Genio en agraz

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

Desde su nacimiento bajo la estimulante inspiración universal que generó la creación de los Juegos Olímpicos, el Tour de Francia simboliza el epítome del esfuerzo y la resistencia del ser humano comparable con la densidad agonal del maratón o de un puñado de pruebas magnetizadas en la tensión corporal y espiritual del gladiador. El rostro en tensión, hinchadas las venas de las piernas, cautiva de emoción y efecto estético como la expresión de Laooconte en el grupo escultórico del Vaticano; así como millares acuden con el fin de conocer y conmoverse con La piedad. Semejante fenómeno se presencia a lo largo de los poco más de 3 mil kilómetros del Tour en los que miríadas de aficionados forman un oleaje humano que corre al ritmo de la mitología, como la iniciara Octavio Lapize, medalla de bronce en los 100 km en los JO de Londres 1908, al conquistar por vez primera, en 1910, el coloso pirenaico de El Tourmalet, significa mal retorno, con un recorrido final de mil 474 m en una cuesta empinada de unos 40 grados, de 11.9 km de extensión; se le rinde eterno homenaje en una estatua en la cumbre del Tourmalet, donde aún resuena el eco de su grito a los organizadores: ”¡Asesinos, sois unos asesinos!”. La fascinante mitología del Tour la han creado las piernas y acerados pulmones de héroes de la talla de Fausto Coppi, Eddy Merckx, Federico Bahamontes, Lance Armstrong, el infortunado Marco Pantani, Jan Ullrich… el esloveno Tadej Pogačar, de 1.77 m de estatura y 67 kilogramos de peso, que impulsado por inmensa energía conquistó este domingo la quinta corona en la Grand Boucle en su 113 edición. La última etapa se realizó por las calles de París, 133 km enlazados con los monumentos emblemáticos del Arco del Triunfo, los Campos Elíseos, el obelisco egipcio, las empinadas calles de Montmartre y la basílica del Sacré Coeur. A sus 27 años Pogačar forma un joyel de cinco diamantes engarzados en dos ruedas, con Merckx, Jacques Anquetil, Bernard Hinault y Miguel Induráin. Cinco victorias en el Tour proyectan voluntad y esfuerzo ciclópeo. La epopeya de Pogačar ocurre en la admirable simbiosis agonal que formó con el genio en agraz el mexicano Isaac del Toro, de 22 años, originario de Ensenada, Baja California. Un pedalista de meteórica trayectoria que amalgama cualidades excepcionales de conjunto que regulan en armonía, con su aguda inteligencia y voluntad de lucha, el sprint, metrónomo de pasista, la escalada, la resistencia; sin piernas tan poderosas como las de Pogačar, el belga Remco Evenopoel, el espectacular trepador ecuatoriano Richard Carapaz, se clasificó en el tercer lugar general, con una victoria individual en la 2ª etapa de 168.5 km Tarragone-Barcelone, en 3 horas 40’01”, en el inverso y amistoso papel de Pogačar como doméstico. En cualquier región del mundo asombra la aparición del genio. Al pueblo mexicano, en política y futbol, se le ha dirigido a admirar, aceptar y aplaudir la mediocridad. El triunfo de Isaac no genera estridencia ni aglomeración. Su luz agonal es poderosa, universal.