A la siguiente

Después de una promesa de transformación inconclusa, la siguiente tiene un sinfín de retos en los que todas esperamos ser escuchadas.

Comparto que esta es la última columna que tengo oportunidad de publicar en este espacio. En este momento, tanto personal como el que vive nuestro México, tengo sentimientos encontrados y quiero aprovechar esta última oportunidad para expresarlos, antes de poner mi mirada en lo que sigue.

Quisiera empezar con la palabra más bonita de nuestro idioma, gracias. No sólo a Excélsior, sino también a todos aquellos que cada semana quisieron enterarse un poco de cómo veo las cosas desde mi trinchera, con los que pude coincidir y con los que diferí, porque es justo con estos últimos que el ejercicio se enriquece, con el que el debate se nutre y aporta a nuestra democracia: lo repetí en casi cada una de las oportunidades que tuve para este diario, que no se nos olvide que más allá de la crítica hacia las decisiones de los líderes, somos nosotros quienes ostentamos el poder en este modo de organización política y social.

El momento es de tensión para nuestro país, de incertidumbre y mucha expectativa.

A pesar de que nuevos aires llegaron a partir del 1 de octubre, no podemos echar bajo la alfombra los cuestionamientos hacia la polarización y división, también hacia la misma oposición que hoy nadie sabe dónde está o lo que defiende verdaderamente.

Como mujer me siento muy emocionada.

El hecho de ver a una mujer empoderada y muy preparada en el puesto más importante del país hace que se me enchine la piel.

El que las candidatas se hayan abierto paso entre un mar de obstáculos en una nación y un sistema, tristemente, aún machista, habla de que, a pesar de todo, seguimos avanzando, nos han visto desde luchar y ganar el derecho al voto, hasta colocarnos la banda presidencial.

A diferencia del sexenio pasado, donde el proyecto empezaba y de alguna manera había que “comenzar desde cero”, ahora los retos están claramente planteados.

Diez mujeres son asesinadas todos los días, es decir, más de tres mil 600 al año.

 Más allá de que la política, tanto interna como exterior, debe ser feminista, es tiempo de que la Presidenta se ponga la camiseta, y con el alto índice de aprobación y las mayorías en los gobiernos estatales y en las cámaras, veamos políticas públicas serias, que protejan nuestras vidas, que nos devuelvan la tranquilidad de salir a las calles sin sentir miedo de no regresar a casa, así como espacios seguros en los que podamos desarrollarnos y expresarnos con total libertad.

Después de seis años de que dejaron la promesa de la transformación inconclusa, a medio hacer, ahora, a la siguiente, le quiero decir que tiene, no uno, sino un sinfín de retos en los que todas esperamos ser escuchadas, apoyadas e involucradas, que ya no queremos más días con temor ni ser silenciadas, y que, con ese mismo ánimo, estamos listas para continuar la lucha que ahora se transformó en vernos con la banda presidencial. No hay mejor tiempo ni oportunidad para concretar la promesa que este tiempo, el tiempo de nosotras.

Deseo que este espacio que ahora dejo, sea tomado no por una, sino por muchas mujeres, a ellas, a las siguientes, quiero invitarlas a seguir alzando la voz, a aprovechar este foro de alcance masivo para poner nuestras demandas más urgentes sobre la mesa, por que, como lo dijo la doctora en su primer discurso, sólo lo que se nombra, existe.

Me despido, pero que el intercambio de ideas y la libertad de expresión sigan ahora y siempre.

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