Con páginas en las manos
La creatividad, el tesón y, quién lo duda, la necesidad, llevó al mundo de los lectores y los libreros a inventar o fortalecer mecanismos que les permitieran enfrentar la crisis económica, que aún no llega a su fin.
Es un gusto observar cómo la gente va recuperando otros espacios en los que la lectura y los libros son el pretexto más fino para el encuentro, luego de dos años en los que se experimentó uno de los retos más complejos para el mundo editorial. En todo aquello que se necesitaba resolver durante la pandemia, principalmente en el sector salud, muy poca gente suponía que los libros y toda su cadena de producción eran de vital importancia para nuestra sociedad, un sector prioritario que se necesitaba mantener a flote en medio de una borrasca que le afectaría considerablemente.
Durante años se ha escuchado aquella estadística con la que se nos habla acerca de la poca lectura que existe en el país; lo cual siempre ha resultado inquietante y poco alentador cuando nos quedamos en la epidermis de los números. Según el Molec (Módulo de Lectura) del Inegi, el promedio de lectura alcanzó la cifra de 3.9 libros al año, lo cual se puede considerar como un incremento récord si lo comparamos con el de otros años.
Sin embargo, este pequeño indicador es apenas un atisbo de lo que sucedió durante los meses más atroces de la pandemia, en los que la creatividad, el tesón y, quién lo duda, la necesidad, llevó al mundo de los lectores y los libreros a inventar o fortalecer mecanismos que les permitieran enfrentar la crisis económica que aún no llega a su fin. Si bien no es la primera vez que la industria editorial se ve amenazada en términos comerciales, cuando nos enteramos que –a lo largo de todo el país– apenas existen mil 643 librerías establecidas y registradas, entendemos que todos sus esfuerzos por no desaparecer, también son una manera de apostarle al futuro de nuestra sociedad. Sin embargo, aunque pareciera que las campanas resuenan con su vuelo musical, ese simbólico aumento en el promedio de lectura es apenas una ventana a todo lo que se removió durante estos últimos meses. Los libreros y editoriales fortalecieron, por ejemplo, la venta en línea de sus productos, ya que las puertas de sus establecimientos permanecieron cerradas durante mucho tiempo. Tal vez sea porque en ese momento se contenían las emociones como un dique a punto de reventar, pero observar cómo llegaban las y los mensajeros a tocar nuestras puertas para entregar los paquetes de alimentos, enseres o libros, era algo que nos vinculaba con el mundo y con otros rostros.
También es cierto que la virtualidad nos ha permitido disponer de textos en formatos digitales que han revolucionado la interacción con la industria editorial. Por ejemplo, se llegaron a fortalecer y multiplicar las organizaciones que conformaron grupos que se convirtieron en motores inigualables de promoción de la lectura, del gozo compartido y placer que implica la lectura –que, por cierto, también genera vínculos sociales y culturales, a pesar de lo que se rumore en las oficinas de grises funcionarios de la SEP–. Tampoco se debe olvidar que numerosas bibliotecas y museos abrieron parte de sus acervos digitales para que la gente se acercara a ellos, sin las reservas ni requisitos que implica la llamada “normalidad” –o la generosidad de muchas instituciones que, de manera sistemática, “liberaron” ediciones digitales de muchas publicaciones que, dicho sea de paso, tal vez ya es tan fácil encontrar en el mercado o en bibliotecas–. Hablando de este último punto, más allá de la discusión que implica para los derechos de autor y las crecientes ediciones “pirata” de muchos libros –con todas las implicaciones e inconvenientes para la industria editorial–, tampoco se puede negar que también esto ha propiciado que la circulación de sus contenidos exista y llegue a ser accesible.
Lo que es un hecho es que la gente comienza a recuperar su complicidad con los anaqueles y los pasillos de las librerías. Pero también de las ferias, que han llegado a ser un remanso en medio del contexto de inseguridad e inestabilidad económica al que, al parecer, ya nos hemos acostumbrado. Libros, autores, autoras, diálogos, la palabra. Todo es un cúmulo de expectativas y de apuestas por ser la diferencia ante el embate de una crisis económica que aún no toca su propio fondo. Grandes y pequeñas editoriales, libreros que han sorteado poco a poco sus dificultades o que necesitan de quienes rompen con la gris estadística.
Todo esto adquiere relevancia ante la presentación de la Ley de Ingresos para el año 2023 en la que se propone eliminar el 8% de la deducción que tienen los pequeños distribuidores por cada libro, revista o periódico vendidos. No hace falta explicar lo que esto implica cuando observamos cómo los impuestos se destinan a financiar todo aquello que no es la cultura, ni la educación. Gobiernos van y vienen, malos y terribles, pero los libros y la terquedad de quienes leen permanecerán en cada página que tenemos en nuestras manos.
