Buscando los significados
Desde hace un par de años nos hemos preguntado qué se debe entender por “seguridad nacional” cuando el presente gobierno lo esgrime. Las respuestas se alejan de la lógica más básica: se trata de blindar la información de las obras insignia y faraónicas de esta administración
Las palabras, en boca de los actores políticos de nuestro país, pierden todo sentido y se convierten en una suerte de cajones vacíos que son intercambiables según sea necesario. Al parecer, estamos habituados a escuchar, ad nauseam, frases que nos hablan de seguridad, justicia y las promesas de que pronto se tendrán mejores condiciones económicas y de salud. Los sexenios transcurren y sus integrantes desfilan como los protagonistas del más grotesco carnaval en el que todo orden se ha invertido y crean sus propias reglas –mientras van hilvanando sus discursos tan huecos que la gente parece escuchar con el beneplácito de la costumbre o la indolencia–.
Quizá cambie el tono de voz, el dramatismo con el que se profesan las mentiras y las promesas que no se cumplirán. Desde hace algunas décadas podemos tener a la mano las grabaciones de audio y video para analizar el dramático cambio que sufren quienes alguna vez fueron candidatos y candidatas al tomar posesión de sus nuevos cargos. Algo “extraño” ocurre en su personalidad que paulatinamente van dejando atrás el rostro de la promesa para mostrar la sonrisa del cinismo de quienes se saben parte de una estructura que se valida con tan sólo mencionar la palabra mágica, “pueblo”, y rasgarse las vestiduras de la teatralidad. No hay mejor forma de manipular a la sociedad que emplear esa entelequia que tanto le gusta a quienes respiran el populismo, el asistencialismo y el presidencialismo. Sin hacer mayor énfasis en quienes reciben su sueldo como pago a su patriótica labor de fomentar ese lastre con el que ha encallado nuestra historia.
Cada gobierno va inventando su propio diccionario con las palabras y las frases que satisfacen el oído de sus seguidores, que son el primer mecanismo para recibir los enardecidos aplausos de sus propias huestes. Las acciones pasan a un segundo término cuando el discurso y su magnificación son los mejores recursos que se tienen a la mano para encender un festival de fuegos artificiales cuyo único espectáculo es el estruendo. Y la llamada Cuarta Transformación ocupa un lugar de privilegio si se trata de hablar acerca de un discurso que sólo detona crispación.
Durante esta última semana pudimos escuchar dos claros ejemplos de cómo esos discursos tan erosionados siguen tan vigentes como los aparatos electrónicos de los años 80 del siglo pasado. Por un lado, durante el segundo debate de las candidatas a obtener la gobernatura del Estado de México, nos percatamos que en dicha entidad experimentarán una compleja decisión entre elegir un discurso bien estructurado que se apega al fundamento de prometer sin miramiento –a la mejor usanza de la escuela del priismo – y, por el otro lado, la retórica casi escolar que es una réplica, sin gracia ni mérito, de lo que se escucha diariamente en voz del inquilino del Palacio Nacional. Disyuntiva que también se presenta en Coahuila y que, al parecer, será la misma tónica de las próximas –por decirlo de alguna manera– campañas del 2024. Podría ser como un maratón de futilidades.
El segundo ejemplo implica un mayor riesgo. Desde hace un par de años nos hemos preguntado qué se debe entender por “seguridad nacional” cuando el presente gobierno lo esgrime. Las respuestas se alejan de la lógica más básica: se trata de blindar la información de las obras insignia y faraónicas de esta administración. La intención es salvaguardar la opacidad que existe en dichas obras que, con lo poco que se puede tener presente, son un poco más que un barril sin fondo en sus costos. Es dejar bajo llave cada licitación y los contratos que salvaguardarán la falsa imagen de autoridad moral que se jactan de presumir y que se ha visto mermada con las últimas noticias acerca del tráfico de influencias y corrupción que cada día se evidencia. Así, la transparencia es la verdadera amenaza para este régimen.
Hay un vacío en el significado pues la seguridad nacional debería ser el combate a la corrupción, al crimen organizado, a hacerle frente al narcotráfico y a la delincuencia que diariamente arrebata la vida de personas que, quizá, habían mantenido la esperanza de que este gobierno sería diferente, tal y como lo prometieron desde hace 20 años.
En el invento de su diccionario, la incongruencia y el cinismo tal vez son la marca de agua de sus páginas, algo que su “pueblo” no terminará por entender. O tal vez se buscarán nuevos significados.
