El maratón de la banalidad

Los números de participación en el Estado de México no dejan de ser alarmantes y, en términos generales, sólo participó el 50% de su población con posibilidades de emitir su voto. Por ello, el triunfo de un partido es apenas el reflejo de las preferencias de un sector muy reducido de la población.

El inicio oficial de las campañas con miras a las elecciones del próximo año aún está lejano. Al menos eso es lo que, en el papel, está determinado. Sin embargo, llevamos varios meses presenciando cada uno de los movimientos de quienes aspiran a ser el o la elegida por parte del partido oficial para encabezar a su movimiento rumbo a otro periodo presidencial; no se puede decir lo mismo de los partidos de oposición, ya que los nombres que llegan a colocarse en el aparador sólo han sido, salvo un par de casos, meras especulaciones.

Las lecciones que han dejado los resultados de los comicios en el Estado de México son una clara muestra de que el actual sistema de partidos se ha erosionado y corre el riesgo de ser cada vez menos fructífero. Si planteáramos una metáfora para describirlo con cierta benevolencia, sería como aquellos árboles que, aún con cierto follaje, han perdido gran parte de su tronco y apenas se sostienen con un mínimo suspiro. Los números de participación en el Estado de México no dejan de ser alarmantes y, en términos generales, sólo participó el 50% de su población con posibilidades de emitir su voto. Por ello, el triunfo de un partido es apenas el reflejo de las preferencias de un sector muy reducido de la población.

Así, el abstencionismo se ha convertido en un indicador que nos revela un sistema de partidos que se queda muy feliz en la medianía, bajo el amparo de un engranaje que cobija y premia la mediocridad. No hay partido que se salve de ese latigazo de quienes decidieron no ejercer su derecho al voto o, en el mejor de los casos, anular su boleta electoral. Siempre es más fácil celebrar, lanzar campanas al vuelo, con los pequeños números que se guardan en sus chisteras.

Lo más relevante son las diferentes interpretaciones que se generan a partir del abstencionismo: no ha faltado quien plantea que el voto debería ser obligatorio, que sería necesario un mecanismo en el que se sancione a quienes no participen de las contiendas electorales o que las personas beneficiarias de un programa social no deberían tener el derecho a elegir a quienes pretenden gobernar. Estas premisas son parte de una discusión que no ha prosperado y que pierde de vista aquello que se sabe: deja afuera a quienes han provocado el desencanto de la sociedad, los partidos políticos. No faltarán quienes, desde sus filias, respondan que esta conclusión es injusta, pues se mete a todos los partidos en el mismo vaso. Sin embargo, las elecciones mexiquenses y su vencedora son el paradigma de lo que se ha planteado.

Se acercan los meses en los que, de manera abierta y sin tapujos, escucharemos discursos huecos y promesas que ya nos sabemos de memoria. Tiempos en el que las y los precandidatos se regodearán y caminarán orondos ante el beneplácito de sus fieles seguidores. Y en esto radica su primera y quizá única preocupación, alcanzar altos niveles de popularidad ante una sociedad que gusta del espectáculo banal, trivial y lleno de frivolidad que ofrecen nuestros políticos. Hoy podríamos adivinar, en cierto sentido, el contenido de sus discursos, las fórmulas mágicas con las que darán continuidad a la llamada Cuarta Transformación o se optará por cambiar el rumbo del país. Días de espectáculo, golpeteo y manipulación en el que la hiel del hartazgo ya se comienza a destilar. No obstante, frente el maratón de la banalidad que se comienza a percibir, es necesario analizar y considerar el papel de la sociedad no sólo en las próximas elecciones, sino en el futuro del país.

Pero seamos optimistas. Tal vez sea el momento de las sorpresas y nos encontremos con candidatas y candidatos que sean los posibles arquitectos de un futuro más llevadero para nuestra nación. Discursos que no se queden en las acostumbradas promesas y que ofrezcan soluciones viables para cada uno de los problemas que aquejan a la sociedad en materia de salud, seguridad, economía y derechos humanos. Personas que se desmarquen, con claridad, de las figuras tutelares de sus propios partidos y que no pierdan de vista que es cada vez mayor el desencanto de la sociedad gracias al lastre de su historia. ¿Será el momento de un giro radical en la figura de quienes pretendan contar con el voto del electorado? Dice la antigua conseja que soñar no cuesta nada. Pero hay mucho por trabajar para que esto sea una realidad y no se quede en las promesas de quienes explotan la banalidad como su principal recurso político.

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