No ven ni oyen a los votantes

La sociedad está inconforme y vota contra todo, porque todo está mal y, sin embargo, el resultado puede ser peor a lo que padecía.

Estamos asistiendo a una de las enfermedades largamente diagnosticadas en las sociedades que aspiran a la democracia, toda vez que se confunde la vía con el destino mismo, a partir de la ausencia de demócratas.

La democracia no se limita a que el pueblo elija libremente a sus gobernantes, aunque con avances y retrocesos, ese camino se ha transitado desde hace cientos de años y, en muchas ocasiones, la humanidad ha pagado con creces esa democracia sólo procedimental, puesto que la democracia integral en realidad requiere que, además, se defienda la libertad y los derechos humanos que la civilización ha alcanzado con el derramamiento de sangre y vidas humanas.

No puede ni debe estar sujeto a la decisión de la mayoría el ámbito sustancial de la democracia, toda vez que los derechos humanos pertenecen no sólo a la mayoría, sino a todos en la medida en que son precisamente seres humanos. Es por ello que las propuestas de gobierno que afectan a seres humanos a partir de la concepción de origen étnico o de razas o incluso partidista son o debieran ser inaceptables en la actualidad, con independencia de que se haya obtenido o se pretenda un triunfo electoral.

Es impostergable que asumamos los valores de la democracia día a día. Que en forma cotidiana formemos demócratas que vivan y exijan la convivencia conforme a dichos valores.

Reitero que en los capítulos más oscuros de la historia de la humanidad se ha elegido por el pueblo a individuos que exponen un discurso mesiánico de odio, de venganza, de polarización irreconciliable que intenta destruir un sistema por otro igual que, generalmente, sostiene a un individuo, en torno del cual se teje una red de complicidades pero que, al fin y al cabo, depende de un sólo individuo en la cúspide o de quien da la cara frente a los demás.

Los resultados de esas mismas elecciones nos han demostrado que los vicios del poder terminan corrompiendo al individuo mesiánico, tal como lo hemos visto en muchas experiencias nacionales e internacionales.

La democracia adolece de una falta de credibilidad entre las sociedades, pero es debido a que quienes han empeñado su palabra en su defensa han terminado, en los hechos, por traicionarla.

La democracia no sólo debiera ser utilizada como una vestimenta para usarse en las campañas políticas o en los eventos públicos, sino en la vida cotidiana como en las acciones de gobierno, tanto por los gobernantes como por la sociedad en general.

El uso ornamental de la democracia ha terminado por desgastarla, a grado tal que la sociedad ha  votado por quienes se expresan y actúan aun en contra de la democracia, sin hacer consciencia de que, mediante dicho voto y actitud, no sólo están en contra de los derechos y libertades de los demás (cualquiera que sea el discurso: ya sea en contra de los mexicanos, de los inmigrantes, entre otros), sino incluso de sus propios derechos.

Asimismo, también la clase política, en general, es corresponsable de que haya un ambiente favorable para el voto en contra de todo, bajo el argumento de que todo está mal y que toda la clase política debiera ser reemplazada, sin importar que la reemplace un jugador de futbol, un empresario o un agitador profesional, y que todos tengan como común denominador que digan defender al pueblo que está harto de mentiras, aunque ellos sean una mentira más.

La clase política, al igual que la sociedad, estamos pagando que la primera no ve ni escucha a los segundos y estos tampoco hacen lo mismo con respecto de los primeros. La política es un asunto tan serio que, ya se ha dicho, no debiera sólo dejarse en manos de políticos, puesto que es un asunto que nos incumbe a todos. En la medida en que la mayoría nos alejamos de lo público, no sólo las minorías deciden la suerte de todos, sino que lo deciden sólo en beneficio de sus intereses y no en beneficio del interés común.

La dignidad de la persona, el interés común, la libertad, la igualdad, la seguridad, entre muchos otros derechos, no pueden ni deben ser sometidos a la decisión de la mayoría ni mucho menos al capricho de ningún falso redentor de la esperanza. Evitar eso es responsabilidad de todos, pero también de cada uno en lo individual, en la medida en que cada uno haga una aportación proporcional a la responsabilidad por nuestro presente y el futuro de las siguientes generaciones.

Twitter: @asalinastorre

Temas:

    X