Yo jodo, tú jodes, él jode…
Dice el presidente Peña Nieto que no se despierta pensando en “cómo joder a México”, es decir, en cómo perjudicar al país. Sin embargo, permitió que su esposa comprase una residencia por medio de una transacción que, aunque lo nieguen los involucrados, luce como ...
Dice el presidente Peña Nieto que no se despierta pensando en “cómo joder a México”, es decir, en cómo perjudicar al país. Sin embargo, permitió que su esposa comprase una residencia por medio de una transacción que, aunque lo nieguen los involucrados, luce como un clarísimo caso de pago de favores pasados, presentes y futuros de parte de un contratista al Presidente de la República.
La transacción en cuestión provocó tal daño a la investidura presidencial en particular, a la administración federal en general y al propio presidente en lo personal que, desde lo de la Casa Blanca de Las Lomas, el presidente Peña y su gobierno no han dejado de perder legitimidad y capacidad de maniobra. Todo esto no es sino “joder a México”: lo que el país menos necesita es un presidente deslegitimado. México tampoco necesita que contratistas y gobernantes se relacionen como lo hacen: entre un penetrante tufo a corrupción.
Por si eso no hubiera sido suficiente, y aunque Peña Nieto sostenga que él siempre desea hacer “las cosas bien” por nuestro país, no actuó a tiempo con relación al ahora prófugo exgobernador de Veracruz, Javier Duarte. Así, gracias a las omisiones de Peña Nieto y sus allegados, el estado de Veracruz fue saqueado y conducido a una espiral de violencia. ¿Será verdad que Peña sostuvo a Duarte hasta la ignominia porque éste, con recursos públicos destinados a Veracruz, apoyó la campaña del entonces candidato Peña Nieto? Me temo que nunca lo sabremos a ciencia cierta. Pero lo que sí es claro es que el presidente Peña dejó a Duarte hacer y deshacer, lo cual, por supuesto, “jode a México”.
La visita de Donald Trump a Los Pinos también lastima a México. El poner a la Conade en manos de un amigo del Presidente, y no en las de un conocedor del deporte nacional e internacional, es también otra forma de “joder a México”. El que la Secretaría de Relaciones Exteriores, encabezada por un familiar de Carlos Salinas de Gortari sin ninguna experiencia relevante para el crucial cargo que ocupa, provoque un escándalo internacional en la Unesco constituye, igualmente, otra manera de vapulear a México. Etcétera.
No, Enrique Peña Nieto no desea “joder a México”… ¡pero cómo le hace y le ha hecho daño al país! No obstante, no seamos hipócritas: ¿cuántos de nosotros nos despertamos pensando en cómo “joder a México”? Me imagino que no muchos. Es más, me inclino a pensar que sólo muy pocos mexicanos, al menos en términos proporcionales, no desean un mejor país, uno menos violento, menos inequitativo, más seguro, más limpio, más cívico, más justo.
No obstante, ¿de verdad no “jodemos” al país un día sí y otro también? ¿No le hacemos daño a México al, entre otras cosas, negarnos a pagar las cuotas de nuestro condominio, tirar basura en la calle, no respetar el reglamento de tránsito, ver para abajo a los policías, manosear a mujeres en el metro y voltear hacia otro lado cuando un niño nos pide limosna? ¿No perjudicamos a nuestro país cuando discriminamos a los indígenas, a los homosexuales, a las mujeres, a los ancianos y a quienes son catalogados como “nacos”?
El presidente Peña Nieto —no sólo él; la clase política en general también— ha perjudicado al país, sí. Pero la responsabilidad de nuestro presente y nuestro futuro no empieza ni termina con los políticos. Es más, el problema central no es el innegable hecho de que la clase política “jode a México”; el problema de fondo es que yo jodo, tú jodes, él jode, ella jode, usted jode, nosotros jodemos y ellos joden.
Pobre, y jodido, México. ¿Hasta cuándo?
