Lords, ladies… ahora jugadores y fanáticos agresores
No hemos adquirido conciencia o, mejor dicho, no queremos adquirirla con respecto a las actitudes de la sociedad que estamos creando y tolerando, desde las intocables niñas bien, pasando por las vulgaridades de cualquier nivel y hasta las agresiones impunes en los deportes.
Se incrementan en forma exponencial los casos en que la prepotencia, la agresividad e irresponsabilidad se repiten en forma cotidiana, tal vez nos percatamos ahora en forma más recurrente debido a los medios de comunicación y, sobre todo, las llamadas redes sociales, que han incrementado los mecanismos para monitorear y publicitar estos acontecimientos.
Las imágenes transmitidas a través de los medios masivos de comunicación tienen una influencia mayor en las actitudes y conductas de los espectadores que las mejores cátedras o discursos documentados o producto de profundas y serias reflexiones. Los anuncios comerciales y las grandes inversiones en los mismos dan cuenta de ello todos los días. Las cámaras de video de los celulares y las diferentes aplicaciones tecnológicas han permitido multiplicar el número de personas que pueden estar grabando y transmitiendo imágenes de cualquiera en todo momento; a grado tal que difícilmente hay acontecimientos que hoy pasen desapercibidos.
Esta situación ha permitido evidenciar a quienes, mediante sus actitudes, agreden a las personas, ya sea en forma física o sicológica, a pesar del supuesto avance en el conocimiento sobre los derechos de las personas por el sólo hecho de ser humanos, es decir, los llamados derechos humanos. En la actualidad, a pesar de que abundan los mensajes y existe una postura, llamémosle “públicamente correcta”, con respecto al respeto a la dignidad humana, a la diversidad de opiniones, de características físicas, entre muchas otras, nuestra cotidianidad evidencia la conducta y actitud de muchas personas que tienen prejuicios, discriminan, afloran las verdaderas personalidades agresivas, intolerantes, irrespetuosas e irresponsables.
Hace falta que la conducta “políticamente correcta” sea la normalidad en forma consciente y convencida de ello, puesto que la persistencia de la irracionalidad, de los prejuicios, la irresponsabilidad de la agresividad e intolerancia hacia las divergencias, continúa haciendo daño a la convivencia respetuosa y armónica a la que aspiramos.
Por ejemplo, en estos días en que se cuestionaba la actitud agresiva de los jugadores de futbol en contra de los árbitros, entre los propios jugadores, de las riñas de los aficionados de uno u otro equipo deportivo, incluso de los propios árbitros en contra de la afición.
En los primeros casos se marginaban de la discusión los efectos que genera en los espectadores el hecho de que jugadores profesionales (es decir, cuya profesión es el deporte, viven de ello, y debieran asumir los valores y la mística del mismo) agredieran físicamente a los árbitros.
Ante todos los espectadores que pudieron observar el partido, ya sea en el estadio o a través de los medios de comunicación, un jugador realiza una conducta agresiva físicamente en contra de la autoridad, que en este caso es el árbitro; en otro caso, la agresión grave y evidente de un jugador a otro. Se trata de jugadores que están obligados a conocer y respetar las reglas del juego (que es su profesión), entre las cuales se encuentran no sólo las del juego limpio, sino las de respeto al resto de los jugadores, a la audiencia y, en particular, a la autoridad del árbitro, sin embargo, se olvida de todo ello y, sin ningún recato, embiste al árbitro y dirige su cabeza a la del árbitro en actitud francamente agresiva.
Sin embargo, hay quienes debatían sobre la legitimidad del reclamo o se cuestionaba que dicho reclamo no hubiere realmente agredido a la autoridad arbitral, es decir, no se reparaba en lo que estaba representando y el mensaje que se estaba enviando a todos los espectadores y quienes después la observarían a través de la reproducción de las acciones.
En el segundo caso se marginaba la corresponsabilidad no sólo del club deportivo para prevenir, con la infraestructura necesaria, ya sea a través de la presencia de elementos de seguridad debidamente capacitados para enfrentar una eventualidad así, sino la corresponsabilidad de la sociedad de la que forman parte los individuos agresores y que son quienes también han generado esas conductas.
¿Dónde está la corresponsabilidad de la sociedad de lo que estamos padeciendo? ¿Y qué estamos haciendo, efectivamente, para corregirlo?
