Los héroes y los enanos

Se llama Mauro Enrique Vera Suárez. Desde hace más de 20 años, trabaja como policía del Distrito Federal. El día 29 de enero pasado, Mauro fue de las primeras personas en acercarse al Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, en el cual se acababa de registrar una ...

Se llama Mauro Enrique Vera Suárez. Desde hace más de 20 años, trabaja como policía del Distrito Federal. El día 29 de enero pasado, Mauro fue de las primeras personas en acercarse al Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, en el cual se acababa de registrar una terrible explosión. Sin ningún tipo de protección especial, convencido de que en ese momento lo único que importaba era brindar ayuda, el policía Vera Suárez se internó entre los escombros del nosocomio; todavía había llamas y mucho humo. Sus esfuerzos rindieron frutos: entre el cascajo y el polvo, encontró a una bebita, la levantó y corrió en busca de atención médica para la pequeña. Después, él y sus compañeros rescataron a otros tres bebés y a dos enfermeras. Mauro Enrique no sufrió lesión alguna; afortunadamente, México continuará gozando de los servicios de este extraordinario servidor público.

Reina Casas Medina es enfermera y trabajaba en el ya mencionado hospital. El día de la citada explosión, al percatarse de que la situación era de gravedad, optó por utilizar lo que pensó serían sus últimos segundos de vida en intentar proteger a los bebés que la rodeaban; estaba en la zona de cuneros. No pensó en escapar, en ponerse a salvo. Por ello, incluso llamó a su hermana, a quien le explicó que seguramente moriría y le pidió que cuidara de sus hijos. Después, el techo del hospital se colapsó. Reina alcanzó a salvar a varios bebés y, si bien terminó hospitalizada, felizmente, su vida no está en riesgo. El país seguirá beneficiándose del trabajo de la enfermera Casas Medina, una gran mexicana.

Mónica Orta Ramírez también laboraba en el hospital en cuestión. Era enfermera, era madre (tenía tres niños) y era muy joven; con 32 años de edad, tenía todavía mucho por delante. El día de la tragedia, una vez recibida la orden de evacuación, se negó a abandonar el nosocomio: no quiso dejar solo a un paciente que padecía de neumonía y que tan sólo tenía mes y medio de vida. Horas después del desastre, Mónica apareció encamada en el Hospital General Balbuena, a donde había llegado en calidad de desconocida. Después, fue trasladada al Instituto Nacional de Rehabilitación. Sin embargo, las quemaduras que sufrió terminaron por arrebatarle la vida: Mónica Orta Ramírez falleció el martes 3 de febrero. Su partida es la de una mujer valiente, comprometida con la sociedad.

El camillero Jorge Luis Tinoco Muñoz era asimismo parte del personal del  Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa. Apenas comenzaba a vivir: tenía 27 años de edad. Cuentan sus amigos y familiares que Jorge Luis era de muy buen corazón. Por ejemplo, el 6 de enero pasado se vistió de Rey Mago para ir a entregar juguetes en el Hospital Pediátrico Moctezuma. La mañana de la explosión, el joven Tinoco, al igual que Mónica Orta y Reina Casas, no quiso abandonar el hospital; prefirió quedarse con los pequeños pacientes. Varios bebés se beneficiaron de la decisión de Jorge Luis; a él, sin embargo, ésta le costó la vida: el viernes pasado, Jorge Luis Tinoco Muñoz murió a consecuencia de las quemaduras que padeció el día 29 de enero. Jorge Luis fue un mexicano valeroso y valioso, sin duda.

Los fallecimientos de Mónica y de José Luis me han dolido mucho. Pero lo que más dolor me produce es saber que, mientras mexicanos como ellos —y como Reina Casas, Mauro Vera y muchos otros— trabajan por el prójimo, por sus familias y por el bien común, nuestra clase política exhibe su poca estatura. Por ejemplo, justo cuando Jorge Luis y Mónica se debatían entre la vida y la muerte, el funcionario público número uno del país le da la mano y un abrazo a uno de sus subordinados. Luego, le sonríe. Después, le ordena que lo “investigue” por presuntos actos que pudiesen haber resultado en un conflicto de interés. Y por si eso no fuera suficiente, procede a

quejarse de que nadie le aplaude.

Unos, muy pero muy bajitos, quieren aplausos; otros, enormes, dan la vida sirviendo a México. Éstos no se merecen a aquéllos. No.

                Twitter:@aromanzozaya

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