El grito de la dignidad

Un colectivo de madres se constituyó como la voz de quienes sufren y padecen la violencia.

Mientras en el balcón del Palacio Nacional se llevaba a cabo el ritual en el que se ensalzaba la mueca ególatra de quien pronuncia la palabra “muerte" con la simpleza y ligereza de quien reparte caramelos a niños famélicos y con la sonrisa de quien satisface la idolatría de sus simpatizantes; a pocos metros de distancia, esa misma palabra resonaba de manera distinta, haciendo eco en el más profundo dolor de quienes no han podido hallar consuelo entre tanta ignominia y violencia. Mientras en el balcón del Palacio Nacional se llevaba a cabo el ritual en el que se ensalzaba la mueca ególatra de quien pronuncia la palabra “muerte" con la simpleza y ligereza de quien reparte caramelos a niños famélicos y con la sonrisa de quien satisface la idolatría de sus simpatizantes; a pocos metros de distancia, esa misma palabra resonaba de manera distinta, haciendo eco en el más profundo dolor de quienes no han podido hallar consuelo entre tanta ignominia y violencia.

Así, en la llamada Estela de Luz –el eufemismo de la contradicción–, el mayor símbolo de un sexenio que se caracterizó por impulsar una inopinada “guerra” y que, en sí misma, se ha considerado como un monumento a la corrupción y la opacidad por el gasto que implicó su construcción; ahí se erigió un escenario en el que se llevó a cabo otro grito, uno que clama justicia y que es una oportuna advertencia en contra de la militarización que López Obrador y sus huestes incondicionales han comenzado a implantar en nuestro país. ¿Tiene sentido reiterar la traición a sus promesas, a los discursos y protestas en contra de la militarización que montaban al menor pretexto? Nunca la palabra ha sido mejor empleada: un montaje, la teatralización que ha pasado del melodrama a una tragicomedia esperpéntica que sólo la titular del Quién es quién en las mentiras puede explicar con la prístina elocuencia que la caracteriza.

Así, mientras cientos de personas recuperaban la posibilidad de celebrar un año más del inicio de la lucha por la Independencia de nuestro país, con el ánimo festivo sin cortapisas; mientras otros y otras sabían que era una pequeña obligación ir a pasar lista a dichos festejos –al fin de cuentas alguien debía organizar las porras y quizá, ser considerado en la repartición de beneficios de los programas sociales–, a unos metros se comenzaba a llevar a cabo un acto que carecía del melodrama patriotero que tanto gusta a la sociedad: un colectivo de madres llamaba poderosamente la atención al constituirse como la voz de quienes sufren y padecen la violencia que ha incendiado este país durante varios años, siendo el contrapeso de toda la parafernalia de la celebración oficial.

Así, con la dignidad y el valor de quienes han sufrido alguna de las más de 100,000 desapariciones entre su propia familia, de quienes buscan entre la tierra de cientos de fosas clandestinas y han intuido que la muerte se pasea entre las habitaciones de sus casas, de cada persona que ha experimentado los oídos sordos de las autoridades que se regodean en la  egolatría de sus uniformes marciales; en el centro de esta vorágine, el colectivo Hasta Encontrarte dio una muestra de cómo se planta una guinda en medio de un discurso lleno de banalidad: este grupo de mujeres buscadoras, que llegó desde Guanajuato, dieron voz a la tantas mujeres y familias que han luchado por saber en dónde se encuentran sus hijas e hijos, sus esposas y esposos, sus familiares. En dónde se encuentra la vida y la paz.

Sí, buscan a los seres humanos que hoy se nos muestran como simple estadística y que, quienes hoy forman parte del gobierno federal, en otras ocasiones usaron como la propaganda política de sus campañas electoreras. Números que hoy mantienen en silencio en todo discurso y que, como una vuelta de tuerca digna de los regímenes más perversos, ahora son usados para justificar la militarización de la seguridad pública, como parte de una estrategia que ha sido fallida a todas luces.

Bastó una manta, que fue colocada en ese monumento a la corrupción –por dos integrantes del colectivo–, para plantarle cara a un gobierno que ha sido experto en sacar provecho del dolor. Unos cuantos metros de lona, con tan pocas palabras impresas, fueron suficientes para mostrarles a diputados, senadores, a los miembros de la Suprema Corte de Justicia y a los corifeos bufonescos del actual gobierno, lo que es y significa la dignidad, el valor y la congruencia. Se requirieron más de quince horas para que su mensaje pudiera llegar a nuestra mirada: “16 años de impunidad militar. No al golpe militar”. Un mensaje contundente que tenía que hacer eco en un país que tiene memoria corta y muy selectiva, en una sociedad que no tiene empacho en cambiar la página y mirar a otro lado.

Se necesitaron más bomberos para retirar la manta

–mientras se llevaba a cabo el desfile militar a unos cuantos metros–, que quienes subieron con todo el peso de la tristeza y la incertidumbre. La única forma de agradecer este gesto del colectivo Hasta encontrarte es hacer eco y voz de su principal mensaje. El silencio y, lo que es peor, las justificaciones del absurdo nos alejan del sentido humano y de justicia que deberíamos atesorar.

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