Sufrimiento evitable

La solidaridad y participación voluntaria de la sociedad enorgullece y muestra signos de un futuro promisorio para nuestro país, a pesar de la corrupción, delincuencia e ineficacia que aún domina en muchas partes de la sociedad

A las víctimas y damnificados

                de los temblores y huracanes.

Pertenezco a una generación que tiene un patrimonio histórico, en el que se encuentra la experiencia de la movilización social con motivo del terremoto de 1985, que nos enseñó que nuestra sociedad era capaz de dejar atrás la indolencia y pasividad ante la emergencia, superar la inmovilidad del gobierno de aquel entonces y formar no sólo nuevas instituciones públicas de protección civil en todo el país, sino una nueva cultura social.

Sin embargo, la movilización que despertó a los capitalinos hace 32 años volvió con más fuerza, ímpetu, coordinación y entrega, encontrando algunas instituciones y servidores públicos más conscientes de la problemática a la que nos enfrentábamos.

Las imágenes de miles de mexicanos y extranjeros rescatistas exponiendo su vida recorrieron el mundo a través de las redes sociales, demostrando que, además de que persiste la corrupción, delincuencia e ineficacia, también existen miles de personas, de todos los estratos sociales, sobre todo jóvenes, incluso con discapacidad, que dejaron la comodidad de sus hogares y hasta a sus propios seres queridos para ayudar a rescatar a otros seres con vida y atender a miles de personas damnificadas.

Sin embargo, no debemos olvidar que muchas de las tragedias con motivo del pasado terremoto pudieron haberse evitado o disminuido los daños si sociedad y gobierno combatiéramos conjuntamente la corrupción en todos los niveles y sectores: ya sea de los constructores que están ávidos de obtener mayores ganancias al menor costo y esfuerzo posible, como también respecto de servidores públicos municipales, delegacionales, estatales e incluso federales que permitieron, permiten y seguirán permitiendo la construcción de viviendas, oficinas, infraestructura urbana o de vías de comunicación que incumplen las condiciones de seguridad mínima para la sociedad en general.

Entre las acciones que debemos realizar se encuentran las investigaciones que determinen si los edificios que se colapsaron o que quedaron inhabitables cumplían con las reglas de construcción que fueron modificadas a partir del terremoto del 85; además, si las constructoras están cumpliendo con la calidad de los materiales que emplean en sus obras.

Por otro lado, si se cumplieron los protocolos de seguridad durante el temblor en escuelas, edificios públicos e instalaciones privadas con acceso público, ya que debemos estar conscientes que vivimos en una zona sísmica y aprender a vivir con ello.

También debe quedar constancia de la responsabilidad de hacer regresar a la sociedad a habitar y trabajar en instalaciones que cumplan verdaderamente con las condiciones que garanticen seguridad, ya que es una verdadera irresponsabilidad que raya en los límites de delitos que se obligue o se permita regresar a trabajar o vivir a las personas en inmuebles que no cumplan con esas condiciones.

Finalmente, que los programas de apoyo a los damnificados y reconstrucción se realicen en forma eficiente, transparente y alejada de clientelismos; para ello se requiere que la participación y organización ciudadana no decaiga en el ánimo y compromiso, pues será la mejor forma de reparar y reconstruir nuestra ciudad y poblaciones afectadas.

Cabe destacar que los problemas que padece nuestro país a raíz de los fenómenos naturales recientes no se circunscriben a la Ciudad de México, sino que también debemos apoyar y supervisar lo que sucedió y sucede en Morelos, Oaxaca, Guerrero, y en todos los estados que se vieron afectados por los huracanes.

Los retos que enfrenta México pueden ser realizados con mayor éxito en la medida en que la sociedad se involucre con sensibilidad, mesura, tolerancia y respeto en las acciones por venir.

La clase político-partidista fue rebasada una vez más, ya que no atina a dejar a un lado sus diferencias y búsqueda de efectos electorales, pero, sobre todo, a ponerse de acuerdo para realizar acciones conjuntas, coordinadas, voluntarias y sin esperar nada a cambio más que la satisfacción del deber cumplido; tal como lo han hecho miles de brigadistas.

Honremos la labor de los miles de heroicos rescatistas dejando las acciones mezquinas y electoreras que en nada abonan al trabajo que nos espera para seguir construyendo este maravilloso país de gente buena.

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