Entre la banalidad y el desasosiego
La migración y el combate al crimen organizado se han constituido en los mayores dolores de cabeza de la llamada Cuarta Transformación.
La coyuntura determinada por el regreso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha generado que durante estos días se escuchen todo tipo de gritos y sombrerazos, de émulos del legendario Juan Escutia o a poco menos que merolicos que pretenden ahorrarse el complejo camino para obtener una visa y, así, dirigirse sin problemas a un mall en Texas. Si no existiera la claridad de que muchas de esas personas exclaman sus peroratas con toda la seriedad y gravedad que exige este momento, no cabe duda que sus planteamientos serían diálogos, parlamentos y ocurrencias de una obra teatral escrita con un pésimo sentido del humor. Sin embargo, la mayor paradoja es que la retórica de sus discursos, por más disparatada o tragicómica que sea, está muy en sintonía con el estilo que ha caracterizado al mundillo político durante las dos últimas décadas, cada vez más elemental, simplón, burdo y sandio –hay tanto por preguntarse con respecto a quienes formulan y reciben el discurso, sin duda–.
No deja de resultar interesante observar todo tipo de reacciones desde el primer día en el que se dio a conocer el triunfo de Trump en las elecciones estadunidenses. Y, por supuesto, una de las líneas de análisis son las respuestas que ha configurado el gobierno mexicano ante las diversas declaraciones del nuevo presidente electo con respecto a temas que son medulares para nuestro país: la migración, el combate al crimen organizado y el T-MEC. Así, en un simple ejercicio de observación, cualquiera podría darse cuenta que los dos primeros temas se han constituido como parte de los mayores dolores de cabeza de la llamada Cuarta Transformación. Por ello, se comprende el impulso mediático que ha emprendido el oficialismo para hacer frente a aquello que no se puede negar: los “abrazos y no balazos” trajeron tan malos resultados en la administración obradorista que hoy, cualquier logro mínimo, resultado del trabajo que deberían realizar con precisión y trasparencia, parece que debe ser aplaudido y valorado como un resultado sin precedentes.
Así, no es extraño que cada vez se hace más evidente la urgencia del gobierno federal por consolidar y darle más fuerza propagandística a un discurso que es como una jugada en “tres bandas”, una oportunidad que se resume en el famoso “como anillo al dedo” para que sus resultados generen un beneficio en todos los sentidos. Por un lado, ante la posibilidad de que los grupos del narcotráfico sean llamados “terroristas” por Trump –con las consecuencias en aspectos económicos y en la política de seguridad–, la respuesta es una diatriba articulada bajo un patrioterismo casi adolescente en el que ya se veían ondear las banderas norteamericanas en los verdes campos de nuestro país. Fueron curiosas las “lecciones” que los corifeos del oficialismo trataron de insertar en la discusión pública para diferenciar los conceptos y alcances entre el terrorismo frente al crimen organizado. Y justo este es el mecanismo que tienen bien estudiado y a la mano: generar discusiones absurdas, conclusiones disparatadas que alejan la mirada a lo que impone la realidad, todos los días, en el país.
Se encienden banales fogatas discursivas, cuya humareda envuelve y asfixia lo medular, aquello que, bajo una discusión acerca de la soberanía nacional, se pretende acomodar en el último pasillo del silencio. Porque bajo esta mirada, que alimenta con mucha efectividad al maniqueísmo que ha caracterizado a éste y al anterior sexenio, no cabe la posibilidad de hablar acerca de los magros resultados del gobierno de López Obrador en cuestiones de seguridad y combate al crimen organizado. Tampoco de la corrupción de autoridades que hacen caso omiso de la violencia que padecen los inmigrantes –sin importar su lugar de procedencia– cuando pretenden llegar a la frontera del país vecino en el norte de nuestra geografía. Mucho menos se podría hacer énfasis en la necesidad de miles de mexicanas y mexicanos que dejaron sus casas buscando dignas oportunidades de trabajo y seguridad en el país vecino: lo importante, en la lógica del fracaso, es que envían miles de dólares al mes a sus familias y, con ello, hay cierta economía que no deja de permanecer activa. ¿Sería necesario referirse, en esa soberana discusión, acerca de la violencia, los asesinatos, que se observan diariamente en los noticieros del país o que ocurren a tan sólo unos metros de la calle por la que se transita, a pesar de la militarización de la seguridad? Cada quien podría responder desde su personal experiencia de vida en un país que gusta más de retóricas vacías que de resultados evidentes, de la perversión de las estadísticas que de una paz que se ha alejado de nuestros rumbos.
Y, sin embargo, tenemos trabajo por delante, pues en toda tormenta del desasosiego hay quienes navegan en busca de un buen puerto.
