México es más que una elección
Más allá de lo que ocurra el 4 de junio, los perdedores deberán reconocer al ganador y ayudarle a gobernar.
En dos semanas, los mexiquenses acudirán a las urnas para elegir gobernador. Si el PRI pierde, no sólo estaríamos hablando de un resultado histórico per se, sino, además, del anuncio de la inminente derrota de dicho partido en la elección presidencial de 2018; sin el control del Estado de México, será muy difícil para los priistas ganar la Presidencia. Así, Enrique Peña Nieto y los suyos no pueden darse el lujo de perder el 4 de junio, particularmente a manos de Morena; una victoria de Delfina Gómez sería especial e incalculablemente costosa para el PRI.
Para López Obrador y su grupo, el cual incluye ahora, al menos de manera temporal, una parte del magisterio volcada en contra de Peña Nieto, la elección mexiquense es igualmente crucial: si ganan, lo cual es muy probable, sus posibilidades de llegar a la Presidencia de la República se incrementarían sustancialmente, al menos en apariencia (¿de verdad los priistas no le harán la vida imposible a Delfina Gómez, si es que ganase el 4 de junio, para así luego decir que Morena no sabe gobernar? ¿Podría esa eventual estrategia del PRI resultar en que Morena no ganase la Presidencia?).
El PAN tiene pocas posibilidades de ganar. La derrota será muy dolorosa para el presidente del partido, Ricardo Anaya, quien podría haber utilizado una eventual victoria para intentar amarrar la candidatura blanquiazul a la Presidencia de la República. Algo similar ocurre con Josefina Vázquez Mota quien, otra vez, perderá una elección de gran importancia. Sin embargo, eso es lo de menos para el panismo: cuando se confirme su derrota el 4 de junio, su posición en las elecciones del año que viene se verá mermada. De hecho, a menos de que ocurra algo extraordinario, el PAN está condenado al tercer lugar en el Estado de México (tal vez incluso el cuarto lugar) y eso augurará su derrota en 2018 (la única opción real del PAN, en 2018, sería que el PRI se sepa derrotado y abandone de facto a su propio candidato con el fin de apoyar al del panismo, para evitar una potencial victoria de López Obrador).
El PRD tampoco tiene posibilidades de ganar el Estado de México: Morena (López Obrador) ocupa ahora, casi en soledad, el grueso de eso a lo que se le llama la “izquierda”. Cierto es que el candidato perredista, Juan Zepeda, lo ha hecho bien, pero no le va a alcanzar y el PRD se consolidará como en uno más entre la “chiquillada”; en 2018, tendrá que buscar una alianza para intentar evitar su total debacle.
Todos, pues, necesitan urgentemente ganar el Estado de México. Pero las cosas no deben salirse de control: el día 5 de junio, los mexiquenses van a seguir ahí y los problemas que enfrentan también. De la misma forma, México y todos sus retos ahí van a estar.
Es urgente que los partidos se comprometan en un pacto de civilidad: más allá de lo que ocurra el 4 de junio, nadie debe recurrir a la violencia. Asimismo, todo desacuerdo deberá ser resuelto por las instancias correspondientes. Igualmente, los perdedores deberán reconocer al ganador y dejarlo gobernar. Es más, deberán ayudarle a gobernar.
Entiendo que esto suena hasta ingenuo. Pero el país es más que los partidos, más que el Estado de México, más que una elección: si no hay cordura, si no hay mesura, si caemos en el descontrol, si permitimos que el potencial conflicto que pudiese desatar el resultado de la elección mexiquense se desborde, 2018 dará inicio a una etapa mucho más grave de deterioro para el país (lo cual ya es mucho decir): andémonos, pues, con cuidado. ¿Es mucho pedir?
