El silencio de los buenos deseos

A pesar de la saturación de mensajes publicitarios —de índole mercadotécnico o político—, durante estos días recuperamos el sentido más primordial de las palabras que nos han sido arrebatadas para satisfacer cualquier tipo de campaña: con cierta timidez compartimos esos buenos deseos de paz, armonía, cordialidad y esperanza...

           No importa el viento, no importa el frío,

                porque aún podemos celebrar una feliz Navidad.

           Walter Scott

Hoy se celebra la Navidad en gran parte de nuestro país y del mundo. Más allá de su dimensión simbólica, esta festividad cristiano-católica ha trascendido sus implicaciones religiosas para constituirse en una oportunidad para que lo cotidiano tome un cariz diferente. Así, es común que se experimente una pausa, que se abra un paréntesis en medio de lo que cada persona vive en los claroscuros de los días para que los buenos deseos se engarcen como estrofas en el canto de la esperanza.

A pesar de la saturación de mensajes publicitarios —de índole mercadotécnico o político—, durante estos días recuperamos el sentido más primordial de las palabras que nos han sido arrebatadas para satisfacer cualquier tipo de campaña: con cierta timidez compartimos esos buenos deseos de paz, armonía, cordialidad y esperanza que, sin duda, también esperamos recibir como parte de ese gesto que es característico de esta celebración navideña. Sin perder de vista que cada quien genera las expectativas y toma las decisiones que mejor le parezcan, nadie podría objetar que esos buenos deseos no se escatiman ni se rechazan. Pero un cierto desasosiego, y su estridencia, impide que esas palabras hagan eco en el fuego donde se reúnen quienes comparten mucho más que los alimentos o el silencio.

El peso de la memoria se agolpa en las nuevas ausencias, en los silencios que se imponen en las frases que ya no se pronunciarán, los cantos que acompañan las mudas notas de la nostalgia. La Navidad también es ese momento en el que el dolor más íntimo se expresa en la leve sonrisa que sólo se recupera con el transcurrir del olvido.

Así, a la contundencia de la alegría y los buenos propósitos que se siembran en el porvenir, la melancolía y, tal vez, a la pesarosa conciencia de un año que casi concluye, también la incertidumbre se sienta en nuestra mesa: difícilmente podemos mantenernos ajenos a las circunstancias que, día con día, nos muestran una realidad compleja en la que apenas hay un pequeño resquicio en donde habita el optimismo. Aunque, por parte de los gobiernos federal y estatales, escuchemos discursos triunfalistas en todo momento, es innegable que la crisis económica, la violencia, los feminicidios, las desapariciones, el imperante dominio del crimen organizado en nuestro país, el racismo y clasismo; así como la terrible escasez de medicamentos, las frecuentes noticias de injusticia, corrupción, ilegalidad e impunidad y la ignorancia como efectiva moneda de cambio, terminan por imponerse en cualquier ámbito. Preguntar si alguien no ha sido afectado por uno de estos indicadores es una simpleza, ya que, de una u otra forma, los hemos padecido directa o indirectamente: porque lo verdaderamente siniestro es ignorar el sufrimiento y el dolor de quienes nos rodean, de todas aquellas personas a quienes les han arrebatado la dignidad de lo humano.

¿Cómo detener el embate de estas lamentables problemáticas? ¿Permanecer indolentes y mirar a otro lado, hacia aquel lugar fantástico que se ha construido con base en la palabrería de los discursos oficiales? No busquemos las respuestas más allá de nuestras manos. Cada una de éstas se construirán con los hilos de la justicia y la paz que tanto requiere nuestro país; exigiendo gobiernos y servidores públicos que respondan de manera inteligente a las circunstancias de un mundo —en lo económico, diplomático, ecológico, etcétera– que está más allá de sus intereses personales, de partido o corporativos. Ser firmes en la exigencia.

Sí, ya sumamos tres celebraciones navideñas que se han opacado por la pandemia y la problemática que nos aqueja. Pero no perdamos esa luz que está más allá de las circunstancias y que nos ha permitido resignificar la esperanza. Quizá sea buen momento para recordar los versos del poeta Carlos Pellicer, quien durante varios años encontró que la epifanía de las respuestas se encontraba en la poesía, escribió […] Seamos como el árbol,/como el agua que ve/crecer su sombra líquida,/esté el sol o no esté./Esta noche alojemos/en nuestro corazón/las palabras tan simples de esta clara canción./No digan de nosotros:/“fue el genio de la guerra”;/que de nosotros digan:/“Trajo paz a la Tierra”>> (Poesía completa, vol. II, UNAM, Conaculta, Ed. El equilibrista, 1996).

Queridas y queridos lectores, quienes me honran con la generosidad de su lectura, les deseo una Navidad en la que estas palabras del poeta desborden su ánimo, el corazón del porvenir y que se digan en voz alta para que sean el eco de quienes les necesitan. Así sea.

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