La suprema consejera
Nuestra muerte es una transformación. Una transmutación con la que partiremos a otros planos para seguir aprendiendo
–Mamá, ¿te vas a morir algún día?
–Sí, definitivamente.
No hay nada, absolutamente nada de malo, en querer ser feliz y disfrutar de la vida. Pero debemos tener conciencia de que no podemos apegarnos a lo que por su propia naturaleza es imposible de “agarrar”.
Me encanta este sencillo ejemplo budista para explicarlo. Toma una moneda e imagina que es cualquier objeto, persona o situación con la que se tiene un apego. Mantenla en tu puño, fuertemente cerrado y extiende el brazo, con la palma de la mano mirando hacia abajo.
Si ahora aflojas y reabres el puño, perderás aquello a lo que tanto te has apegado. Aferrarse a algo, es elusivo. Se podrá realizar temporalmente, pero en el largo plazo, es algo sin sentido. No obstante, existe otra posibilidad. Es posible soltar. Puede uno desapegarse, sin perder nada: con el brazo todavía extendido, voltea la palma de tu mano hacia el cielo. Ahora abre tu puño...
La moneda permanece en tu palma abierta. Has soltado. Has “dejado ir” y la moneda sigue siendo tuya. A pesar del inmenso espacio que la rodea. Es así, que sí existe una manera de aceptar nuestra impermanencia. Y al mismo tiempo disfrutar de la vida y de todas las bondades que nos proporciona, sin llegar a apegarse de las cosas.
Porque al final, no nos queda de otra. En razón de nuestra impermanencia, de nuestra temporal existencia, la muerte un día tocará a nuestra puerta. No existe duda alguna.
Debemos de aprender a mirarla directamente a los ojos. Como diría el general Maximus Decimus Meridius en la película Gladiador: “La muerte nos sonríe a todos en algún momento. Lo único que te queda por hacer, es devolverle la sonrisa”.
Mozart comentó en alguna ocasión: “La muerte es mi mejor amiga, mi más grande consejera”.
Tenerla presente en las decisiones más trascendentes de la vida, le da al ser una visión pasmosamente lúcida y una sensación profundamente clara y serena.
Toda persona llega a tener frente a sí misma decisiones importantes y difíciles que tomar, en algún momento de su existencia.
Si invitamos a la muerte a sentarse a nuestro lado, y nos imaginamos a nosotros mismos en nuestro lecho final, observando como una película nuestra propia vida, ella, la suprema consejera, te va a susurrar, sin duda alguna, qué decisión tomar.
Te va a crear una sensación en tu cuerpo de malestar o bienestar, dependiendo cuál sea la decisión que estás evaluando.
Con la correcta, sentirás una sensación de bienestar.
Hay que aprender a escuchar, no sólo a la mente. También al alma. Y ésta te habla a través de las sensaciones.
Para que, al momento de nuestra transmutación la decisión que hayamos tomado, nos proporcione tranquilidad y nos otorgue una sensación de paz.
La ciencia ha demostrado que somos energía. Albert Einstein, lo expresó con su famosa frase: “La energía no se crea ni se destruye, solamente se transforma”.
Elisabeth Kübler-Ross ha sido otra científica que ha escrito sobre la muerte.
En su magnífico libro La muerte, un amanecer, leí esta hermosa y sugerente frase: “Antes nos enseñaban que había que creer que había algo más allá de la muerte. Hoy, no es de creer. Es de saber”.
Nuestra muerte es una transformación. Una transmutación con la que partiremos a otros planos para seguir aprendiendo. Seremos nosotros mismos, nuestros propios jueces, ante la inmensa claridad, iluminación y diafanidad de nuestra propia conciencia.
El camino puede ser muy largo o corto. Depende que tanto entendamos que nuestro paso efímero en esta nave planetaria llamada Tierra es para aprender y experimentar en el amor.
La ausencia del amor nos conduce al temor, padre de todos los males. La conciencia trabajada nos lleva al camino del despertar.
El alma escucha y la puerta que se abre entonces, es la de la energía del amor....
Y para lograrlo, deberíamos aprender a escuchar y buscar asesoría e inspiración en nuestra suprema consejera.
