¿Sin gobierno hay reformas?
Hace un par de días, el presidente Enrique Peña Nieto destacó que las reformas estructurales son “el mejor blindaje” en contra de la volatilidad financiera y la desaceleración económica internacionales. Dijo asimismo que, gracias a las reformas, México potencia ...
Hace un par de días, el presidente Enrique Peña Nieto destacó que las reformas estructurales son “el mejor blindaje” en contra de la volatilidad financiera y la desaceleración económica internacionales. Dijo asimismo que, gracias a las reformas, México potencia sus capacidades y enfrenta escenarios adversos.
Es verdad que, con las reformas, se busca que las cosas funcionen mejor. Es también cierto que un país en el que, por ejemplo, los mercados son más flexibles, está en mejores posibilidades de responder adecuadamente a choques externos y volatilidad. Sin embargo, de ahí a creer que las reformas son un “blindaje” o que, necesariamente, potencian capacidades, hay un gran trecho.
Por ejemplo, ahí está la supuesta Reforma Educativa. Digo supuesta porque, en primer lugar, todavía no está en pie y, en segundo lugar, más que una Reforma Educativa, es una reforma administrativa para el sector educación. Con esto no quiero decir que esta reforma no sea positiva, pero, sus límites son claros: no se trata de cambios que afecten, por ejemplo, lo que nuestros niños y jóvenes aprenden ni cómo lo hacen, cuestión tan importante como, o quizás más, si los profesores son evaluados o no. ¿Qué tan útil será realmente, pues, la Reforma Educativa?
Ahí está también la Reforma Energética, la cual, con relación a la exploración y explotación de nuevos pozos petroleros, ha resultado un fracaso. El gobierno dirá que esto se debe a que los precios del petróleo han caído, no obstante, no podemos descartar que las empresas que, supuestamente, morían por entrar al sector petrolero mexicano, no se fiaran de la credibilidad de la reforma ni de su contenido. ¿Esta reforma nos garantiza, entonces, que estamos potenciando nuestras capacidades?
Aunado a lo anterior, es importante recordar que, a final de cuentas, las reformas no son tales a menos de que se apliquen adecuadamente. Esto implica un gobierno que, además de estar comprometido con los cambios estructurales, sea capaz de hacer valer el marco legal. ¿El gobierno mexicano de verdad hace valer el imperio de la ley? ¿Acaso México no es un país de impunidad, de corrupción, de abusos de todo tipo, en el que el orden legal es tinta sobre papel? ¿De qué nos sirven reformas y reformas para “potenciar” las cualidades y capacidades del país cuando la capacidad primaria, es decir, la de gobernarnos de acuerdo a la ley, está por principio de cuentas totalmente fuera de nuestro alcance?
Es muy bonito decir en discursos que las cosas van muy bien, que el gobierno está haciendo lo correcto, que el país está preparado para lo peor, que la volatilidad internacional no nos hará daño, que las reformas nos posicionan para el futuro, etcétera. Sin embargo, nada de esto es creíble cuando sabemos que la pobreza aumenta, que el peso está en caída libre frente al dólar, que, como resultado de la Casa Blanca y otros asuntos similares, la administración federal es repudiada y condenada por muchísimos mexicanos y que, todos los días, nos enteramos de asesinatos, violaciones, extorsiones y demás. En otras palabras, las reformas no son creíbles cuando no hay gobierno —y por eso mismo la pobreza aumenta, la corrupción es rampante, etcétera— que las respalde.
Las reformas pueden ser, entonces, buenas para el país, sí. Pero tienen que ser las correctas y se deben aplicar adecuadamente. Para que esto sea posible, lo repito, es indispensable un gobierno que gobierne en serio. Mientras no tengamos esto claro, lo mejor es no dar por hecho que “las reformas” nos van a salvar de todas las calamidades posibles y por haber: ya basta de no conectarnos con la realidad.
Twitter: @aromanzozaya
