La sociedad en entropía
La historia, la sabiduría y la sensatez nos indican... siempre... que la inclusión, la tolerancia y el saber escuchar, nos llevarán a buen puerto.
Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo.
Albert Einstein
La diafanidad de la frase de Einstein es elocuente, brillante, memorable... y, por supuesto, brutal. En nuestra sociedad de la entropía, donde la forma de gobernar sigue el libreto del desorden y el caos, la confusión y perplejidad son el escenario, y los actores políticos son, en muchos casos, alumnos del teatro guiñol, y otros tantos, son proclives a declamar líneas de las tragicomedias de Molière o Racine.
La generación de división se ha convertido en una herramienta política execrable. ¿Se debe dividir la historia entre enemigos y aliados? No hay evidencia empírica de que un experimento así haya terminado bien.
Específicamente, no hay evidencia de que poner de relieve las desigualdades haya por sí solo contribuido a disminuirlas. A menos de que se incorporen a un programa nacional de desarrollo, lo único que se lograría es exacerbar el resentimiento.
A través de la historia, numerosos exponentes de la democracia representativa ponen énfasis en la construcción de instituciones eficaces, no en la retórica de clases. En la transición hacia un nuevo paradigma, no hay mejor escenario teatral donde el dramaturgo genera caos para afirmar un proyecto político, y con ello, darle visibilidad a una nueva narrativa.
Ministros o secretarios de despacho que no atinan a elegir entre guardar silencio o cuestionar una decisión. Legisladores enarbolan iniciativas que provocan una respuesta virulenta del sector privado. Una incipiente oposición, que no logra articular una narrativa propia. La entropía se ha expandido a actores políticos, económicos y sociales.
Es verdaderamente lamentable que la mayoría de las clases políticas, de las élites empresariales, estén optando por la tragicomedia, el engaño y el egoísmo absurdo y estúpido en lugar de ponerse a servir y a empezar a construir proyectos sociales y económicos incluyentes, más justos y equitativos.
Debemos de estar muy, pero muy pendientes de no caer en la soberbia y en la arrogancia —tanto tecnocrática como empresarial —, que ha llevado a discursos fatuos e insulsos. Y por supuesto, a la inacción o a acciones sin sentido y vergonzosas. Las transiciones exitosas construyen a partir de lo ya logrado, no de la destrucción de lo previamente establecido. Ni todo lo anterior es absolutamente malo; ni tampoco el pasado es perfecto.
El antagonismo entre el poder político y el poder económico sólo nos puede llevar a un desajuste social. Es importantísimo cimentar las ideas de una nación, a partir de una visión común... “cimentar sabiamente” para nuestra presente y futura humanidad. Por eso, en una democracia liberal, o debería mejor decir, una República liberal, las naciones que buscan internarse en el camino de la sustentabilidad, la modernización, la legitimidad y la justicia... deben de borrar de su “plan de construcción”, el liderazgo demagógico, las relaciones clientelares y la manipulación de las masas.
La historia, la sabiduría y la sensatez nos indican... siempre... que la inclusión, la tolerancia y el saber escuchar, nos llevarán a buen puerto. Urgen seres que, con su sapiencia y prudencia, se conviertan en capitanes de barcos que hoy se encuentran a la deriva. Que nos sustraigan de la turbulencia e impulsen la conformación de nuevos contratos sociales.
Deseo que, al frente de las naciones encontremos, en un futuro muy cercano —de ahí la importancia de imaginar y prospectar—, a capitanes cuyas almas comprendan la trascendencia de gobernar y servir.
Capitanes que se abran al conocimiento técnico. Y también al espiritual. Capitanes que nombren a su barco “libertad”. Capitanes que usen la razón y la sensatez como brújula. Y desplieguen la equidad, la justicia y la civilidad como sus velas.
Capitanes que tengan la inteligencia de rodearse de una tripulación leal, competente y experimentada. Capitanes que entiendan que la soberbia es la peor de las tempestades y la sabiduría el tesoro más grandioso que podemos encontrar.
