La justicia no puede ser sólo para un lado. Debe de ser para ambos.
Eleanor Roosevelt
Todos los días, en todas partes, a todas horas, escuchamos manifestaciones acerca de la igualdad y la justicia.
Es indudable que una de las luchas más justas de la humanidad ha sido la búsqueda de una igualdad como seres humanos.
Todos somos iguales ante los principios básicos de la vida. Nuestros derechos, deberían ser los mismos sin importar género, nacionalidad, color, edad, profesión, etcétera. Es también muy cierto que, dentro de nuestra igualdad, existen diferencias indiscutibles. Todos somos únicos e irrepetibles.
Encontré una caricatura sobre este este tema que ejemplifica muy bien el contexto. Imaginemos los dibujos de un grupo de animales totalmente disímbolos. Todos comparecen ante un sinodal o profesor: un elefante, un mono, un halcón, un pingüino, un pez, una foca, un perro, una rana y un tigre. El evaluador les dice: “Con el fin de que la evaluación sea justa, todos tienen que presentar el mismo examen, suban por favor al árbol”.
Una sociedad que aplique la igualdad de manera absoluta será una sociedad injusta, ya que no tiene en cuenta las diferencias existentes entre personas y grupos.
Y, al mismo tiempo, una sociedad donde las personas no se reconocen como iguales, tampoco podrá ser justa.
Por esa razón, es fundamental tener excesivo cuidado con la búsqueda de una igualdad que pueda convertirse en algo irracional.
En aras de defender la igualdad, se nos olvida de que todo mundo es diferente. El obcecado deseo de igualdad, pervierte la singularidad y libertad del ser humano.
Diría Milton Friedman: “Una sociedad que priorice la igualdad sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas”.
Me parece muchísimo más sensato y coherente hablar de equidad. Equidad e igualdad son dos principios estrechamente relacionados, pero distintos.
La equidad introduce un principio ético o de justicia en la igualdad. La equidad nos obliga a plantearnos los objetivos que debemos conseguir para avanzar hacia una sociedad más justa.
El afán de una búsqueda totalitaria de igualdad está muy cerca de convertirse en una pasión ciega y tonta. Lo más peligroso sería, con ello, dar paso a despreciar la libertad.
La pasión por la igualdad puede llevar a la envidia, los celos y las ganas de dañar.
Una vida económicamente activa significa la supremacía de la libertad sobre la pasión de la igualdad, destaca Ikram Antaki en su Manual del ciudadano contemporáneo.
Es imperante impulsar la crítica constructiva. Reflexionar sobre la conformación de una visión en común, pero respetando ideas y propuestas de los diferentes sectores de la población.
Una democracia liberal, basada en el respeto, tratamiento equitativo y la empatía, es un signo de comprensión y de tolerancia a la diversidad humana.
Es estéril buscar el consenso del pensamiento. Sería fértil y sabio buscar el consenso en el objetivo, en la misión.
Moderar los excesos de la democracia es imperativo. Las virtudes genuinas de la democracia no insisten en la igualdad, sino en la ley del mérito. La igualdad democrática se funda sobre el principio de justicia.
Para finalizar, un cuestionamiento que deberíamos hacernos todos. Es del sociólogo y filósofo estadunidense Charles Horton Cooley: “¿Existe alguna esperanza o debemos contentarnos con compensar la ausencia de grandeza con una abundancia de mediocridad?”.
