Linchar para gozar

Los acusaron de secuestradores. Después, sin pruebas de por medio, los golpearon, asesinaron y quemaron. Antes de todo esto, se los arrebataron a la policía, la cual se vio “superada” y terminó por no hacer nada para protegerlos; los dejó a merced de la masa que les ...

Los acusaron de secuestradores. Después, sin pruebas de por medio, los golpearon, asesinaron y quemaron. Antes de todo esto, se los arrebataron a la policía, la cual se vio “superada” y terminó por no hacer nada para protegerlos; los dejó a merced de la masa que les arrancó la vida. Así fue el trágico, inmerecido (¿de verdad hay quien merece morir así, incluso si se demostrase que se trata de un secuestrador?), reprobable y perturbador final de los hermanos José Abraham y Rey David Copado Molina, quienes fueron linchados en Ajalpan, Puebla, hace unos días, cuando cumplían con su trabajo: levantar encuestas.

El caso que aquí discuto constituye uno más de los muchos linchamientos que han ocurrido en México. Como en otras ocasiones, para explicar por qué se dio el linchamiento de los hermanos Copado Molina, se ha recurrido a enfatizar la falta de legalidad, la poca o nula legitimidad de las autoridades, el temor que provocan los criminales, el hartazgo de la gente ante la delincuencia, etcétera. Sin embargo, no he leído o escuchado a nadie que sostenga que lo que les pasó a José Abraham y a Rey David haya sido resultado de que, simple y sencillamente, sus victimarios sabían que podían, y asimismo querían, es decir, deseaban, lincharlos.

En primer lugar, el actuar en masa (por definición, los linchamientos siempre son ejecutados por una multitud) resulta en anonimato y, en segundo lugar, y en todo caso, es claro que México es el reino de la impunidad. Estas circunstancias facilitan que, quienes anhelan recurrir a la violencia simplemente porque la disfrutan, actúen de manera bestial cada vez que haya una oportunidad de hacerlo. Para mí, eso fue justamente lo que pasó en Ajalpan (y es muy probable que eso es lo que pase la mayoría de las veces en que alguien es linchado).

No había pruebas de que los encuestadores linchados eran secuestradores. De hecho, la policía corroboró que, efectivamente, eran encuestadores. Todo esto le fue explicado a la población de Ajalpan. Aun así, ésta, enardecida, pasó por encima de la autoridad y linchó a los hermanos Copado Molina. ¿Por qué? Porque los habitantes de Ajalpan quisieron. Y porque sabían que podían… y que lo gozarían. Por eso, hasta fotos se tomaron con los cadáveres calcinados de José Abraham y Rey David: se ve que están orgullosos, felices, satisfechos, por lo que hicieron.

El punto central de mi argumento es éste: el linchamiento era evitable. No ocurrió porque se trataba de un par de secuestradores, o solamente porque haya impunidad en el país, o por el hartazgo de la gente como resultado de la delincuencia, etcétera: ocurrió porque los ajalpenses eligieron que ocurriera. Incluso considerando la impunidad y el hartazgo, e incluso si se hubiera tratado de un par de criminales, la población de Ajalpan podía haber elegido no linchar a nadie. Pero optó por lo contrario. Y se regocijó plenamente: de principio a fin, justo como quienes, en Estados Unidos, linchaban a afroamericanos ante la menor provocación y hasta hacían del “evento” un día de campo que se disfrutaba en familia. Pero más allá de si tengo razón o no, es obvio que esto no puede pasar de nuevo: ¿de verdad somos un país serio, que “se mueve”, cuando en nuestro territorio se registran situaciones como la de Ajalpan? Hay que actuar al respecto y hacerlo ya. ¿Es aceptable, por ejemplo, que la autoridad, la cual cuenta con armas de fuego, capacitación y entrenamiento, sea “superada” por una multitud de asesinos?

Linchar para gozar. ¿A eso hemos llegado? ¿O de ahí jamás nos hemos ido?

Twitter: @aromanzozaya

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