La incoherencia es la única manera de seguir siendo coherente con un mundo que ha perdido el sentido.
Albert Camus
Vivimos en un gran teatro. No uno de ésos del siglo de oro, con balcones de madera tallada y un texto impecable, sino un teatro absurdo, de luces estroboscópicas y tramoyas oxidadas, donde los actores cambian de máscara en el mismo acto y el público, en lugar de silbar, vitorea su propia confusión.
Bienvenidos al escenario de lo cotidiano, donde la política, la farándula y el futbol han dejado de ser esferas separadas para convertirse en un solo género: el de la incoherencia absoluta.
En este teatro, la política es el drama principal, aunque nadie recuerda ya el argumento. Los candidatos no ofrecen planes de gobierno; ofrecen trending topics. Los debates públicos han sido reemplazados por monólogos diseñados para fragmentos de 30 segundos, donde la profundidad es enemiga de la retención digital. Los adversarios ya no son rivales ideológicos; son villanos de telenovela a los que hay que destruir con una sentencia o, mejor aún, con un meme.
Los políticos han aprendido a dominar el arte de decir todo lo contrario al sentido común; se expresan con incoherencias absurdas, sentencias insensatas, enunciados insólitos... sin pestañear.
“En política, la coherencia es un lujo que nadie puede permitirse cuando hay una cámara encendida”, dijo Octavio Paz, en El laberinto de la soledad.
La consecuencia de esto es una realidad alucinada: se gobierna para la portada del periódico matutino, y la gestión pública se convierte en un guion que se reescribe cada hora según el rating de las redes sociales.
El político, otrora estadista, es hoy un personaje que debe aprender a llorar en cámara, a indignarse con ritmo y a prometer lo imposible sin que le tiemble el párpado. La coherencia, ese antiguo arte de predicar con el ejemplo, ha muerto asfixiada bajo el peso de las encuestas.
“Yo puedo ser contradictorio. No tengo por qué ser coherente conmigo mismo. Tengo dos discursos: uno para la campaña y otro para gobernar”, indica la declaración real de un presidente latinoamericano en ejercicio (2023). La frase, dicha sin ironía, resume la esencia del nuevo realismo político: la contradicción ya no es un defecto, sino una estrategia declarada.
A pocos metros de este escenario, en el mismo complejo de teatros, se levanta el tablado de la farándula. Pero cuidado: aquí no hay actores secundarios. La farándula es el camerino donde la política va a maquillarse, y el futbol a buscar su vestuario.
Vivimos en la era del famoso por ser famoso, una categoría tan etérea como poderosa. Los llamados influencers y las figuras del espectáculo han adquirido una potestad moral que ninguna institución les otorgó. Sus opiniones sobre economía, salud o derecho pesan tanto como las de un ministro, porque en el teatro de las incoherencias el valor de un discurso no lo da su rigor, sino el número de seguidores que lo aplauden.
“El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por las imágenes”, señaló Guy Debord, en La sociedad del espectáculo.
La farándula nos ha enseñado que la intimidad es el mejor espectáculo. Convertimos el dolor ajeno en streamming, los divorcios en eventos deportivos y las adicciones en crónicas de morbo. En este espacio, la incoherencia no es un error de guion, sino el mecanismo mismo de la función. Se puede predicar la espiritualidad mientras se vende un método de adelgazamiento milagroso, o exigir justicia social desde la exclusividad de una marca de lujo. El público, lejos de expulsar a estos actores, los consagra. Porque en este teatro, el escándalo no es el costo, sino el objetivo.
