Entre el remanso y la tormenta, la persistencia

“Para que sea posible un renacimiento, para convencer a las nuevas generaciones de que hay que leer las obras maestras de la literatura, harán falta mejores argumentos”

Los signos de lo cotidiano a veces llegan a ser como un pesado telón detrás del cual se esconde la más profunda obscuridad a la que nos hemos habituado y, quizá, aplaudido. No hay día en el que los rostros de la barbarie, la muerte, la destrucción y la mentira no impongan sus discursos entre un público que se mantiene impávido, que apenas se incomoda, que apenas murmura una ligera sorpresa ante el triste espectáculo de la tragedia convertida en el escenario donde las historias se van perdiendo entre la bruma del olvido. O al menos ésa es la apuesta de quienes pretenden gobernar desde el trono de un oscurantismo que se alimenta del fanatismo, el populismo y la ignorancia que llega a articular las ideologías más trasnochadas y peligrosas, una ecuación perfecta para esbozar la desesperanza y el sinsentido.

Sin embargo, hay quienes no dejan de atesorar la memoria como ese faro que, a pesar de los recursos tecnológicos, aún es parte del paisaje en el que se han librado las batallas en las que se intenta sobrevivir al naufragio y encontrar esa breve luz que orienta el camino. Quizá destartalados, tal vez un poco abandonados, esos faros terminan por imponer su luz fragmentando por un instante esa obscuridad que retaba a los navegantes que confiaban en las constelaciones, ese otro tipo de luz que es el contrapunto del firmamento. En efecto, es casi una obviedad señalar que la imagen de los faros es un recurso tan viejo y común entre las páginas de la literatura y los discursos políticos. 

No obstante, para eso sirven los llamados lugares comunes, para recordarnos que, en ocasiones, basta con esa ligereza en el discurso para comprendernos. A fin de cuentas, en medio del obscuro tráfago de los días y la barbarie, pequeñas tormentas e incesantes huracanes que trastocan nuestra respiración, se agradecería que en nuestro camino no faltaran esos símbolos de resistencia y esperanza. Y no necesitamos emprender búsquedas complejas para permitirnos descansar debajo de esos faros de la memoria.

Así resulta encontrarse con esa expresión cultural que nos habla acerca del crisol que es el ser humano, o al menos nos ha gustado imaginarlo. Quizá sería banal idealizar las expresiones artísticas dejando de lado la obscuridad de quienes han sido capaces de articular la belleza que solemos admirar; seres humanos, a fin de cuentas. Y, por otro lado, como reza el viejo refrán “la ocasión la pintan calva” como una cierta invitación para observar con atención esa luz que se encuentra en algún lugar de tierra firme, esa Ítaca a la que algún día podremos arribar.

En ese sentido, los libros pueden ser como el haz que ilumina las horas y a la memoria, en efecto, el contrapeso de la barbarie y la muerte en los que se cifran las posibilidades de comprender la humanidad desde la experiencia de quienes fueron testigos de una historia que no deja de hablarnos, a pesar de la sordera que nos hemos provocado gracias a la estridencia de la frivolidad con la configuramos el presente –y que se ha convertido en el mejor parámetro de los gobiernos, del poder y de los medios de comunicación en todas sus modalidades–.

Las palabras y esa imagen del faro, su luz y la persistencia terminan por imponerse cuando hallamos un libro que termina por abrir un diálogo con quienes, sin proponérselo, son los artífices de una memoria que tanto se necesita escuchar: seres humanos que, a pesar de la violencia y la tragedia que definían sus días, se han convertido en los faros que pueden cortar esa obscuridad que actualmente nos rodea. Así me sucedió con La palabra que vence a la muerte, un libro escrito por Rob Riemen, un extraordinario guardián de la memoria y artífice en la manera en cómo imaginamos el futuro. 

La invitación a leer va más allá del libro como objeto, es leer a la humanidad a través de sus propias complejidades. Dice Riemen: “Para que sea posible un renacimiento, para convencer a las nuevas generaciones de que hay que leer las obras maestras de la literatura, harán falta mejores argumentos; es decir, habrá que interpretar la verdad del lector que, en el umbral de la muerte, sigue leyendo un libro ‘¡porque cada renglón leído es un enriquecimiento!’” y, quizá, esa luz que nos indica el camino, la certeza de que en medio de esa obscuridad alguien logró construir un faro para que alguien conservara la esperanza. No se necesitan las grandes aventuras y dones de Odiseo para llegar a nuestras propias Ítacas, bajo la sombra de un jardín frondoso, el aroma de un café y escuchando a quienes son nuestra propia brújula.

Temas: