Entre las ramas y las nueces

Estamos enfrascados en discutir aspectos que se convierten en una ruidosa parafernalia que, a fin de cuentas, le resulta muy útil al gobierno y a todo el oficialismo para alejar la atención de los problemas que sí exigen atención y respuestas inmediatas.

Si realizáramos un ejercicio, muy simple y sencillo, observando con detenimiento las noticias que aparecen en los diferentes medios de comunicación, quizá podríamos encontrarnos con una suerte de paradoja que nos conduce a callejones sin salida dentro del laberinto de la política mexicana. Claro, se produce una especie de efecto que nos coloca en medio de un lodazal, de tierras fangosas, entre las que se pierde el camino y la dirección. Vaya situación tan compleja la que nos toca desenmarañar para no seguir perdiéndonos en asuntos que, a pesar de ser relevantes, también nos alejan de los temas más sustanciales y relevantes para nuestro país.

En pocas palabras, nos gusta andarnos “por las ramas”, distraernos con situaciones que, si bien se considera información que nos habla acerca de la calidad de la cortesilla política en turno –con sus respectivos tufos de contradicción, de corrupción, frivolidad y superficialidad que han sido parte de sus características desde hace mucho tiempo atrás–, también nos enfrasca en aspectos que se convierten en una ruidosa parafernalia que, a fin de cuentas, le resulta muy útil al gobierno y a todo el oficialismo para alejar la atención de los problemas que sí exigen atención y respuestas inmediatas.

En ese sentido, al parecer se ha convertido en algo cotidiano escuchar “nuevas” noticias acerca de los lujos y los excesos de quienes ocupan un cargo público, de políticos y alfiles de la burocracia mexicana que nos siguen hablando acerca de la finalidad que existe detrás de esa búsqueda por enquistarse en el servicio público: quizá se siga considerando como uno de los caminos más cortos para que la fortuna –y no precisamente la simbólica– cambie repentinamente las aspiraciones  y el modus vivendi de quienes respiran entre mítines, oportunos compadrazgos, cantan las mejores piezas vernáculas del charrismo sindical y, por qué no decirlo, pueden llegar a convertirse en las bisagras que abren las puertas al crimen organizado y sus diferentes rostros. Casas lujosísimas, relojes de alta gama, prendas de vestir y joyas que brillan ante la luz de la perspicacia, son apenas un pequeño destello de aquello que se encuentra detrás de un muro bien protegido por sus semejantes –y, por cierto, en muchas ocasiones, de un gusto y estilos más que discutibles–. Sin embargo, no hay nada nuevo bajo el sol: la diferencia es que las redes sociales, las cada vez mayores posibilidades del internet y la inteligencia artificial han sido herramientas tan poderosas que hacen muy sencillo evidenciar las incongruencias y la miseria de moral de quienes se jactan de gobernar al país. Allí está el escándalo que producen tan pocas nueces.

De ninguna manera trato de plantear que estos sean temas que no merezcan nuestra atención. En realidad, podrían ser como esas pequeñas cuarteaduras y ranuras entre las que se cuela un poco de luz para iluminar lo que hay detrás de semejantes resplandores. Quizá nos encontraríamos con historias en donde el esfuerzo y los méritos académicos –por mencionar algún factor, por supuesto– no son precisamente el centro gravitacional de esas inopinadas fortunas. Sin embargo, muy pocas veces se llega a tirar de esas fibras que forman parte de urdimbres bien resguardadas y que apuestan al olvido en poco tiempo. “¡Que lleguen más escándalos!”, parecería ser una consigna que siempre se cumple oportunamente.

Pero esas ramas y las pocas nueces parecen alejarnos de camino para empantanarnos en el fango del absurdo, entre preguntas sin respuestas y la indignación sin mayor trascendencia –porque, insisto, se apuesta a la amnesia inmediata–. Por ello, se debe subrayar que la violencia en nuestro país, a pesar de que se escuchen los trinos del oficialismo acerca de las felices estadísticas, no ha cesado ni dejado de ser noticia. Tampoco se debe olvidar que el crimen organizado es como el titiritero que manipula los hilos de quienes, con su corrupción, envuelven su sonrisa en los colores de todo partido político. Que la muerte no deja de ser esa sombra que acompaña nuestro camino y a la que nos hemos acostumbrado. Que la justicia, la educación y la transparencia son temas que han dejado de ser relevantes para la sociedad, en general. Y, sin embargo, ahí están los hilos, en espera de ser desenredados por quienes aspiran a una realidad diferente, a un futuro en el que se poden las ramas y las nueces dejen atrás su furioso ruido.