¿Proyecto de nación o reforma de Estado?

México es grande y grande puede ser su destino.

Todos nuestros sueños se pueden hacer realidad si tenemos el coraje de perseguirlos.

Walt Disney

Para el diseño y producción de un automóvil, de una computadora, de un lápiz, el escritor de una novela, el emprendedor, el escultor, el maestro, ante un lienzo en blanco, se imagina antes de dar el primer trazo, cómo quedará su obra al final. Cuestionémosle a un arquitecto qué pensaría si alguien le pide elaborar primero los planos estructurales, hidráulicos, sanitarios, eléctricos y la propuesta de diseño de interiores antes de tener listo el proyecto arquitectónico. Respondería, sin duda, que es una locura. Sería de hecho, un tremendo desatino. Tristemente, es lo que se ha estado sucediendo en México desde hace al menos 50 años. En todos los sexenios han existido impulsos a reformas y enmiendas de todo tipo. La fiscal, la judicial, la social, la energética, la penal, etcétera...

Regresando a mi analogía. Hemos estado trabajando en los planos técnicos, pero sin tener un proyecto de nación para saber y comprender hacia dónde nos dirigimos. Aunque pudiera parecer innecesario decirlo, dada la obviedad del tema, no es que este país no necesite reformas. Son muy necesarias para construir al nuevo México.

No obstante, el meollo del asunto, el cimiento de nuestra problemática actual es que el país no sabe a dónde se dirige.

Ortega y Gasset menciona: “Una nación se constituye no solamente por un pasado que pasivamente la determina, sino además por la validez de un proyecto histórico capaz de mover las voluntades dispersas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario”.

Ir tras nuestros sueños es un tema de actitud. La perseverancia que debemos mostrar para lograr algo deseado, nos obliga a estar atentos para identificar las oportunidades que se presenten para hacerlo realidad.

Nadie conduce un carro por una ruta apoyándose exclusivamente en los espejos retrovisores. Y entonces ¿por qué procedemos de esa manera con nosotros y con nuestras organizaciones... y con la nación? El gran arquitecto tiende a fundirse en la interpretación de la luz y los espacios. El hombre de Estado, o pudiera decirse mejor, el estadista, tiende a fundirse con los ideales y objetivos de la patria en el largo plazo.

Tenemos que construir nuestra historia con un nuevo sueño y con emociones que nos hagan vibrar. Tenemos la obligación de crear nuestro futuro, antes que padecerlo.  Tenemos y debemos dejar a un lado las ideologías, los apegos a pensamientos radicales y extremistas. Tenemos que prescindir de los pensamientos “partidos, quebrados” que emanan de las instituciones partidistas.

México es grande y grande puede ser su destino. Debemos tomar conciencia y poner manos a la obra para construir una gran identidad nacional. Y sin duda alguna, podremos aportar mucho en el inmenso y complejo mundo de nuestra “tierra-patria”.

Octavio Paz apunta y expresa magistralmente en El Laberinto de la soledad, que el mayor problema de México es su falta de identidad.  Encontrar acuerdos alrededor de nuestra profunda, diversa, magnífica y compleja identidad mexicana, se rebela como un objetivo primordial, ineluctable.

Tenemos que construir acuerdos que vayan más allá de los propios y personales. Debemos centrarnos en establecer la empatía y la alteridad como cimientos de ese sueño. Entendamos la alteridad como el principio filosófico de “alternar” o cambiar la propia perspectiva por la del “otro”, considerando y teniendo en cuenta el punto de vista, la concepción del mundo, los intereses, la ideología del otro. Y no dando por viable, que la “de uno”, es la única posible. Reyes Heroles proclamó siempre: “Primero el proyecto y luego el hombre”.

El mayor desafío de nuestra apesadumbrada realidad es construir el futuro actuando desde el presente. Asumiendo nuestros derechos, y por supuesto, también nuestras obligaciones. La nación nos llama...

Es vital, fundamental, imprescindible que los mexicanos tomemos el destino de nuestro país en nuestras propias manos. No podemos, no debemos seguir flotando en el mar de nuestra desgraciada autocomplacencia.

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