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Ante la pandemia, una de las medidas más relevantes que se aplicaron en casi todo el mundo fue detener el sistema escolar en su modalidad presencial: los vínculos educativos sufrieron una revolución sin precedentes

El viernes 15 de mayo será recordado como un día en el que la docencia se observó de distinta manera. Quizá, en los últimos años, ese prestigio incuestionable y tradicional que se le confería a las maestras y maestros durante gran parte del siglo pasado se ha puesto en el banquillo de una mirada más crítica y, por ende, con una nueva vulnerabilidad. Situación que puede ser resultado del cambio de paradigmas en los aspectos educativos y sociales que se han presentado durante las últimas décadas: los derechos humanos, la noción de familia, la abrumadora irrupción de la tecnología en la cotidianidad de las personas y, por ende, la hiperconectividad que caracteriza las dinámicas en diferentes sectores de la población. Cambios que, sin duda, han implicado que las distintas generaciones que se ocupan de manera profesional a la educación representen el drama más común en el desarrollo de nuestra historia como seres humanos: el enfrentamiento entre las ideas de lo nuevo y original ante lo que hoy, de manera tan simplista y con el simple afán de contrastar las etiquetas, le llaman lo tradicional.

Una más de las vueltas de nuestra historia cultural en la que se ponen en juego nociones pedagógicas cuyos resultados aún estamos por conocer y analizar. Así como la tecnología cambia día con día, con cada generación de niños y niñas que ingresan al sistema de educación básica se multiplican las interrogantes acerca de cómo asumiremos su nueva visión del mundo.

Hace unos meses ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­—que hoy parecen épocas tan lejanas— nuestra atención estaba concentrada en escuchar las voces de estudiantes de distintas edades que exigían justicia ante los señalamientos de maltrato y violencia de género por parte de sus docentes. Sus acciones paralizaron la vida académica de distintas instituciones que, además —luego de que se restablezcan las actividades— aún estarán a prueba para demostrar que sus acciones están a la altura de las necesidades y exigencias de su propia comunidad estudiantil.

No omitiré otro factor que ha contribuido a poner la labor docente ante esa mirada crítica y escrutadora de una sociedad que, actualmente, tiene parámetros muy superficiales para lanzarse a llevar a cabo juicios sumarios: los sindicatos. Basta con recordar a Elba Esther Gordillo y la llamada coordinadora, quienes durante años se han erigido como los monolitos representativos del gremio del magisterio en la educación pública. Nadie pondría en duda el alcance político de este sector, sin embargo, las interrogantes se abren cuando hablamos de su papel en el desarrollo de los estudiantes que tienen a su cargo. Un asunto tan complejo que obedece a una estructura partidista y de intereses políticos que se armó bajo la luz de los sexenios priistas.

Así, nos hallamos en una coyuntura que invita a la reflexión acerca del papel fundamental del docente en el desarrollo de nuestra sociedad. Recuerdo unas palabras de George Steiner —en su libro Lecciones de los maestros, FCE—: “La necesidad de transmitir conocimientos y habilidades, el deseo de adquirirlos, son unas constantes de la condición humana. El Magisterio y el aprendizaje, la instrucción y su adquisición tienen que continuar mientras existan las sociedades. La vida tal como la conocemos no podría seguir adelante sin ellos. Pero ahora se están produciendo cambios importantes”.  Y como lo hemos planteado, los cambios nos conducen a imaginar cómo será la docencia en un futuro inmediato.

Ante la pandemia, una de las medidas más relevantes que se aplicaron en casi todo el mundo fue detener el sistema escolar en su modalidad presencial: de la noche a la mañana las relaciones y los vínculos educativos sufrieron una revolución sin precedentes que aún no llega a su fin.

Sin embargo, paulatinamente se ha hecho frente a esta situación y la tecnología ha sido, por fin, una herramienta de enseñanza y aprendizaje que durante años se había observado con el recelo que provoca toda novedad. Pero algo no cambió: la función catalizadora de los docentes dentro de la sociedad. Sueños y expectativas, enojos y tristezas, retos y nuevas posibilidades, todo ello en función de una transformación que hace apenas un par de meses no llegábamos a imaginar. No cabe duda, las maestras y los maestros pueden ser la piedra angular de un cambio en la humanidad que se ha comenzado a operar desde que un nuevo virus ha amenazado nuestra historia. Detrás de una posible cura estarán latentes un docente y un alumno. Aún hay tanto por aprender en este camino.

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