La misma semana en que se anunció la sentencia de “cadena perpetua” a Ismael Zambada, el narcotraficante que a lo largo de cinco décadas construyó un imperio en torno al Cártel de Sinaloa, desde Zacatecas surgió una noticia que estremeció al país. Bajo la sospecha de colusión entre servidores públicos y de extorsión a empresarios, se difundieron imágenes de cuerpos colgados y el asesinato de 10 personas. Entre las víctimas estuvo el expresidente municipal de Sombrerete, Ignacio Nacho Castrejón Valdez, dos funcionarios, uno de ellos director del ayuntamiento de Fresnillo, un ganadero, un político y cinco empresarios.
Aunque desde la detención de El Mayo, primero Andrés y luego Claudia fueron ácidos críticos sobre la forma en que fue llevado a El Paso, Texas, el caso relacionado con el famoso narcotraficante ha expuesto una serie de pifias y contradicciones del actual gobierno. Desde la entrega a los estadounidenses de El Jando, piloto que trasladó a Zambada y Guzmán a Estados Unidos, sin percatarse de quién era ni interrogarlo, hasta la reciente declaración, donde Sheinbaum no dudó en declarar que analizará pedir “moche” a Estados Unidos de los 15 mil millones de dólares que se anunció serán decomisados al hoy convicto.
Zacatecas nos recuerda el drama que se vive día con día en Guanajuato, el cobro de piso en el Edomex, la pax narca de Durango, el lavado de dinero en Nuevo León. De Sinaloa a Michoacán, de Baja California a Guerrero, de Jalisco a Colima, el pacífico se encuentra incendiado. ¿Y Quintana Roo? ¿Y Veracruz? ¿Y Tamaulipas? ¿Realmente sólo fue La Barredora en Tabasco? Frente a tantos episodios violentos, vale la pena preguntarnos a diario sobre el verdadero significado de soberanía. Cuando el crimen organizado se ha extendido de forma tan amplia y tan profunda desde hace décadas, queda claro que se deben buscar nuevas rutas para modificar la triste realidad imperante.
La gran narrativa. En México, desde hace muchos años, la política ha convivido con la criminalidad. Desde tiempos del partido único, cuando la Dirección Federal de Seguridad, no sólo hacía labores de combate a la disidencia política, sino que servía para subordinar las actividades criminales al Estado. Fue con el PRI que se organizó el primer cártel, el de Guadalajara. Fue con el PRI que de Félix Gallardo pasamos al Señor de los Cielos.
El PAN también falló. La alternancia no produjo alternativa en este tema. Pasamos de la fuga de El Chapo en Puente Grande a la sociedad de García Luna con el Cártel de Sinaloa en tiempos de Calderón. Morena y sus narcopolíticos son herederos de esta involución. En estos tiempos, la criminalidad ya no es subordinada ni par, ahora pisotea a las autoridades, las impone con votos, las somete con violencia, para luego exprimir a toda la sociedad.
Para #SanarAMéxico es importante construir una meta narrativa en la que se reconozca este origen, crecimiento y consolidación de la criminalidad como problema social que convive –y ha convivido históricamente– no sólo con el gobierno, sino con los liderazgos del país. Hombres, mujeres de carne y hueso que permitieron, por acción o por omisión, que las distorsiones crecieran y se sobrepusieran al gobierno. El discurso público debe tener esto como un entendimiento real, verdadero, sin maniqueísmos. No un planteamiento entre buenos y malos, sino uno que reconozca las debilidades de la naturaleza humana. El país que tenemos no lo inventaron los marcianos, sino los mexicanos de arriba y de abajo; son los mismos que deberán crear lo nuevo.
La organización territorial. Articular a la clase política del pasado es una oportunidad de tener una mentoría de lo que se hizo bien, pero también de lo que se hizo mal. Tener presencia en los distintos ámbitos, en los que quienes tuvieron el poder con anterioridad, hagan política con conocimientos del pasado, pero con un discurso y energía del presente. ¿Se puede recuperar la esperanza, a partir de la actuación de quienes antes se equivocaron o incluso hicieron un mal trabajo? Sí, siempre y cuando haya arrepentimiento verdadero, que se sobreponga al ego.
Soy un convencido de que ha iniciado un nuevo momento para la vida nacional. Uno en el que la misión espiritual de México despierte, para iluminar la vida de quienes aquí habitamos y especialmente, para encender la luz en un mundo al que le urge una nueva ruta.
