Defendamos la UNAM

A la comunidad universitaria: Hagamos del campus universitario ejemplo de la convivencia que deseamos para nuestro país

La máxima casa de estudios convoca a crear, difundir, vivir y disfrutar la cultura, en el más elevado de los significados de esa palabra. Alumnos, profesores e investigadores responden a esa convocatoria para formar a los miembros de una sociedad culta e informada y que, como tal, hagan realidad los valores de la convivencia democrática. La violencia no tiene cabida en los valores que conforman a dicha expresión humana.

La democracia, en donde se ejercen libremente los derechos, rechaza la ilegalidad y la violencia. Y no debemos olvidar que los mercados ilegales se conquistan y defienden a través de medios ilegales, tal como lo estamos padeciendo.

En principio, respondamos a tales mercados rechazando participar de los mismos, ya que es innecesario un vendedor en donde no hay comprador. El respeto a los demás comienza por el respeto que nos debemos a nosotros mismos como universitarios. Respétense a ustedes mismos en su integralidad, no sólo en la salud mental del debate incluyente de las ideas, sino de la propia salud de su organismo, es decir, rechazando las sustancias psicotrópicas, y lo que ello está implicando.

Las ciudades más violentas del mundo como Cali, en Colombia, o Palermo, en Italia, les fueron arrebatadas a los cárteles de la droga y a la mafia siciliana por la sociedad rechazando en su seno a quienes vivían de la ilegalidad de los mercados; dejaron de convocar a sus convivencias sociales a quienes servían a los miembros de los cárteles y a los mafiosos. Los mecanismos de control social son más eficaces que el propio Estado.

Jóvenes universitarios, no toleren ni permitan en sus convivencias sociales a quienes participen y permitan los mercados ilegales en los campus de nuestra alma máter. Ellos viven de sus recursos, no sólo monetarios, sino de la salud y vidas de sus amistades.

Señor rector, Enrique Graue, desde hace mucho tiempo el juez Giovanni Falcone, quien combatió a una de las organizaciones criminales más violentas del mundo, como la camorra, mediante el maxi proceso, en el que se juzgó a varias decenas de personas en un mismo juicio, vino a México y enseñaba, a partir de su experiencia, que el crimen organizado anida en las comunidades que el Estado le permite, ya sea por complicidad u omisión en las funciones que le corresponde.

En otras palabras, estos narcomenudistas no comenzaron a vender el día nefasto de la balacera. Estos individuos y otros más han abusado de la apertura de nuestra universidad con la omisión de quienes debían denunciarlos (entre ellos, el personal de vigilancia a su cargo), y las autoridades locales y federales que debían enfrentarlos, si bien no en el mismo campus para evitar daños a la comunidad universitaria, sí debían hacerlo antes de que ingresaran.

Ahora se difunden diferentes versiones sobre la libertad y “autoridad” con que realizaban y, tal vez, continúan realizando sus actividades ilegales estos y otros criminales que atentan contra el alma máter de la que usted está a cargo.

Sin exponer a quienes acuden día a día a enaltecer y dignificar a nuestra máxima casa de estudios, se debe mandar un mensaje que nos distinga como universitarios que somos. Más aun en la coyuntura de la violencia en las universidades del país vecino, en donde se plantea armar a los profesores, una propuesta por demás retrógrada e impropia de la evolución del conocimiento humano, puesto que la historia ha dado cuenta de innumerables casos en que la violencia que se combate con violencia genera sólo más violencia.

Si no es para efecto de investigación científica, un arma de fuego no tiene cabida en el campus universitario, más aún si está destinada a agredir y proteger un mercado ilegal que atenta contra la salud de los miembros de nuestra comunidad universitaria.

La libertad que tenemos en los espacios universitarios no puede ni debe confundirse con el libertinaje, ya que tiene los límites claramente establecidos, tanto en la libertad de los demás integrantes de la comunidad como de las normas de convivencia de la que formamos parte, no sólo de la Constitución, sino de todos los ordenamientos legales, que abarcan desde el derecho a la educación hasta el respeto a todas las demás personas.

Uno de los días más importantes y felices de mi vida fue cuando fui aceptado en la UNAM y sentí no sólo orgullo de pertenecer a ella, sino, además, de proponer y lograr que en el muro de honor de la Cámara de Diputados se inscribiera en sesión solemne el nombre de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México.

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