Detrás del ‘me la pelas’
Desde hace unos meses, Arne aus den Ruthen, city manager de la delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, recorre las calles de esta demarcación con el fin de asegurarse de que los vecinos no dejen basura en la calle, no se estacionen en donde está prohibido, ...
Desde hace unos meses, Arne aus den Ruthen, city manager de la delegación Miguel Hidalgo, Ciudad de México, recorre las calles de esta demarcación con el fin de asegurarse de que los vecinos no dejen basura en la calle, no se estacionen en donde está prohibido, etcétera. Gracias a que siempre lleva una cámara con él, todos hemos podido ver lo que suele ocurrir cuando confronta a quienes cometen todo tipo de faltas a la ley.
En una de sus más recientes interacciones con la ciudadanía, don Arne fue agredido por un grupo de escoltas al servicio de un empresario con el que, unos días antes, Aus den Ruten tuvo un problema, precisamente por pedirle a los escoltas en cuestión que no dejaran coches estacionados en las banquetas.
Lo que le suele pasar a Arne aus den Ruthen es lo mismo que le ocurre a los autodenominados “súper cívicos”, un grupo de ciudadanos que se dedica a hacer algo similar a lo que hace Aus den Ruthen, pero, sin desempeñar algún cargo público. Es muy común que, cuando un “súper cívico” le pide a un “ciudadano” que, por ejemplo, no tire basura en la calle, el “ciudadano” tira la basura y, además, intenta golpear al “súper cívico”.
¿Por qué hay un segmento de la población mexicana que, en primer lugar, no respeta absolutamente nada y, en segundo lugar, cuando se le pide respeto, responde con amenazas de muerte, insultos y golpes? Creo que nuestra tan característica falta de civismo se explica por nuestro tan arraigado racismo y nuestro indiscutible clasismo.
En esencia, respetar la ley es respetar al prójimo. Por ejemplo, no hay que estacionarse en las banquetas no porque la ley lo prohíba sino para permitir que los usuarios de las mismas puedan utilizarlas. Subir un coche a la banqueta es, pues, sinónimo de no mostrar el menor respeto por los peatones, y no tanto por la ley en sí.
Ahora bien, respetar a los demás (y, por ende, respetar la ley) equivale a concebir a quienes nos rodean como nuestros iguales. Cuando el prójimo nos vale madre, cuando le faltamos al respeto al romper la legalidad, cuando, además, le decimos que nos la pela si es que se atreve a pedirnos que respetemos la ley y lo respetemos a él, lo que estamos haciendo es dejar claro que consideramos que esa otra persona no es igual a nosotros.
¿Por qué no nos concebimos como iguales? Es aquí donde entran el clasismo y el racismo: hay mexicanos que piensan que todo otro mexicano es un pinche gato y/o un pinche indio que, por eso mismo, no es su igual, su par, y no merece respeto. Si ese otro mexicano se atreviese a pedir un trato digno, lo único que hay que darle es golpes, insultos y amenazas para que así entienda que es inferior, que no merece consideración alguna.
Asimismo, hay quienes creen que otras personas los conciben, precisamente, como pinches gatos y/o pinches indios. Este tipo de individuos sufre de algún tipo de complejo de inferioridad. No respetan nada porque así muestran que son “importantes,” que sí son “alguien,” que no son, justamente, pinches indios ni pinches gatos. Si alguien les pide respeto, su reacción es violenta pues así reafirman que no son inferiores, es decir, así huyen de su complejo de inferioridad.
Lo que planteo es un conjunto de hipótesis, obvio. Es posible que no tenga razón. Pero eso es lo de menos; lo importante es reflexionar con el fin de entender qué nos ocurre y cómo superarlo. ¿Usted qué piensa, amigo lector?
Twitter: @aromanzozaya
