Entre cuentos y veras

No es sorpresivo que el Metro ahora seael caballito de batallaen el discurso del actual gobierno. Saben que cuentan con una base social que les permite concluir que todo es culpade administraciones anteriores o del “crimen organizado” que se roba los cables

En medio del torbellino de noticias cotidianas, lo que sucede en el caso del Metro de la Ciudad de México es uno de los mejores ejemplos de cómo se va imponiendo, de manera paulatina, una narrativa que sólo un gobierno, como el actual, sería capaz de construir. Con cierta astucia –y seguramente en medio de una mesa en la que se celebró la estupenda ocurrencia– quienes retomaron la teoría de las conspiraciones para explicar todo lo que ocurre con el medio de transporte más importante para esta ciudad, saben que tienen en la bolsa dos de los recursos más importantes para validar todo tipo de disparates: el aparato gubernamental y una base social incondicional que es capaz de replicar la mentira más inaudita con tal de ser parte del corifeo dirigido por el inquilino de Palacio Nacional.

Se necesitaba mucha “creatividad” y cinismo para afirmar, “de buenas a primeras”, que una de las explicaciones acerca de la tragedia de la Línea 3 –en la que una joven universitaria perdió la vida– parte de una serie de “episodios fuera de lo normal”, con lo cual se comenzaba a sembrar la idea de un terrible sabotaje que tiene como objetivo –O tempora, o mores, como diría la locución ciceroniana– desestabilizar la imagen y posible candidatura presidencial de Claudia Sheinbaum. No podía ser de otra manera al tratarse de una de las figuras más cercanas a López Obrador, un hábil artífice para crear conspiraciones universales y seducir a sus seguidores con el mismo efecto del trombonista de un Hamelin tropicalizado.

Tampoco es extraño que en la Ciudad de México este tipo de respuestas hallen un campo fértil. En primera instancia, el actual gobierno, como pocos, ha sido capaz de sostener toda una estrategia mediática, no sólo para proyectar la imagen de la jefa de Gobierno como una precandidata idónea en lo tocante a la sucesión presidencial, sino para ser un contrapeso efectivo e inmediato en todo aquello que podría vulnerar su programa de campaña. En este punto radica lo más incomprensible: ya no se trata de consolidar la figura y la trascendencia de Claudia Sheinbaum como la máxima responsable en el gobierno de la Ciudad de México –en fin, cada vez falta menos tiempo para que concluya su periodo–; en realidad, lo único relevante es quitar los escollos y todo obstáculo en su carrera por la Presidencia. Y, en ese sentido, no hay nada oculto: basta con escuchar que la mayoría de sus declaraciones, las que mantienen un impacto más efectivo, son las que hablan de su lealtad a la Cuarta Transformación con ese tono heroico que ha aprendido con mucha disciplina, pero con tan poca simpatía.

No es sorpresivo que el Metro ahora sea el caballito de batalla en el discurso del actual gobierno. Saben que cuentan con una base social que les permite concluir que todo es culpa de administraciones anteriores o del “crimen organizado” que se roba los cables. Ligera palabrería que se suelta sin titubeos: es más fuerte el acto de fe y el uso de programas sociales para mirar a otros lados, que sostener una idea de justicia. Por ello, nunca es responsabilidad de la actual administración ni de la falta de mantenimiento que, durante años, ha sido evidente en cada uno de los vagones y estaciones de este transporte público. Son funcionarios incólumes y víctimas, al mismo tiempo.

Que sirvan como ejemplo dos cuestiones acerca de lo ocurrido en la tragedia de la Línea 12 (mayo del 2021): en principio, resulta paradójico que en las dos alcaldías afectadas –de manera directa– en esa desgracia, ganó el partido oficial de manera contundente en las pasadas elecciones locales. Y, segundo, cuando se presentó el tercer informe de la empresa Det Norske Veritas (DNV) en el que se señalaban fallas en el trabajo de inspección y en la falta de mantenimiento como causas del colapso del tramo que derivó en una de las mayores tragedias de la ciudad, la jefa de Gobierno, de manera inmediata, descalificó esos resultados: los etiquetó como “tendenciosos” y amenazó con demandar a dicha compañía por dar a conocer sus propias conclusiones. Sí, atacar a la consultora noruega –que su mismo gobierno había contratado– y, por si fuera poco, incluirlos en su catálogo de personajes de sus cuentos de conspiración, fue la estrategia más rápida e inmediata. Siempre, los protagonistas del actual sexenio, son las víctimas de ataques casi sobrehumanos.

Sin embargo, lo más trascendental es preguntarse en dónde se encuentra la sociedad que, por un lado, aplaude estos cuentos chinos y les hace eco. Y, por el otro, hay quienes sólo miran con perplejidad, desencanto y hastío, mientras nos acostumbramos a ver a las fuerzas armadas ayudando a desalojar los vagones cuando el humo se atraviesa en el camino. Y aún falta todo el 2023.

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