Desorientar la memoria
La desmemoria que existe detrás del asistencialismo, el uso político electoral de los programas sociales y los espectáculos circenses, terminan por regalar un boleto para que se presencie en primera fila esa película irreal que se escribe día con día en palabras del primer mandatario.
Hace casi tres años, al inicio de la pandemia de covid-19, se imaginaron muy diversos escenarios en los que filósofos, sociólogos y quienes apostaban por un cambio radical, aventuraban sus hipótesis y teorías al suponer que estábamos por vivir uno de los cambios más significativos en la historia de la humanidad. Se nos invitó a pensar que los seres humanos habíamos “tocado fondo” ante una circunstancia que nos retó, de un momento a otro, a tratar de sobrevivir y concentrarnos en entender qué estaba sucediendo: la amenaza de la enfermedad y la muerte tocó nuestras puertas, con el dolor que implica cada una de las pérdidas que van más allá de las estadísticas.
Hoy nos encontramos con la posibilidad de enfrentarnos, aún sin tanta claridad, a los resultados de lo que implicó esta suerte de paréntesis en la vida. Hay mucho qué analizar y entender, pues la realidad termina por imponerse dejando atrás las palabras de agoreros o políticos, que estuvieron más preocupados por salvaguardar su imagen que por llevar a cabo programas y tomar decisiones que respondieran a la urgencia que día con día se necesitaba atender. Cada país llevará a cabo el análisis y el juicio acerca de sus políticos y sus maneras de enfrentar la pandemia; lo que es un hecho es que, en la mayoría de los casos, no tuvieron la inteligencia y, quizá, la determinación de encauzar los esfuerzos médicos y preventivos en la salud pública sin colocar en primera instancia el salvaguardar su imagen política. Como en el caso de nuestro país.
Esos escenarios en los que la humanidad cambiaría a consecuencia de la pandemia, en el caso de nuestra sociedad, se diluyeron con mucha rapidez. Fieles a consolidar su protagonismo, el actual gobierno lanzó al aire discursos triunfalistas que, a pesar de que se imponían terribles signos día con día, demostraron que son especialistas en levantar pantallas en las que se proyectan imágenes alternas a la realidad, esa película que sólo satisface a sus fieles seguidores –joven iglesia de milagros transformadores– y a quienes les mueve una ideología trasnochada. Y, quien lo dudaría, ganaron una apuesta: la mayoría de las personas olvidaron –y dejan de lado– las terribles condiciones que enfrentaron durante casi dos años. La desmemoria que existe detrás del asistencialismo, el uso político electoral de los programas sociales y los espectáculos circenses, terminan por regalar un boleto para que se presencie en primera fila esa película irreal que se escribe día con día en palabras del primer mandatario.
Hoy nos enfrentamos a situaciones que no son precisamente las imaginadas en aquellos primeros días. Si recordamos aquella época, que parece tan lejana, existía una primera observación a esa arrogante actitud gubernamental: el no tomar con seriedad y actuar con celeridad ante los avisos del peligro que se avecinaba. Allí estaban las noticias y los boletines que alertaban acerca de la inminente llegada de una enfermedad de la cual sólo se sabía que era portadora de las credenciales de la muerte. Y aún más, desdeñaron la realidad en función de imponer su propio discurso: hablar acerca del desprecio inicial al uso del cubrebocas, la famosa conclusión de que se había “domado la pandemia”, la invención de la fuerza moral como escapulario para evitar los contagios, en fin, todo aquello que sólo aplauden quienes tienen una pésima idea de las exigencias a un gobierno.
Tampoco era de esperarse que la llamada “transformación” se preocupara por las consecuencias de la pandemia a nivel educativo. Lo más relevante que se ha presentado desde la SEP ha sido su claro estatus de trampolín político, su consolidación como administradora de una rica base electoral y, claro, las oficinas en las que fraguan reformas educativas que responden a las necesidades ideológicas más que a las de jóvenes, niños y niñas que actualmente sufren de un rezago académico que llevará varios años en tratar de revertir. Y ni qué decir acerca de las repercusiones en los aspectos emocionales y sociales que apenas se asoman en lo cotidiano de un aula. Eso no es lo trascendental para este gobierno: que los recursos para hacerle frente a un escenario tan complejo mejor se canalicen a las Fuerzas Armadas o a programas sociales electoreros no es nada extraño. Es mejor desorientar las prioridades, el ejercicio crítico y la memoria de una sociedad que, al parecer, se ha conformado con tan poco.
