Peña Nieto: ¿revolucionario?

Es ridículo que la Función Pública que depende del Ejecutivo sea la que investiga a éste con relación a temas de corrupción.

Hace un par de días, en el marco del 87 aniversario del Partido Revolucionario Institucional, Manlio Fabio Beltrones, presidente de este partido, señaló que, dadas las reformas estructurales aprobadas durante la actual administración federal, el retorno del PRI a la Presidencia de la República, con Enrique Peña Nieto al frente, ha significado una “revolución”. Aludiendo a la Revolución Mexicana, Beltrones añadió: el PRI “sigue haciendo la revolución en México”.

Es verdad que las reformas estructurales destacadas por el presidente del PRI son importantes. Es cierto también que, si bien no son perfectas, sí están encaminadas en la ruta que el país requiere. Pero de ahí a hablar de una “revolución”, hay una enorme diferencia pues, en esencia, los cimientos del país no han sido modificados, ni lo serán, gracias a dichas reformas. Por ejemplo, a pesar de que no es evidente que el sistema presidencial y el federalismo constituyan un arreglo institucional acorde a los retos que México encara, estos pilares de nuestro régimen político siguen en pie.

Asimismo, no es obvio que las reformas van a producir, necesariamente, un aumento importante en la calidad de vida de un gran número de mexicanos, lo cual, sin duda, sí sería revolucionario. Para que las reformas funcionen se requiere, primero, que sean aplicadas a cabalidad, lo cual conlleva, nada más y nada menos, que las autoridades se alejen de la corrupción y se acerquen a la legalidad. Segundo, se necesita tiempo. ¿Qué tal si, a pesar de que, en principio, las reformas parecen adecuadas y son bien ejecutadas, los resultados que generan no son los esperados? Por ejemplo, podría ocurrir que la Reforma Energética no desarrolle su potencial simplemente porque el precio del petróleo, una de las variables clave al respecto y cuyo control no está en manos del gobierno, no sea el óptimo para que la reforma rinda a plenitud.

Aunado a lo anterior, sostener que los cambios estructurales más recientes encarnan una “revolución” implica no entender cuáles son los problemas fundamentales del país. México necesitaba un nuevo marco para el terreno energético, sí, y para las telecomunicaciones, sí, etcétera. Pero a lo que el país de verdad le urge, y de lo que, de hecho, depende todo lo demás, es un Estado fuerte, es decir, gobierno y ciudadanía de verdad.

Si tuviéramos un gobierno de verdad, en serio comprometido con la legalidad, con la pulcritud en el ejercicio de gobierno, la Secretaría de la Función Pública no existiría, por ejemplo; es ridículo que una instancia que depende del Ejecutivo federal sea la que investiga a éste con relación a temas de corrupción. En vez de dicha secretaría, tendríamos un cuerpo ciudadano —algo así como lo que fue el IFE cuando fue encabezado por José Woldenberg— encargado de investigar a las autoridades cuando así sea necesario. ¿Por qué Peña Nieto y el PRI no proponen algo así? ¿Porque no es lo suficientemente “revolucionario”?

De tener una ciudadanía de verdad, seríamos un país mucho más respetuoso de la legalidad y mucho más involucrado con la vida pública, lo cual es apremiante y sería, si no revolucionario, sí muy importante para nuestro desarrollo. Esto depende de los ciudadanos, claro, pero las autoridades pueden coadyuvar a que ocurra. Por ejemplo, respetando la ley y haciéndola valer, así como brindando más oportunidades y medios para que la ciudadanía se involucre en las decisiones que nos afectan a todos. ¿La “revolución” de Peña Nieto y el PRI incluye todo esto?

Las reformas son importantes. Pero vámonos ubicando: ¿revolución?

                Twitter: @aromanzozaya

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