Entre la violencia y el grito soberano
Con toda la habilidad de una retórica que aprieta el botón de la “soberanía”, los señalamientos acerca del crimen organizado, la violencia en el país y la violación de los derechos humanospor parte de las Fuerzas Armadas se convierte en un edulcorado arranque nacionalista que clama a los cuatro vientos que se es víctima histórica de la injerencia internacional
Durante el mes de junio del año 2022, luego de que se diera a conocer que las cifras de homicidios durante el sexenio de López Obrador ya habían superado las alcanzadas por los dos gobiernos anteriores, la actual secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana declaró “hoy se trabaja con estrategia, con inteligencia, con acciones concretas para dar tiros de precisión a las organizaciones criminales. Estamos en el camino correcto, en el que se considera cero impunidad y cero corrupción”. Si estas palabras, hace apenas nueve meses, se escuchaban huecas y muy distantes a la realidad, el día de hoy son el claro ejemplo de un discurso que palidece ante las noticias cotidianas, las que nos golpean el ánimo y muestran un país que se encuentra en el callejón sin retorno entre la violencia y el populismo gubernamental que la maquilla.
Es evidente que esa respuesta forma parte de un discurso que sólo ha podido sostenerse gracias a la imagen presidencial y su férrea animosidad cuando se trata de “acomodar” la realidad a su propia visión del mundo. Vaya dificultad la que seguramente experimentan quienes necesitan validar y defender la política de seguridad planteada por el actual gobierno, cuando las estadísticas y los reportajes de medios de comunicación apenas son un atisbo de la infernal violencia que se vive en el país. Así, las cifras de homicidios, que en otros momentos eran la punta de lanza para desacreditar a los gobiernos anteriores, hoy no tienen semejante resonancia porque eso implicaría aceptar el fracaso de una política que está hundida en el fango de la contradicción: mientras la Guardia Nacional se convierte en un brazo más de las Fuerzas Armadas, el crimen organizado no deja de ser un referente en la vida pública de muchas regiones.
Si bien no es un asunto de magia que, de la noche a la mañana, pueda modificar de raíz lo que implica la violencia en nuestra sociedad, lo único que ha funcionado a la perfección es la reiteración de un discurso en el que, como una joya de la realidad alterna, el espionaje que tanto se acusó durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, hoy se ha convertido en simples acciones de “inteligencia” bajo el amparo de una calidad moral que tanto se presume. En ese sentido, las respuestas a los señalamientos del secretario Antony Blinken en las que se niega que el crimen organizado controle algunas regiones del país, es apenas un pequeño hilo del entramado que sostiene una perspectiva que sólo creen y aplauden los simpatizantes del actual gobierno.
El tamaño de la encrucijada en la que se encuentra López Obrador ante el gobierno de Estados Unidos es, al mismo tiempo, una nueva oportunidad para darle fuerza a ese sentimiento patriotero en el que se juega a los buenos y los malos, las víctimas y los verdugos, para que lo sustancial de la discusión, por enésima ocasión, quede al margen y se pierda entre la neblina de lo superfluo. Así, con toda la habilidad de una retórica que aprieta el botón de la “soberanía”, los señalamientos acerca del crimen organizado, la violencia en el país y la violación de los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas se convierten en un edulcorado arranque nacionalista que clama a los cuatro vientos que se es víctima histórica de la injerencia internacional. Es curioso que se recuerde aquella frase de la ropa sucia se lava en casa, aunque en realidad se escondan el jabón y los detergentes.
También es paradójico que se use el estandarte de la soberanía –y suenen los clarines del maniqueísmo– en contra de los señalamientos de Blinken y la ONU, cuando López Obrador no ha dudado en apoyar a personajes señalados y buscados en sus propios países. Primero habrá que quitarse la viga del ojo propio –o, mejor dicho, la naturaleza injerencista de este gobierno– antes de señalar el complot universal del que siempre se asumen como víctimas.
Así, el espectáculo diplomático se convierte en una competencia de fuegos artificiales que se observan desde muy lejos y poco alumbra lo que sucede en las calles, en las carreteras, en los hogares. Lo importante es no dejar en el tintero de la discusión que el crimen organizado y la violencia son quienes proporcionan la pólvora de dicha parafernalia y que tanto divierte al actual inquilino del Palacio Nacional. Porque, en un retén o en medio de un tiroteo, poco se podrá discutir acerca de este melodrama diplomático. Que no se borre lo sustancial y no se pierda esa estadística que, a fin de cuentas, se queda corta ante el dolor y los fracasos.
