Los hombres dirigieron su vista hacia las alturas del planeta una vez que el noruego Roald Amundsen conquistara el Polo Sur, 14 de diciembre de 1911, y sobrevolara en avión el Polo Norte, el 12 de mayo de 1926, con el italiano Umberto Nobile. En aquella época, volar representaba altísimo riesgo mortal; recordemos la hazaña de Charles Lindbergh al cruzar el Atlántico en el primer vuelo sin escalas y unir New York con París, en el Spirit of St. Louis, en 33 horas y 32 minutos. Cien mil franceses lo aclaman cuando aterriza en la noche del 26 de mayo de 1927. Lindbergh fue el primer piloto de Mexicana de Aviación. Parecía el fin de la investigación científica y el espíritu de aventura. Surcados océanos y explorado islas y continentes, desiertos y bosques, la mirada se dirige hacia las 14 montañas más altas del mundo, las únicas cumbres con más de 8,000 m sobre el nivel del mar. Alrededor de éstas se formaron los pueblos místicos de la Tierra. Las teorías de los geólogos indican que hace 325 millones de años, lo que es hoy la cordillera del Himalaya empezó a formarse en las profundidades del mar de Tetis. ¿No es asombroso pensar que la cúspide del Everest brotó de los abismos insondables de aquel océano? La abreviada explicación: India era un continente que colisionó con Asia. Aún se aprieta hacia el norte y se comba en el sentido contrario a las manecillas del reloj y hace crecer las majestuosas montañas una pulgada por año, que probablemente se desbarata por tanta ascensión comercial barata y alejada del sentido de los precursores y del espíritu de los alpinistas. El alpinismo se origina en los Alpes, no en el Himalaya. Nace —aunque no propiamente con la destreza y voluntad inquebrantable de genios de la escalada, Gaston Rébuffat, Louis Lachenal, …—, aquel día que el poeta Petrarca decide alcanzar la cumbre del Monte Ventoux, 1,909 m, en la región Provenza al sureste de Francia, por el placer de disfrutar la bóveda celeste, la caricia del viento, el murmullo de los arroyos, la soledad, la agradable sensación de la fatiga. Se divulga que Petrarca, al cumbrear y extasiar su vista, abrió al azar las Confesiones de San Agustín y leyó: “Viajan los hombres por admirar las alturas de los montes, y las ingentes olas del mar, y las anchurosas corrientes de los ríos, y la inmensidad del océano, y el giro de los astros, y se olvidan de sí mismos”. Nos decía Mariano Albor: los libros, llaman. En el descenso, el poeta se transforma y ya no es él el mismo. El montañismo es de otra naturaleza al deporte en general. Igual y diferente. En ambas existe el atractivo irresistible de alcanzar lo que otros no han logrado. En el escalador, el riesgo de muerte lo acompaña. Decenas de personas de un puñado de países, impregnados de curiosidad, son atraídos imantados por las catedrales nevadas del Himalaya por la voz que traspasa más de un siglo. A la pregunta: ¡Por qué escalar el Everest? La respuesta del inglés George Leigh Mallory —esparcida universalmente y que sólo toca a un núcleo pequeño en número de corazón gigante— es esculpida en la eternidad del tiempo: “¡Porque está ahí!”. (2)>
