentarse en nuestras mesas: intuimos que algo semejante podría ocurrir en nuestro país. Población en cuarentena, calles vacías, colapso del sistema de salud y graves problemas económicos serían una realidad.
Ya la historia se encargará de juzgar si el actuar del gobierno ha sido el adecuado: si logró establecer medidas de salud oportunas en la prevención del contagio, si comprendió a tiempo que en el terreno económico la crisis que ya se vivía podría caer en un escollo del cual, con mucha dificultad, podrá salirse; que el sistema educativo estaría expuesto a una vulnerabilidad sin precedentes; que a la población más vulnerable poco le sirven estrategias paternalistas que no resuelven de fondo sus carencias.
También se tendrá la oportunidad de valorar el papel de algunos grandes empresarios, quienes no han considerado como algo trascendental el adoptar medidas de prevención entre sus trabajadores y sus respectivas familias. Por ello, a pesar de que la historia se encargará de someter a juicio el papel de cada uno de los gobiernos –federal, estatal, municipal, etc.— y a los empresarios de este país, hoy no podemos olvidar el papel que, como ciudadanía, estamos obligados a asumir.
Es en la sociedad donde las paradojas se viven con cierto aire de inquietud: quizá sea el momento de hacer a un lado la perplejidad que nos causan aquellos que no han considerado importante cumplir con las indicaciones para prevenir los contagios del COVID-19 y quienes han hecho gala de su ignorancia al violentar al personal que labora en los hospitales y a quienes padecen la enfermedad. Señalemos y denunciemos esas actitudes que evidencian la precariedad educativa de nuestra sociedad. Por ello, es casi imperativo concentrarnos en quienes merecen todo nuestro reconocimiento.
Sirvan estas líneas para agradecer a quienes mantienen vivo el engranaje de este país más allá de las disputas políticas que son el pan rancio de cada día. Gracias a quienes hacen posible que los servicios médicos y hospitalarios sean nuestro más importante frente en la batalla contra un enemigo que también los amenaza; a todos los servidores que hacen posible que gran parte de la población se mantenga a resguardo; a las pequeñas empresas que, al resistir el embate económico, permiten que la fuerza laboral no se apague del todo; a quienes no cesan en su función de comunicarnos lo que ocurre más allá de nuestra ventana. No pueden faltar los agradecimientos a quienes con música, literatura o toda expresión cultural han acompañado las horas en las que la desesperanza parecía ganar la partida.
Los días complejos se avecinan y necesitaremos de quienes inclinan el caleidoscopio hacia lo más humano que hoy tenemos: la esperanza.
