Nacional surrealismo, cartografía del México onírico (1ra parte)

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo: México es el país más surrealista del mundo

André Breton

 

La famosa declaración de André Breton sobre México como “el país más surrealista del mundo” y el comentario atribuido a Salvador Dalí de que “no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”, no fueron meros elogios pasajeros, sino constataciones fundamentales de este concepto de nacional-surrealismo que he tratado ya en ocasiones anteriores de dilucidar.

Estos juicios, de Breton y de Dalí, se basaron en la experiencia directa de una realidad donde los principios surrealistas no eran una escuela artística importada, sino la expresión natural de una idiosincrasia cultural. Es una fuerza estética que brota del propio suelo nacional, encontrando en las estrategias surrealistas un lenguaje afín para expresar su propia condición desgarrada, híbrida y onírica.

El término nacional surrealismo, que aquí se propone, no busca erigirse como una categoría dogmática o un movimiento histórico delimitado con precisión cronológica. Más bien, aspira a ser una herramienta hermenéutica, un concepto-lente para cartografiar una corriente profunda y distintiva en el arte y la cultura mexicana.

Este ensayo explora la validez de esta noción, entendiéndola como la articulación única y orgánica entre los postulados desarraigadores del surrealismo europeo y el sustrato mítico, simbólico y violentamente real de lo mexicano.

México no necesitaba que André Breton, en su visita de 1938, declarara a México “el país surrealista por excelencia” para serlo. La afirmación, aunque célebre, era un reconocimiento externo a una realidad interna ya fermentada. El nacional-surrealismo hunde sus raíces en un sustrato cultural que es, en sí mismo, una experiencia surreal inconsciente.

La violenta y creativa fusión entre el mundo indígena (con sus cosmogonías cíclicas, su bestiario sagrado y su concepción del tiempo onírico) y la imaginería católica barroca (exuberante, dramática, poblada de santos y martirios) genera un universo simbólico donde lo natural y lo sobrenatural coexisten sin fricción.

La Virgen de Guadalupe es el ejemplo supremo de nuestro sincretismo: aparición maravillosa, signo político, icono religioso. El icono sincrético por excelencia. Esta imagen es la encarnación perfecta del nacional surrealismo. Para los españoles, era la Virgen María; para los indígenas, una aparición de la diosa Tonantzin.

Su piel morena y su aparición en el Tepeyac —un sitio de culto prehispánico— la convirtieron en un poderoso instrumento de sincretismo que “encarna el tema central al que cualquier estudio de identidad mexicana debe recurrir”. Su naturaleza dual y milagrosa (la imagen impresa en la tilma de Juan Diego) representa un hecho maravilloso integrado a la identidad nacional. Es tal su fuerza, que en México puede haber gente atea o no católica, pero que es Guadalupana.

El barroco novohispano. La estética barroca, con su horror al vacío, su acumulación excesiva y su dramatismo teatral, preparó el terreno sensorial para una recepción favorable de lo irracional y lo maravilloso.

La Independencia, donde el padre de la patria, Miguel Hidalgo y Costilla, en su grito de Dolores, además de los vivas a la Virgen de Guadalupe y el “Muera el mal gobierno” gritó: “¡Viva Fernando VII!”, en alusión a la monarquía española, ¿¡pero se oponía al gobierno virreinal!?

La Revolución es un evento surreal, sin duda alguna. La violencia revolucionaria (1910-1920) fracturó la realidad superficial del Porfiriato, exhumando los cuerpos, las pasiones y los conflictos ancestrales. Ese paisaje de escombros, cadáveres y esperanzas fue un “campo magnético” (en términos bretonianos) donde lo real y lo irreal se confundieron.

La Revolución y el consecuente régimen, enterró logros, progresos y personajes de una época, que si bien no fue perfecta, tuvo muchas más cosas buenas que malas. Hoy se venera a personajes que, haciendo un análisis frío y sensato, poco aportaron y sin embargo dieron pie a un cambio brutal, impulsado en gran medida por intereses extranjeros. Sólo hay que ver el papel que jugó Henry Lane Wilson, embajador de EU. en ese momento y quien financió la Decena Trágica, apoyándose en Victoriano Huerta.

Porfirio Díaz, un hombre que se batió en muchas batallas defendiendo a México, y luego fue un gran impulsor del progreso, con aciertos y desaciertos. Sin embargo, la historia oficialista, sólo guarda su imagen como dictador, sin realizar un análisis congruente y sensato de sus aportaciones. Un hombre que estuvo en la batalla del 5 de Mayo en 1862; en el sitio y la caída de Puebla, un año después, en marzo-mayo de 1863. En la liberación de Puebla, el 2 de abril de 1867, cuando finalmente se recupera la ciudad para los republicanos. Un hombre que se batió por México y lo amó profundamente. Díaz es uno de los grandes ejemplos de la necesidad de una reconciliación nacional.

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