Mascarada

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

En nuestro país, ninguna actividad deportiva preconiza tan estentóreamente la mentalidad triunfadora como el futbol, sin alcanzar su objetivo, como en la paradoja de Zenón, la carrera de Aquiles y la tortuga. Cuatro años representan un tiempo corto y razonable para diseñar un programa con vistas al centenario del Campeonato Mundial de Futbol que se realizará en Sudamérica, África y Europa; un programa con la idea de ocupar uno de los ocho primeros lugares en el concierto internacional. En cuatro años en otras disciplinas, natación, atletismo, tiro olímpico, tiro con arco, taekwondo, lucha libre, boxeo, clavados, basquetbol, voleibol, nado sincronizado, caminata, han brillado con plusmarquistas mundiales, campeones olímpicos y un nutrido grupo de competidores que han clasificado entre los 8 mejores del planeta. ¡Cuál es la diferencia? La competencia individual es acaso, probablemente, más difícil en cuanto a calidad y número de adversarios. La diferencia estriba en la cultura del esfuerzo, de la competencia, cuya naturaleza estimula el afán de superación. A los dueños de equipos como a la Femexfut, regida por aquéllos, no les interesa la competencia. El leit motiv es la ambición por el dinero. Asocian la riqueza material con el éxito. Y esta posición, de dorada mediocridad y alto confort económico, popular y social, la comparten la mayoría de futbolistas y entrenadores, que se autoengañan midiéndose por lo que ganan y no por el rendimiento. El deporte se mide por resultados. 96 años, casi un siglo, y no llegan a colocarse entre las ocho mejores oncenas del mundo. Medio destacan con la enorme ventaja que les proporciona la altura geográfica del Valle de Anáhuac. Se suma la ignorancia, superficialidad, prejuicios y dogmas de ciertos comunicadores que en el exagerado culto a los futbolistas omiten hacer una valoración del nivel de calidad. Cierran los ojos y siguen viéndolos como los gigantes del área, con la tontera de creer que el Tri es mejor y debió ganarle a Inglaterra (sí, sí, el Tri es mejor, de 10 partidos ganan 11, pero ese 5 de julio, a la hora de la verdad, ganaron los ingleses). La mayoría de los futbolistas mexicanos son como basquetbolistas de talla 1.65 o 1.70 m de altura que van a medirse contra catedrales de 2m a los Juegos Olímpicos. Liliputienses ante Gulliver. Bajo esta consideración no hay fracaso. Pretender cambiar el nivel de la Selección Nacional es una quimera. Ésta es el reflejo de futbolistas, entrenadores y dirigentes, de la trasmisión de incompetencia y vicios que no se han podido sacudir durante casi 100 años. Cambiar a la Selección exige un cambio en todos los equipos del país. No sólo es necesario restablecer el ascenso y descenso en la liga mexicana, no de uno, sino de tres equipos, como en el modelo de Europa. Pero hay algo más importante: clubes como Barcelona, Real Madrid, River Plate y otros promueven la competencia en todos los deportes, organizan torneos de ajedrez, atletismo, basquetbol, natación, etc. La visión del futbol mexicano es estrecha, está encapsulada. No entienden el sentido ni el alto valor de la competencia.