Dolorosa verdad histórica

Mucho se ha dicho sobre “la verdad histórica” con relación al caso Ayotzinapa, la cual fue enunciada en su momento por el entonces procurador Murillo Karam. Hay, por ejemplo, quienes la defienden y, por supuesto, hay también quienes la dan por muerta. Pero lo más ...

Mucho se ha dicho sobre “la verdad histórica” con relación al caso Ayotzinapa, la cual fue enunciada en su momento por el entonces procurador Murillo Karam. Hay, por ejemplo, quienes la defienden y, por supuesto, hay también quienes la dan por muerta.

Pero lo más doloroso de todo este asunto —me refiero desde el punto de vista social pues, obviamente, para los padres de los normalistas desaparecidos no puede haber nada más lastimoso que no saber dónde están sus hijos— no es si el gobierno mintió, manipuló o hasta inventó al investigar lo que ocurrió en Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014, sino que el episodio en cuestión revela, o más bien confirma, lo que es, sin duda, la innegable y lacerante verdad histórica de México: nuestro país es una pésima broma; un país, como se dice coloquialmente, “de chocolate” o de escenografía, como ya lo he destacado con anterioridad en este mismo espacio.

Y es que, por ejemplo, tenemos autoridades (federal, estatales y municipales) que nos cuestan un dineral, que se supone están ahí para servirnos y para protegernos. Pero muchas veces no sólo no hacen lo anterior sino que colaboran con los delincuentes, ya sea por acción y/o por omisión, justo como ocurrió en Iguala.

Asimismo, contamos con ministerios públicos y jueces, quienes también nos cuestan millones de pesos. Pero cuando tienen que investigar, construir casos y juzgar, suelen equivocarse o, por razones políticas, ocultan sus hallazgos o distorsionan los hechos. Igualmente, es común que, abiertamente, sirvan a la delincuencia. Por eso es que la PGR no tiene credibilidad y sus conclusiones —sus “verdades históricas”— siempre están en duda. En otras palabras, nuestro aparato de justicia, en todo su espectro, está ahí pero no está ahí; es un mirage. Es por ello que Ayotzinapa no ha sido resuelto y es posible que nunca se resuelva plenamente.

El punto es éste: nuestro país es de escenografía porque en algo que es esencial, es decir, la aplicación de la ley, somos un desastre; no sabemos vivir dentro del marco legal que nosotros mismos nos hemos dado. Por ello es que, por citar un caso, en una columna publicada en estas páginas hace unos días, Leo Zuckermann destacó que, en términos de soberanía nacional, hemos fracasado totalmente: ni siquiera podemos gobernarnos de verdad. Es por ello también que hay voces que exigen que, como en Guatemala, aquí en México una comisión internacional nos ayude a combatir la impunidad.

Todas nuestras leyes, todas nuestras instituciones, son, pues, como decía, una mala broma: no nos sirven pero bien que nos cuestan, bien que tenemos funcionarios de entre los mejores pagados del mundo. Esto merma nuestro presente, nuestro futuro, nuestra economía, nuestra vida política y nuestras relaciones sociales: un país “de chocolate” no puede ofrecer a sus ciudadanos sino eso y nada más.

Con esto no quiero decir que no haya mexicanos honrados, trabajadores. Tampoco dejo de lado que hay funcionarios que sí hacen lo que les toca, policías que se juegan la vida todos los días al cumplir con sus obligaciones, etcétera. Pero todo esto no nos alcanza para salir adelante, para ser un país serio, pues cargamos con décadas de corrupción e impunidad. Asimismo, estamos en manos de una clase política incapaz, incompetente, corta de miras, cínica.

La dolorosa verdad histórica es, entonces, que no somos un país de verdad; Ayotzinapa, y lo que ha ocurrido después, fue producto de esto precisamente. Pero no todo está perdido: estamos ante una oportunidad, también histórica, de cambiar para bien. ¿La aprovecharemos?

                Twitter: @aromanzozaya

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