De la oposición y el lastre de su historia

No hace falta mucha erudición académica para recordar que el PRI ha sido el gran responsable de innumerables aspectos que definen la vida política de nuestra sociedad –como el charrismo sindical, las taras electorales como el mapachismo y el acarreo, además del uso de los programas sociales para condicionar la libertad del voto y un larguísimo etcétera–

La llamada oposición ha encallado en su propia historia y, todo parece indicar, no logrará salir bien librada de semejante problema. Luego de administrar y solazarse el poder –y disfrazarlo de tonalidades tricolores, azules o amarillas– extraviaron la brújula y no supieron resolver sus propias nostalgias que, a la postre, se convirtieron en el lastre que ha terminado por ser su sentencia.

Luego de observar su desempeño como la “oposición” al oficialismo del actual gobierno y su partido, el panorama luce muy borrascoso para el devenir de nuestro país. A consecuencia de toda una estructura política bien diseñada para tal fin, la partidocracia sólo se transforma y se llega a acoplar a las circunstancias de cada sexenio para seguir apareciendo en las fotografías que retratan la vida cotidiana de los servidores públicos. No importan mucho las necesidades del país, el verdadero objetivo es continuar, de una u otra manera, en las nóminas del Estado.

Desde hace mucho tiempo se quebrantó esa confianza que podía existir en los partidos que hoy se ostentan como las opciones para enfrentarse al partido oficial. No hace falta mucha erudición académica para recordar que el PRI ha sido el gran responsable de innumerables aspectos que definen la vida política de nuestra sociedad –como el charrismo sindical, las taras electorales como el mapachismo y el acarreo, además del uso de los programas sociales para condicionar la libertad del voto y un larguísimo etcétera–. Es imposible no hacer referencia al partido oficial cuando se analiza la historia de nuestro país a lo largo del siglo XX, asociación de la cual no sale bien librada. Y eso, por supuesto, no se olvida cuando hoy pretenden erigirse como una alternativa con miras a la siguiente contienda electoral. Sin embargo, entre el peso de su gris historia y el contubernio con Morena en los momentos clave, tal vez el PRI se comience a conformar con llegar a ser un simple partido satélite del oficialismo que le permita sobrevivir con algunas prebendas del erario. Y ni hablar del sexenio de Peña Nieto, en el que creyeron que el altar de sus imágenes revolucionarias volvería a encenderse con facilidad.

Por otro lado, el PAN no ha logrado sobreponerse de la frustración que generó el no cumplir con las expectativas generadas a partir de la llamada transición democrática. Dos sexenios en los que todavía hay más preguntas que certezas: desde el caricaturesco sexenio de Vicente Fox hasta el  complejo avispero que implicaron las decisiones de Felipe Calderón. Durante ambos periodos intentaron aprovechar la estructura que casi ochenta años de priismo les habían heredado; sin embargo, sólo lograron profundizar sus diferencias entre gran parte de la sociedad y sembrar una polarización que ha sido bien explotada por López Obrador desde antes de los comicios del 2006 –y sigue “la mata dando”–, pues es un discurso que durante más de quince años se fue incrustando en la sociedad y que ha dejado muy buenos dividendos cuando de cuestiones electorales se trata. Actualmente el PAN es un claro ejemplo de cómo se observan las tormentas y huracanes en un pequeño vaso con agua que se evapora lentamente.

Pero, si de fantasmas se trata, el PRD es un espectro que recorre los pasillos de su historia con el extravío de quien ocupó el centro gravitacional de la oposición y, en un pestañeo, se convirtió en quien persigue su propia sombra para dialogar con su propio recuerdo de quienes llegaron a gobernar el bastión electoral más importante en el país, la Ciudad de México.

Y si existe un partido que se caracteriza por extender sus velas y navegar según el viento y las corrientes sean propicias, ese es Movimiento Ciudadano, un claro ejemplo de cómo se puede crecer aprovechando las circunstancias y con los aliados más favorables, según sea el caso. Basta con observar quiénes son sus adalides para entender que no se trata de crear un proyecto de nación, sino de capitalizar los errores de todos los demás.

En efecto, mientras, como sociedad, no obliguemos a que exista un cambio sustancial en esa partidocracia, el panorama no luce nada prometedor: actualmente, en las manos de esta oposición se halla el recurso final para afrontar una de las nuevas y definitivas batallas por la democracia de nuestro país. Veremos si son fieles a su lastre o comienzan a dar pasos con miras a las siguientes elecciones federales.

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