A cuidar lo superfluo

40 migrantes que perdieron la vida en un lugar administrado por el Instituto Nacional de Migración, bajo circunstancias que alertarían a cualquier persona que mantuviera un mínimo de respeto por el ser humano

La apuesta por la distracción y la polvareda que nubla la mirada rinde su fruto con la rapidez de una centella. Apenas han transcurrido pocos días desde que despertamos con la terrible noticia de una tragedia que abofeteó nuestro sentido de la realidad, algo que nos llevó a recordar que aún tenemos muchos asuntos por resolver con respecto a la condición que padecen los migrantes en nuestro país, la responsabilidad del actual gobierno y, quizá, lo que más lacera la conciencia, la profunda discriminación e indiferencia que destilamos como sociedad.

En cuestión de horas, las primeras investigaciones y las indagaciones de los medios de comunicación nos iban presentando una serie de imágenes que, además de estrujar el corazón, apenas ofrecían un doloroso vistazo a un entramado que envolvía con eficacia la Caja de Pandora. Así, la corrupción y la negligencia se convertían en verbos que se conjugaban en cada uno de los detalles que explicaban las puertas cerradas con los candados de la perversidad. Son 40 migrantes que perdieron la vida en un lugar administrado por el Instituto Nacional de Migración, bajo circunstancias que alertarían a cualquier persona que mantuviera un mínimo de respeto por el ser humano. Sin embargo, esta desgracia se ha comenzado a traspapelar bajo los gritos y sombrerazos que se orquestan gracias a la narrativa que impone, con mucha eficacia, el inquilino del Palacio Nacional. Comienzan a ganar su apuesta.

Ante la dimensión de la tragedia resultaba prioritario fincar la responsabilidad y no permitir que, una vez más, la impunidad reinara en este proceso. No obstante, las expectativas eran muy pocas cuando se comprendía que todos los caminos señalaban a uno de los personajes predilectos de López Obrador –y posible candidato en la línea de la sucesión presidencial–, el actual secretario de Gobernación, Adán Augusto López. Y, como parte de las tragicomedias de enredos que suelen montar en el actual sexenio, dicho personaje más tardó en respirar que en señalar al canciller Marcelo Ebrard como el verdadero responsable en el manejo de la política migratoria del país y, por ende, de la terrible fatalidad que nubla la mirada. Claro, sin mencionar el complaciente silencio de la gobernadora de la Ciudad de México que, quizá como un acto de prudencia, guardó cierta distancia para no provocar que esta coyuntura fuera el amplificador de su asociación con los funestos percances que se han presentado en el principal medio de transporte de la capital, el Metro. Las cartas de la complicidad y el silencio han sido las principales garantías de un gobierno que ha perfeccionado la opacidad y que busca acallar, de manera inmediata, todo aquello que represente un punto de riesgo para su imagen. Y, contra todo pronóstico, aún faltaba una jugada que sería el perfecto señuelo para los seguidores y la grey del primer mandatario.

Afín a su cercanía y gusto por el ámbito religioso, López Obrador colocó ante los lentes de las cámaras y los micrófonos del enojo a un personaje que, además, representa la posibilidad de ser el engranaje con el catolicismo, con miras a la integración de las campañas electorales que están en pleno desarrollo. ¿Quién podría ofrecer una respuesta rápida y efectiva, al menos en el discurso, ante las críticas y lo señalamientos a su gobierno? Alejandro Solalinde, una figura que puede ser el enclave para dialogar con los migrantes y con un sector del catolicismo afín al mesianismo paternalista. Un contradictorio personaje que, gracias a su labor en apoyo a los migrantes, alcanzó un reconocimiento importante que le valió ser una voz crítica ante los gobiernos anteriores; sin embargo, esa estatura moral y trascendente capital político los puso al servicio del César, de un presidente que, a final de cuentas, ha hecho caso omiso de las tropelías, violencia y corrupción cuyo origen apunta hacia el crimen organizado y a las propias autoridades. Se habla de un nuevo organismo que sustituirá al INM y que será presidido por un “católico”, como si esto fuera una garantía. Pero, a fin de cuentas, Alejandro Solalinde ha llegado con todo lo necesario para blanquear los sepulcros de un gobierno que se ha especializado en evadir su responsabilidad ante la situación de violencia que se padece en el país y, en particular, los migrantes que aspiran al sueño norteamericano.

No perdamos de vista que, durante este año electoral, la religiosidad será un factor que el gobierno no desaprovechará. Ya se tiene en la chistera a un sector evangélico y a la Luz del Mundo; pero falta el enclave para terminar de endulzar el oído de quienes representan una mayoría de votos. Así, los fariseos se pasean en las calles y coleccionan pequeños muñecos del dios al que se le rinde culto blanqueando los cementerios y las fosas clandestinas.

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